Fundación Amén Comunicaciones2024-07-152024-07-152024-07-15http://72.167.44.240:4000/handle/123456789/622https://drive.google.com/file/d/1Bmh2mfam0Oeg9oGirpHYUj2lrsizgNaG/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES La primera lectura tomada del libro del profeta Isaías, nos muestra la radicalidad de Dios que habla a través del profeta y dirige su palabra a los príncipes de Sodoma y al pueblo de Gomorra, indicándoles que está asqueado de los holocaustos y sacrificios rituales religiosos, de carneros, de toros, de corderos y de chivos; que esas ofrendas son inútiles, que su incienso es detestable, que no quiere el ofrecimiento de los novilunios los sábados y las reuniones sagradas, que por el contrario, lo que busca más allá de sus manos llenas de sangre de animales, es apartar su vista de malas acciones, dejar de hacer la iniquidad y aprender a hacer el bien. Y señalará a renglón seguido Dios a través del profeta Isaías: “Busquen hacer la justicia, ayuden al hombre oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la mujer viuda”. Estas dos últimas categorías los huérfanos y las viudas, son signo por excelencia en la mentalidad bíblica, de los hombres y de las mujeres necesitados de la solidaridad, la generosidad y el apoyo de los que tienen un poco más en la vida. Por eso, con razón el salmo responsorial hoy nos propone, decir como asamblea celebrante: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”, esta es la clave para encontrar la bendición del cielo, obrar rectamente, practicar la justicia. Pero esto desafortunadamente, no todo el mundo lo entiende, y más cuando por hacer el bien, por ser generosos y solidarios, tal vez mis conveniencias y mis intereses más personales y profundos se ven afectados. Por eso se nos muestra en el evangelio de hoy tomado de san Mateo, capítulo 10, otra dimensión de la radicalidad, ya no de Dios Padre que habla a través de Isaías en el antiguo testamento, sino de la radicalidad de Jesucristo, Dios Hijo, que en el nuevo testamento señalará a sus apóstoles: “No he venido al mundo a sembrar paz, he venido a traer espada”. Y señalará cómo afectos tan queridos como los de la propia familia, un hombre se enemistará con su padre, la hija con su madre, la nuera con su suegra, y encontrará con ocasión de obedecer y seguir el evangelio, enemigos entre los de su propia casa. Pero continúa esta radicalidad del evangelio de Jesús, presentando la necesidad del desprendimiento, del desapego de afectos tan sacrosantos como el de los padres o el de los hijos y afirmará: “Quién quiere o ama más a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno discípulo mío, no es digno de mi seguimiento, no es digno de mi bendición”. Cómo encontramos en las lecturas de hoy, esa faceta que a veces nos cuesta reconocer en la persona divina de Jesús, su radicalidad. Hemos compartido en otra ocasión, que la palabra radical viene de la lengua latina radix terminada en x, y esta significa raíz; una persona es radical cuando va a la raíz, a lo esencial, a lo medular de un valor, de un principio rector u orientador de la vida. Aunque el mundo de hoy nos invita a una tolerancia ingenua, esto es, tolerar la mentira para no chocar con la verdad o tolerar el mal, el desorden para no chocar con el bien, ni el orden natural, Jesús fue un hombre que en su tiempo tomó distancia de muchas leyes y de muchos principios religiosos y rituales de su tiempo. En efecto, retomamos esa afirmación, aún un amor tan sacrosanto como la familia, no puede estar primero a la hora de elegir los valores más altos de la justicia, del amor y de la entrega de la vida en servicio, cuando por interés personal, por apego afectivo, prefieres los seres queridos, los seres de sangre. Pero continúa Jesús con su reflexión y dirá: “El que no carga con su cruz y me sigue, tampoco es digno de mí”, por tercera vez lo anunciará en este evangelio: “Somos indignos de Jesús, si preferimos el amor de los padres, de los hijos o renegamos, disimulamos y rechazamos la cruz que implica el amar, el servir, el dar la vida”. Y concluirá con una afirmación lapidaria, que es simplemente estremecedora: “El que quiera encontrar su vida, el que quiera conservar, ganar y cuidar su vida, la va a perder; pero sólo el que entregue su vida en servicio, en amor, en donación a los demás, la encontrará en esta tierra, sentido para vivir en la vida eterna”. Y colocará un caso muy puntual, de que la recompensa de Dios no nos faltará a ninguno de nosotros y afirmará: “El que dé a beber, aunque no sea algo tan simple que no se le niega a nadie, un vaso de agua fresca a un pequeño de Dios porque el discípulo de Jesús, en verdad afirmará Jesús autoritativamente, en verdad les digo, que no se quedará sin su recompensa en el cielo”. Hoy, tanto la primera lectura del profeta Isaías como el evangelio de san Mateo, nos confrontan nuestra vida cómoda, nuestras falsas seguridades interiores, el pensar que somos buenos porque no mato, no robo, no adultero, no le hago mal a nadie, pero tampoco comparto de mis bienes, tampoco hago el bien que debería de hacer. Al final de la vida estoy convencido, seremos mirados, evaluados por Dios, no solamente por el mal que evitamos, sino que seremos evaluados y mirados por Dios, por el bien, por la generosidad, por la bondad, por la justicia que pudiendo haber realizado, dejamos de hacer por comodidad, por cobardía, por conveniencia personal. Que el Señor bendiga e ilumine tu vida con esta palabra divina que hemos escuchado, te bendiga en este día, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Mateo 10, 34-11,1 LECTURAS DE HOY Lectura del libro de Isaías 1, 10-17 Oigan la Palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. «¿Qué me importa la abundancia de sus sacrificios? ─dice el Señor─. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, de corderos y chivos no me agrada. Cuando vienen a visitarme, ¿quién pide algo de sus manos para que vengan a pisar mis atrios? No me traigan más inútiles ofrendas, son para mí como incienso detestable. Novilunios, sábados y reuniones sagradas: no soporto iniquidad y solemne asamblea. Sus novilunios y solemnidades los detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extienden las manos me cubro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé. Sus manos están llenas de sangre. Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, socorran al oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la viuda». V/. «Palabra de Dios». R/. «Te alabamos Señor». SALMO DE HOY Sal. 50 (49), 8-9. 16bc-17. 21 y 23 R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. R/. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos? R/. Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias, ese me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. R/. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos EVANGELIO DE HOY Lectura del santo Evangelio según San Mateo 10, 34 ─11, 1 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No piensen que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa». Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.Bien realizadoBondadGenerosidad de nuestros actosJusticiaRecto obrarBibliaEvangelio¡Radicalidad!Mision de vida