Fundación Amén Comunicaciones2026-04-232026-04-232026-04-07https://repositorioamencomunicaciones.com/handle/123456789/1284https://drive.google.com/file/d/1Ri4Lbe4GMQmtQ_Oqk6BhqF5WZYP6vgZN/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¿Por qué lloras? La primera lectura tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a un apóstol Pedro que, lejos de las cobardías, de las lágrimas y del arrepentimiento de días pasados y en vida de Jesús, ahora con su Resurrección, ha recibido todo el fuego, toda la fuerza espiritual, toda la renovación interior que lo lleva a hablar con autoridad, sin temor, con alegría, con una profunda convicción. De hecho, dirá con toda seguridad: “Conozca el pueblo de Israel que este hombre, Jesús, a quien ustedes han crucificado, probablemente por ignorancia o manipulados por la autoridad religiosa de Jerusalén, los han masificado; a este Jesús que ustedes crucificaron, Dios Padre lo ha constituido el Kyrios, el Señor y el Mesías, el Ungido de Dios”. Dirá Hechos de los Apóstoles “que la comunidad de judíos que escuchaban al apóstol Pedro se les traspasó el corazón”. Tal vez pensaron en su corazón ¿qué hemos hecho? Estuvo entre nosotros el Santo de Dios, un hombre absolutamente bueno, limpio, puro, amoroso, santo. Y, sin embargo, no reconocimos, no aceptamos su presencia, su voz, su mensaje, sus signos, sus milagros. No aceptamos la entrega amorosa de su vida para darnos salvación a nosotros. En medio de esta contrición del corazón, preguntan espontáneamente los judíos que escuchan a Pedro ¿qué tenemos que hacer para remediar el mal causado?, ¿qué tenemos que hacer para subsanar la ignorancia y la ceguera en la que hemos vivido frente a Jesús? Y Pedro les dirá tres palabras centrales. La primera, conviertan sus vidas, dejen atrás su vida de pecado, renuévense interiormente, arrepiéntanse de sus faltas. Sera la primera palabra. La segunda, bautícense cada uno de ustedes en el nombre de Jesús el Mesías, para que obtengan el perdón de sus pecados. Convertir el corazón, bautizarse que lo hemos recibido todos de niños y que muchas veces no somos conscientes de que el gran Sacramento, el gran don de Cristo a la humanidad, ha sido el Bautismo, puerta de entrada no sólo a la Iglesia y para el perdón de nuestros pecados, sino que por el bautismo somos de la familia de Dios, hijos adoptivos de Dios. Pero vendrá una tercera palabra y les dirá que, por la conversión y el bautismo, que perdona sus pecados, recibirán el don del Espíritu Santo. ¿Acaso no recordamos cuando Jesús en sus parábolas afirmará que, si un padre en lo humano, que es imperfecto, sabe dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre de los cielos, que es perfecto, dará el Espíritu Santo, la vida divina a aquellos que se la pidan? Y concluirá el apóstol Pedro, que vale la promesa para todos los judíos, para sus descendientes y aquellos que abran el corazón a Dios. O sea, esa promesa se extiende a lo largo de los siglos, hasta el siglo XXI, hasta nuestro tiempo. Y hoy se te invita a convertir tu corazón, a renovar haciendo memoria del día de tu bautismo que perdonó tus pecados y abrir el alma al don del Espíritu Santo para en verdad sentir que has dejado “el hombre viejo”, como decía el apóstol Pablo y ahora eres un hombre nuevo, una mujer nueva, porque has sido revestido de Cristo, del Espíritu de Cristo. Pero pasemos al Evangelio de hoy de Juan, capítulo 20, cuando María Magdalena, afuera del sepulcro, lloraba desconsolada porque encontró la tumba vacía y no alcanzaba a atinar qué había pasado con el cuerpo de Jesús. Sin embargo, de manera metafórica se nos dice, que dos ángeles o mensajeros de Dios, vestidos de blanco y sentados a la cabecera y a los pies donde había estado depositado el cuerpo de Jesús, le preguntan ¿por qué llora la Magdalena? Ella contesta de manera ingenua: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Pero sin darse cuenta, Magdalena, Jesús, que está muy cerca de ella se vuelve, y ella ve también a Jesús de pie, sin poderlo reconocer, confundiéndolo, según nos dicen otros textos, con el cultivador del huerto u hortelano. Y también viene la misma pregunta existencial ¿por qué sufres?, ¿por qué lloras?, a ¿quién buscas? Estas preguntas o interrogantes, repito profundamente vitales, hondamente existenciales, en el eco de los siglos se dirige a nosotros y hoy el Señor nos pregunta: ¿qué te hace sufrir en la vida?, ¿cuál es tu búsqueda eterna de felicidad?, ¿en dónde colocas esa búsqueda?; ¿en las personas, en las cosas? Piénsalo. Y solo cuando ella le dice todavía confundida, sin reconocer a Jesús: “Si te has llevado el cadáver de Él, dime dónde está y yo lo recogeré”. Jesús se identifica, nominándola, llamándola por su nombre “María”. Y ella entonces reconoce su voz como las ovejas reconocen la voz del pastor y le dirá “Maestro, Rabí, Rabbuní” Ella, sin que lo diga el Evangelio, parece que lo abraza, toca su cuerpo. Él le dice: “No me retengas, que no he subido al Padre, al Padre Dios, pero diles a mis hermanos que subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”. Hoy te pregunto ¿qué te hace sufrir en la vida?, ¿tal vez tu sufrimiento no lo has identificado plenamente y piensas que es falta de dinero?, ¿falta de la presencia o el amor de un hijo, de un esposo?, ¿falta de salud, falta de unos ingresos económicos, superar una depresión? Pero te diré que en el fondo de todas nuestras búsquedas y en el fondo de todos nuestros sufrimientos y lágrimas, está el vacío de Dios, la ausencia del amor divino. Nosotros a veces creemos que las cosas del mundo, que las personas de esta tierra son las que van a llenar y darle sentido a la vida. Pero en el fondo no tenemos claro por qué sufrimos, por qué lloramos, a quién buscamos. Jesús es la respuesta, Jesús es el sentido para la vida, Jesús es la plenitud del corazón humano. Y sólo el día en que verdaderamente tu fe religiosa te dé para comprender esta verdad superior y muy alta, empezarás una reorientación radical de tu existencia. María entiende esto y nos dice que va corriendo a anunciar a los discípulos con los que había compartido en vida de Jesús y les dirá: “He visto al Señor, soy testigo de su vida, no está muerto, no se han robado su cuerpo, no es verdad lo que nos han dicho los sumos sacerdotes judíos o los soldados romanos. He visto al Señor Resucitado y esto es lo que me ha dicho, y pide que se los anuncie”. ¿Tú y yo somos como María Magdalena?, ¿somos anunciadores de la vida nueva?; o ¿todavía seguimos en el mundo como plañideras, como llorones o lloronas que viven quejándose de todo y por todo, pensando que el mundo, que la vida, que los hombres y mujeres te han negado oportunidades? Cuando olvidas, como decía célebremente santa Teresa de Jesús: “Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Juan 20, 11-18 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 2, 14a.36-41 El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el Nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare así el Señor Dios nuestro. Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: Sálvense de esta generación perversa. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 33(32), 4-5.18-19.20+22 (R. cf. 5b) La misericordia del Señor llena la tierra. La Palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La misericordia del Señor llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en quién le teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. La misericordia del Señor llena la tierra. Nosotros esperamos en el Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. La misericordia del Señor llena la tierra. Evangelio de Hoy Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20, 11-18 En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el Cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les contesta: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María! Ella se vuelve y le dice: ¡Rabbuní!, que significa:¡Maestro!, Jesús le dice: No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”. María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.AlegríaBúsqueda eternaFelicidadMiedosPreguntas de la vidaResurrecciónSan JuanSufrimientoVerdadBibliaEvangelio¿Por qué lloras?¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?