Fundación Amén Comunicaciones2025-09-052025-09-052025-08-04http://168.231.65.82:4000/handle/123456789/1018https://drive.google.com/file/d/1KLk7Z9o3KwoKNZSu8eWe-0jqatzn6cND/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡No mires atrás! La primera lectura tomada del Libro de los Números nos muestra la murmuración, la crítica que formula el pueblo de Israel en esa larga y penosa travesía a través del desierto. Frente a la libertad que habían alcanzado, frente a 430 años de opresión, humillaciones, esclavitud y crueldades a manos del Faraón y de todo su ejército, el pueblo de Dios murmura, pensando que en los tiempos de esclavitud tenían pescado y comían gratis algunas verduras como pepinos, algunas frutas como melones, además de puerros, cebollas y ajos. Ahora sienten fastidio y cansancio de comer el maná, (que era como una semilla de cilantro con un color amarillento, como la resina que se dispersaba para recogerlo después del rocío que caía del cielo y luego se molía, se machacaba en un mortero y se cocinaba para hacer con él hogazas que sabían a algo parecido a pan de aceite). Moisés oye el desánimo, la murmuración, la crítica de su pueblo que no miran hacia el frente, hacia la libertad; sino que miran hacia atrás, hacia Egipto, donde quieren vender nuevamente su libertad por un plato de comida. Moisés llora, se duele con la angustia de todo su pueblo y también un poco disgustado, le dice al Señor Dios ¿por qué tratas así a tu siervo Moisés?, ¿por qué no he hallado gracia ante tus ojos?, ¿por qué me haces cargar con todo este pueblo cuando es ingrato, murmurador, cuando duda de ti? Moisés concluirá diciendo: “Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, en esta durísima travesía por el desierto, esta misión supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, y si he hallado gracia ante tus ojos, así no veré más mi desventura”. Encontramos en esta oración tremendamente fuerte de Moisés, la oración también desesperada, que tuvo en su momento el profeta Elías, cuando se sintió perseguido por la reina Jezabel y se sentía desbordado frente a la adversidad y sin fuerzas para luchar. O nos recuerda también la oración de Jeremías cuando se siente incomprendido y poco escuchado por los suyos. Es la tarea de muchos profetas a lo largo de los siglos, y no solamente de Moisés, de Elías, de Jeremías; sino de muchos grandes que sienten que la carga de la vida es superior a sus fuerzas. A veces queremos mirar atrás y decir, la vida en el pasado, aún en condiciones de esclavitud, era mejor para nosotros. Siempre habrá la tentación humana universal de mirar atrás, de decir, no puedo con esta misión, esta tarea, este proyecto que se me ha encomendado. La prueba es superior a mis fuerzas, no me siento capaz. Pero cuando miramos el salmo 80 que la liturgia de este día nos propone para orar, tenemos que reconocer que hay que aclamar a Dios como nuestra fuerza, y que cuando el pueblo no escucha la voz, cuando no quiere obedecer, cuando está obstinado en su corazón, Dios parece abandonar a su destino al pueblo, a los hombres. Podríamos hablar de nuestra propia vida. Por eso el salmista clama en un deseo profundo: “Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino. Si fuera así y obedeciera mis mandatos, en un momento, en un solo momento, en un instante, humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios y detractores”. Hoy se nos pide, en medio de las pruebas de la vida, cuando pensamos que nuestras fuerzas son insuficientes y nos abandonan, cuando tenemos la tentación de mirar atrás, el pasado, no emprender un nuevo proyecto, el Señor nos dice: “Confía en mí, apóyate en mí y te daré la fuerza, te daré la resiliencia, te daré la esperanza, te daré la sabiduría, te daré la paciencia para sacar adelante este proyecto”. Pero pasemos al evangelio de san Mateo, donde Jesús, ante una multitud de personas que le escuchaban con atención y le llevaban enfermos, Él sale de una especie de retiro, de estar a solas, en intimidad con el Padre Dios, probablemente en oración de amor, y sale para sanar enfermos y para dar de comer a los hambrientos. De hecho, los discípulos le dirán a Jesús: “Estamos en despoblado, cae la tarde, la gente ya te ha escuchado. Despide a la multitud, que regresen a sus aldeas y villorrios y compren algo de comida que están hambrientos”. Jesús les dirá: “Denles ustedes de comer”. Pero ellos le dicen: “No hay más que cinco panes y dos peces”. Y Él simplemente en un gesto profundamente eucarístico que prefigura y anticipa el gran don de Cristo a la Iglesia, la Eucaristía, alza la mirada al cielo, a Dios, como agradeciendo tanto amor por la humanidad, pronuncia la bendición sobre los panes y los peces y enseguida parte, reparte y comparte los panes y los da a sus discípulos, para que los discípulos, a su vez, los den a la gente. Nos habla de un milagro maravilloso, nos habla de que eran como 5000 hombres, una multitud imposible de poder saciar, y eso sin contar mujeres y niños. Y en el fondo nos está presentando como Jesús es el verdadero pan que satisface todas las necesidades humanas. Como Jesús es el hombre que sale de ese retiro íntimo con el Padre Dios para alimentar milagrosamente a su pueblo y también para sanar a los enfermos. Hoy sintamos que el Señor no nos abandona cuando experimentamos cansancio en las empresas, proyectos de la vida, cuando tú dices, me pesa sacar adelante mi matrimonio, mi familia, mi vida religiosa, mi sacerdocio; me cuesta vivir, me cuesta conseguir el pan material, me cuesta sostener mi salud y mis fuerzas. Mira al Señor adelante de ti, no mires atrás tu humanidad enferma, hambrienta, tu humanidad desvalida. Mira para adelante que el Señor te espera para sanar tus dolencias, curar tus enfermedades, saciar tus hambres, mitigar tu sed, darte fortaleza para el camino de la vida. En nuestro mundo, cuando la gente comúnmente habla tanto, tengo cansancio, estoy cansada, cansado de vivir, estoy fatigada, fatigado de luchar, no tengo fuerzas para seguir batallando en este matrimonio, en esta relación con esta empresa, con este emprendimiento. En oración, mira al Señor, lee este texto precioso del capítulo 11 del Libro de los Números y descubre que la vida, como hace 3000 años, con Moisés en el desierto, la vida tuya y mía en el siglo XXI, a veces es árida como el desierto, hay soledad, sequedad, esterilidad, como en el desierto. Pero Dios, más allá del desierto de nuestra vida, no abandona, se compadece, nos pide simplemente confiarnos totalmente a Él y Él hará el milagro, Él dará la bendición para nuestra vida. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 14, 13-21 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de los Números 11, 4b-15 En aquellos días, dijeron los hijos de Israel: «¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos, ¡en cambio, ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná!». El maná se parecía a la semilla de cilantro, y tenía color amarillento como la resina; el pueblo se dispersaba para recogerlo, lo molían en la muela o lo machacaban en el mortero, lo cocinaban en la olla y hacían con él hogazas que sabían a pan de aceite. Por la noche caía el rocío en el campamento y encima de él el maná. Moisés oyó cómo el pueblo lloraba, una familia tras otra, cada uno a la entrada de su tienda, provocando la ira del Señor. Y disgustado, dijo al Señor: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, sino que me haces cargar con todo este pueblo? ¿He concebido yo a todo este pueblo o lo he dado a luz, para que me digas: “¿Coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí con juramento a sus padres”? ¿De dónde voy a sacar carne para repartirla a todo el pueblo, que me viene llorando: “Danos de comer carne?” Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura». Palabra de Dios, te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 81, 12-13.14-15.16-17 Aclamen a Dios, nuestra fuerza. Mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduvieran según sus antojos. Aclamen a Dios, nuestra fuerza. ¡Ojalá me escuchara mi pueblo y caminara Israel por mi camino, en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios! Aclamen a Dios, nuestra fuerza. Los que aborrecen al Señor lo adularían, y su suerte quedaría fijada; los alimentaría con flor de harina, los saciaría con miel silvestre. Aclamen a Dios, nuestra fuerza. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Mateo 14, 13-21 En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, denles ustedes de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Tráiganmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor JesúsApoyo en DiosConfianza en DiosEsperanzaFuerzaPacienciaResilienciaSabiduríaSan MateoBibliaEvangelio¡No mires atrás!¿Cómo avanzar sin mirar atrás?