Fundación Amén Comunicaciones2024-10-112024-10-112024-10-09http://72.167.44.240:4000/handle/123456789/708https://drive.google.com/file/d/1dP9E4S_0v4Vxzv9MRPbHHfOJIn4BqA72/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Sin lugar a dudas el evangelista Lucas, es el gran evangelista de la oración en la vida de Jesús. Este capítulo 11 nos presenta, cómo Jesús orando en cierto lugar, cuando termina de hacerlo, sus discípulos que observaran en Él un rostro transfigurado, un mirar sereno, un hablar cadencioso y rítmico, armonía en todos sus gestos, de manera espontánea dirán: “Señor, enséñanos a orar, como Juan el Bautista enseñó a orar a sus discípulos”, y es entonces cuando Jesús enseña la llamada oración del Señor, El Pater Noster (expresión latina), el Padre Nuestro (expresión en castellano). La cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica, que nos habla precisamente sobre la oración, citará preciosos textos hablando de lo que es el gran don, el gran regalo que Cristo ha dejado a la Iglesia y a los creyentes, la posibilidad de elevar su Espíritu, de hablar a Dios y de recibir en oración la vida divina, la vida sobrenatural. Con razón dirá santa Teresita del Niño Jesús: “Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto desde dentro de la prueba, como desde dentro de la alegría”. Por su parte, otra carmelita, Teresa de Jesús afirmará: “Que la oración, la plegaria, es un diálogo de amor con aquel que sabemos, estamos ciertos, nos ama”. Dirá uno de los padres de la Iglesia: “Que la oración es la elevación del alma a Dios”, y san Agustín por su parte afirmará: “Que la oración cristiana es el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre”, y concluirá diciendo: “Dios tiene sed, de que el hombre tenga sed de Dios”. Pero también ampliará su reflexión diciendo: “Que la humildad es la base de toda oración y que sin humildad es imposible ser escuchados por Dios”. Hoy, a partir de este precioso, corto y sugestivo evangelio, donde se presenta de manera sintética lo que debemos de pedir al Señor, en Mateo siete peticiones, en Lucas aparecen cinco, descubramos características fundamentales de la oración. La primera, debemos de hacer un proceso de silenciamiento, silenciamiento exterior, buscar un cuarto, encerrarnos allí como dirá Mateo, pero también silenciamiento interior, de pensamientos, de imaginaciones locas que a veces atafagan nuestro mundo interior y nos impiden entrar en sintonía con Dios, un silenciamiento que es necesario para escuchar la suave, melódica y dulce voz divina, que solo se deja escuchar en el silencio del corazón. Pero hay una segunda condición para que haya verdadera oración en la vida del creyente y es sacar ratos diarios, espacios de tiempo cotidianos para orar, formar hábito cada día en la plegaria a Dios, para ver resultados palpables. Es que de la misma manera como desayunamos, almorzamos y cenamos cada día, así, de igual manera necesitamos hablar con Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu, cada mañana, cada anochecer. Puede que al principio te sientas un poco extraño cuando tu fe superficial, adolescente e inmadura, no te permite reconocer la presencia paternal, amorosa y cercana de Dios, pero en la medida y sólo en la medida en que vayas ganando confianza en tu relación filial de hija, hijo al Padre de los Cielos, la oración se volverá un hábito tan necesario como respirar, inhalar y exhalar el aire a cada momento. Pero en una tercera característica de la verdadera oración, además del silenciamiento del corazón y de hacerla hábito cada día, ten una conciencia clara, de que solo oras por la obra del Espíritu Santo en tu vida, por la gracia del Espíritu de Dios. Es que el hombre per se, por sí mismo, por propio esfuerzo, no es capaz de elevar su espíritu, y con razón nos dicen los textos del nuevo testamento: “Que el Espíritu de Dios, el Espíritu divino, intercede ante el Padre con gemidos inefables, inexpresables, para poder elevar nuestra alma espiritual a la altura de Dios”. Si no es te lo repito por la acción, el don, la gracia del Espíritu Divino actuando en tu vida, será una sencilla meditación al ejemplo de la meditación zen de los budistas en oriente, pero sólo habrá auténtica elevación del espíritu humano y el encuentro profundo con un tú, cuando oras clamando la asistencia, la gracia del Espíritu Santo. En una cuarta condición de la verdadera oración recuerda, que no serás escuchado por Dios, si no hay humildad en tu corazón, esto es, si no hay un reconocimiento explícito y consciente de que eres un ser necesitado, menesteroso, de alguna manera lleno de limitaciones y por tanto no eres autosuficiente. No, te endioses, no te equivoques, sólo el humilde de corazón que se reconoce en la propia verdad de su defectos y límites, es capaz de elevar una plegaria que sea escuchada por Dios. Basta recordar la imagen parabólica del fariseo y el publicano, donde el primero, erguido y orgulloso, casi le exige a Dios que le ame y le da gracias por ser distinto de los demás, mientras el humilde cobrador de impuestos o publicano en la parte de atrás del templo, en su sencillez, vergüenza y humildad de corazón, ni siquiera se atrevía a levantar la mirada a lo alto. Al final de la parábola evangélica, Jesús nos dirá: “Que este último, el publicano, por su humildad, sale escuchado y justificado por Dios”. En una quinta condición de la oración de cada día, se necesita la confianza renovada en que Dios Padre es todopoderoso. Él lo puede todo en tu vida, si oras con miedo, con desconfianza, si Dios te puede o no puede ayudarte, tu plegaria será estéril y no será atendida. La confianza nace fruto de sentirnos amados profundamente por el Señor, por una realidad superior que nos trasciende ampliamente y que es capaz, respetando nuestra libertad, de dirigir nuestra vida por los caminos de la verdad, por caminos de sabiduría, la confianza de saber que si pedimos obtendremos, si buscamos encontraremos, si llamamos a la puerta se nos abrirá. En un sexto momento encontramos que la oración, debe ser siempre perseverante, con una paciencia grande, más allá de las pruebas de desánimos, de momentos de acedía o desgano espiritual, de momentos en que sentimos la noche oscura de los sentidos, esto es, la ausencia o el vacío de Dios, a quien no vemos, no escuchamos, no sentimos cerca, porque parece el cielo, el firmamento encapotado por grandes nubarrones que nos impiden ver la luz amorosa del sol divino, pero sabemos que más allá de ese cielo encapotado con perseverancia, veremos en algún momento el final de la tormenta del cielo pesado y nuestra perseverancia, nuestra paciencia, será premiada. Concluyamos con un séptimo momento, condición de la oración, reconociendo que ella sólo es válida, cuando genera una transformación o conversión en nuestro corazón. Cuando una persona dice orar y no cambia su vida, su mal humor, su egoísmo, sus rencores, su orgullo, sus miedos, sus desánimos, su desconfianza en Dios, simplemente es una persona que reza exteriormente, pero que no ora interiormente con el corazón y con toda su vida. Tú decides si rezas una Eucaristía o la oras verdaderamente, tú decides si rezas un Rosario a María externamente o lo oras de manera profunda y sincera, es la actitud del corazón la que hace que nuestra plegaria a Dios, más allá de un simple rezo exterior, sin ningún compromiso de la vida personal, se vuelva una oración transformante y transformadora desde lo más profundo de nuestro ser. Silenciamiento, uno, hábito cada día, dos, conciencia de que es la acción del Espíritu Santo quien nos lleva a orar, tres, humildad de corazón, cuatro, confianza renovada en el poder de Dios, cinco, perseverancia más allá de desánimos y pruebas, seis, y la prueba definitiva, saber que, si vamos renovando, transformando, convirtiendo nuestra vida, realmente somos hombres y mujeres de auténtica oración. Hoy te decimos como hace dos mil años, Señor, enséñanos a orar, enséñanos la maravilla, el gran don de ser hombres y mujeres de vida interior, de diálogo continuo y transformante contigo, ¡el amor de los amores! Que el Señor bendiga tu vida en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 11, 1-4 Lecturas del día de hoy Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2, 1-2.7-14: Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén en compañía de Bernabé, llevando también a Tito. Subí por una revelación. Les expuse el Evangelio que predico a los gentiles, aunque en privado, a los más representativos, por si acaso mis afanes de entonces o de antes eran vanos. Al contrario, vieron que Dios me ha encargado de anunciar el Evangelio a los gentiles, como a Pedro de anunciarlo a los judíos; el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos me capacita a mí para la mía entre los gentiles. Reconociendo, pues, el don que he recibido, Santiago, Pedro y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de solidaridad, de acuerdo en que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los judíos. Una sola cosa nos pidieron: que nos acordáramos de sus pobres, esto lo he tomado muy a pecho. Pero cuando Pedro llegó a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible. Antes de que llegaran ciertos individuos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquéllos, se retrajo y se puso aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión. Los demás judíos lo imitaron en esta simulación, tanto que el mismo Bernabé se vio arrastrado con ellos a la simulación. Ahora que cuando yo vi que su conducta no cuadraba con la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, siendo judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a las prácticas judías?» Palabra de Dios Salmo del día de hoy Sal (117) 116, 1.2 Id al mundo entero y proclamad el Evangelio Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio Evangelio del día de hoy Del santo evangelio según san Lucas 11, 1-4: Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”» Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.Invocar al Espíritu SantoOrar al Espíritu SantoOrar con confianzaOrar con humildadRecogimientoReflexiónTiempo para orarBibliaEvangelio¡Enséñanos a orar!Oración