Fundación Amén Comunicaciones2025-11-122025-11-122025-11-06https://repositorioamencomunicaciones.com/handle/123456789/1125https://drive.google.com/file/d/1cxEYsZUaNJG-Ou5iTaMGGKsF_4N3eclN/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Alégrense conmigo! Todo el centro de nuestra fe como creyentes se funda en una certeza, hemos sido comprados al precio altísimo de la sangre de Cristo derramada en la cruz. Toda la vida de Jesús, en efecto, desde su encarnación, sus milagros de sanación, de liberación. Pero sobre todo su entrega pascual en la cruz, muriendo y Resucitando, constituyen la acción salvadora de la que Dios Padre se vale entregando a su Hijo para alcanzarnos el perdón de los pecados y la salvación definitiva de nuestras almas, y que celebramos de manera diaria en cada Eucaristía y que hemos vivido de manera única el día en que hemos sido bautizados, insertados en la vida divina y hechos hijos de Dios en el Hijo Jesús. Esto que decimos de manera tan simple está en el centro mismo de nuestra fe cristiana. Por eso el apóstol Pablo, en la primera lectura de hoy de Romanos capítulo 14, dice: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, porque en el fondo no tenemos vida para nosotros mismos, y ninguno muere para sí mismo”. Y afirmará con una gran claridad: “Sí vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos cada día, morimos para el Señor. Así que ya vivamos, ya muramos somos del Señor”. Hemos sido adquiridos, hemos sido comprados, pertenecemos a Jesús, no pertenecemos a nada del mundo que va y viene y pasa, es transitorio, es efímero. Y afirmará de manera categórica el apóstol Pablo: “Para esto, para comprarnos a nosotros, para alcanzarnos la salvación, para esto murió Cristo en la cruz y Resucitó de entre los muertos, para ser Señor de muertos y de vivos”. Qué impresionante esta síntesis teológica que Pablo enuncia y que nos pone a cada uno de nosotros a pensar cómo han sido rotas las cadenas del pecado que nos esclavizaban al demonio, que nos esclavizaban de nuestras pasiones dominantes. Y cómo “por esa sangre derramada en la cruz hemos alcanzado la gloriosa libertad de los hijos de Dios”, de la que habla Pablo en la Carta a los Romanos, capítulo 8, y en la Carta a los Gálatas, capítulo 4. Hoy recuérdalo para toda tu vida, no eres esclavo del licor, no eres esclavo del rencor, no eres esclavo de la ira, no eres esclavo de tu orgullo, no eres esclavo de tu codicia de dinero, no eres esclavo de la pornografía, no eres esclavo de una infidelidad conyugal, no eres esclavo de ninguna adicción, no eres esclavo de tu egoísmo. Porque Cristo ha entregado su vida y ha derramado su sangre para hacerte libre. Y esta libertad la tenemos que evidenciar en nuestro corazón con nuestras obras de vida de cada día. Acuérdate que la mayor libertad, a diferencia de lo que piensa el mundo, no es la libertad frente a la autoridad política, la autoridad de los padres, la autoridad educativa en un colegio, la autoridad religiosa, no. La gran libertad que Cristo nos propone es la libertad frente a nosotros mismos, porque en el fondo, aunque nos cueste tener conciencia de ello y reconocerlo, nosotros somos carceleros, tiranos de nosotros mismos. Por nuestras pasiones desordenadas, por nuestras esclavitudes interiores que nos llevan a decir, como el apóstol Pablo: “Hago el mal que no quisiera hacer, y dejo de hacer el bien que quisiera realizar. Pobre de mí que gobierna en mi ser la ley de la carne y no la ley del Espíritu”. Pero pasemos al bellísimo evangelio de san Lucas en el capítulo 15, que nos presenta las famosas tres parábolas de la misericordia de Dios, en este evangelio las dos primeras, la parábola y la imagen del pastor que busca la oveja perdida, dejando en el redil las 100 ovejas y buscando la perdida. O la mujer que deja las 10 moneditas y busca una que se le ha perdido. En el fondo encontramos grandes enseñanzas a propósito de estas dos parábolas de Lucas capítulo 15. Primera enseñanza. Somos eternos murmuradores sobre los pecados ajenos; nos encanta hablar, calificar o mejor, descalificar las conductas y los comportamientos de los demás, y pareciera que eso nos hiciera sentir con algún alivio psicológico. Acuérdate que los fariseos de ayer, de hoy y de siempre, nunca miraron con buenos ojos que Jesús se relacionara con pecadores, y en el fondo temían contaminarse al estar cerca de estos pecadores. Pero Jesús no escucha las murmuraciones de los hipócritas que se sienten buenos sin serlo de verdad. Hoy reconozcamos esa primera verdad, cómo en el pensamiento, cómo en el corazón, en el mundo emocional, y cómo en la boca con las palabras, en esos tres niveles, lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hablamos. Juzgamos, murmuramos, descalificamos sobre las actuaciones, los comportamientos de los demás. Te pregunto ¿quién nos ha nombrado jueces?, ¿acaso no hay solo un legislador y juez que es Cristo?, y si Él no juzga de los pecadores, teniendo toda la autoridad moral por su santidad suprema, ¿quiénes somos tú y yo para andar juzgando de los demás? Pero hay una segunda enseñanza y es la desconcertante misericordia que se refleja en el pastor, que, dejando solas las 100 ovejas en el redil, va a buscar la oveja perdida. Impresiona cómo en la lógica humana, nos quedaríamos con lo seguro para dejar lo dudoso, según decían las abuelas “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Y dejamos volando las 99 o 100 ovejas para ir en pos de la perdida, de cargarla sobre los hombros, de sanarla si está herida, de llevarla otra vez al rebaño, al redil. ¡Cuánta compasión, cuánta misericordia con aquella oveja descarriada! La pregunta es ¿tú y yo tenemos la misma compasión del pastor de la imagen evangélica, de la parábola evangélica? ¿Tenemos la misma compasión con tu cónyuge, con mi hermano, con una persona cercana?, ¿con un trabajador en la empresa, en la oficina?; ¿con la familia política de mi pareja, con los vecinos, con los amigos? Por qué somos tan duros, tan rígidos para juzgar de los demás, por qué se nos olvida que todos fuimos hechos del barro de la tierra y como el barro somos quebradizos y frágiles, por más que demos una apariencia de fortaleza y de reciedumbre. Pero además de esta desconcertante misericordia, cuando se busca la oveja perdida o cuando la mujer barre toda la casa, enciende la lámpara y busca con cuidado y detalle hasta encontrar la monedita que se le había perdido decimos. Qué impresionante detalle cuando dejando lo seguro las 99 o 100 ovejas o las 9 o 10 monedas para buscar lo que está perdido. Así es Dios. Pero tal vez lo que más me impresiona es esta tercera enseñanza cuando se resalta y se repite la alegría inmensa que hay en el pastor que encuentra la oveja perdida, que hay en la mujer que recupera la moneda extraviada. Pero sobre todo cuando acentúa “que la alegría no es solamente aquí en el mundo, sino en el cielo cuando un pecador se arrepiente. Cuando una persona se convierte de su vida equivocada”. Es que el buen Dios no se resigna a perder la oveja, la busca con insistencia, la trata con cariño, la cuida con ternura, se alegra cuando la encuentra, cuando se convierte, cuando reorienta su vida, cuando retorna a casa, al redil. Dios se goza en acoger, en perdonar, no en excluir. De hecho, nos dirá Juan en el capítulo 3, versículo 17: “Que, para salvar al mundo, no para condenarlo, ha sido enviado Jesús al mundo”. Hoy te pregunto, más allá de la realidad del hermano mayor, que no se alegró con el retorno de su hermano loco, el menor, y más allá de la realidad de la oveja encontrada y la moneda hallada. Experimentamos una alegría profunda y sincera cuando vemos la conversión de una persona y piensa, como se dice de manera explícita: “Habrá más alegría en el cielo por un solo, uno solo de los pecadores de esta tierra que se convierta, que por 99 justos que no necesitan de conversión”. Con razón Jesús nos dirá: “He venido al enfermo, no al sano. He venido al pecador, no al justo, que el enfermo es el que necesita médico, y el pecador es el que requiere del Redentor que es la Persona misma de Jesús”. Concluirá el evangelio de hoy diciendo: “Les digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. Hoy unámonos a esa alegría divina, esa alegría de los ángeles y del mismo Dios buscando la conversión de una persona. Te lo cuento finalmente a manera de anécdota. En la Casa de Retiros Espirituales Monte María, donde tenemos encuentros de fin de semana con alguna frecuencia, conversamos entre los servidores y el equipo de evangelizadores. Cuánta alegría nos queda en el alma cuando al ver una persona, un matrimonio que llegan tristes, apagados en su amor, con heridas en sus almas, llegan un viernes en la tarde a la Casa de Retiro y salen en domingo en la tarde resucitados, con esperanza, con ganas y sentido para vivir. No te imaginas cuánta alegría sentimos nosotros y así pensamos habrá alegría en el cielo. Hoy mira a tu alrededor, en tu matrimonio, en tu familia, en tus vecinos, entre tus amigos. ¿Cuál es la moneda extraviada?, ¿cuál es la oveja perdida?, ¿cuál es el hijo menor loco que hay que rescatar? No peques por indiferencia. No sigas la lógica del mundo de falsos respetos humanos diciendo, no es mi vida, luego no es mi problema. “Es tu prójimo y estás comprometido con él”, nos dirá Jesús. Por eso trata de rescatar esa oveja perdida que habrá alegría en el cielo, habrá alegría, mucha alegría y mucho sentido para tu vida. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 15, 1-10 Lecturas del día de Hoy: Romanos 14, 7-12 Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos. Pero tú, ¿por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? Todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios. Como dice la Escritura: Juro por mí mismo, dice el Señor, que todos doblarán la rodilla ante mí y todos reconocerán públicamente que yo soy Dios. En resumen: cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 27(26),1.4.13-14 (R. 13) El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar? El Señor es mi luz y mi salvación. Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia. El Señor es mi luz y mi salvación. La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía. El Señor es mi luz y mi salvación. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15, 1-10 En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que, por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que, si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente». Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.AlegríaCambio de vidaConversiónDios nos busca con insistenciaRetornar al redilReorientar la vidaRetornar a casaSan LucasBibliaEvangelio!Alégrense conmigo!Oveja perdidad