Fundación Amén Comunicaciones2024-02-112024-02-112024-02-02http://72.167.44.240:4000/handle/123456789/265https://drive.google.com/file/d/19lgMJavhohSaPEy6_LA8sSdat1VLCFB7/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Celebra la iglesia la fiesta de la Presentación del Señor y al mismo tiempo se constituye en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. De la mano del evangelista Lucas, encontramos como José y María (los padres del Niño Jesús), a los 40 días de su nacimiento, presentan al bebé en el templo, la casa de Dios para consagrarlo. El anciano sabio y santo Simeón, reconoce en este Niño, justo cuando sus padres entran en el templo, como luz que está llamado a alumbrar las naciones y que será gloria, honor para todo el pueblo de Israel. Jesús es el primogénito varón consagrado al Señor y precisamente de este texto evangélico, descubrimos la fuerza de lo que es la vida de los consagrados a Dios. Hoy damos gracias al Señor, por la existencia de tantas mujeres y hombres, que han hecho en silencio o de manera formal, una entrega y una consagración de su vida al Señor. Pero pensamos también en tantos bautizados, hombres y mujeres de a pie como tú, que entregan diariamente su vida y la ofrenda al Señor. Hoy nos preguntamos ¿Cómo podemos consagrarle al Señor nuestra vida?, ¿Cómo resultar agradables ante Él?, ¿Cómo darle el primer lugar en nuestro corazón?, ¿Cómo llevar una vida espiritual y religiosa, dándole sentido a todo lo que hacemos?. Y te propongo, consagrar la vida desde dos esferas, desde dos vertientes como lo hizo Jesús a lo largo de su existencia y como nos invita a hacerlo a todos nosotros bautizadas y bautizados del siglo 21. La primera manera, la primera dimensión de consagración de la vida, es aprender a presentarle a Dios la vida recta, el actuar honesto y en bien que realizamos todos los días. Lo digo muy a propósito de no pocas personas que a veces y de manera espontánea dicen, padre, me he cansado de hacer el bien, me han pagado con mal, ¿Qué he sacado en mi vida con ser buena persona, con ayudar a los demás?. Y hoy te digo, en nombre de Jesús presentado en el templo y en nombre de esa consagración que todos debemos de hacer de las buenas obras de cada día, hoy te digo: no te canses de hacer el bien, no dejes de servir, de amar y de ayudar a los demás; si nosotros los cristianos, los seguidores de Jesús, dejamos de ser sal de la tierra, luz del mundo, levadura que fermenta la masa, la tierra no tendrá sabor, la vida será insípida, porque nosotros, la sal, dejamos de cumplir la misión de saborear y sazonar, la existencia de la sociedad, de la cultura del mundo. Si nosotros dejamos de ser luz de las naciones, cuánta oscuridad en las familias, cuánto avance del mal porque nos callamos, porque no corregimos, porque no exhortamos. Ya lo decía uno de los grandes líderes frente a la segregación racial en los Estados Unidos de Norteamérica, en la década de los años 60, Martin Luther King (Junior), él afirmaba: “No me impresiona la maldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos”. Hoy, si te atreves a afirmar que el mal, que la oscuridad, que la mentira, que los antivalores han avanzado en el mundo, es porque quizás personas como tú y yo hemos callado por comodidad, por desinterés, por indiferencia, por falta de coraje. No se trata de pelearnos con nadie, no se trata de entrar en conflicto con nadie, pero descubre que si te callas, si te silencias, si no corriges, si no orientas, si no ayudas, si no sirves, si no amas; en el mundo no habrá el sabor que da la sal, ni habrá como conjurar la oscuridad en la que hoy viven no pocas personas. Estamos llamados a hacer el bien, no nos podemos cansar y ofrendémosle a Dios en este día, el trabajo de nuestras buenas obras, primero con la familia, luego con los compañeros de trabajo, con los amigos y finalmente con la sociedad en general. No dejemos de aportar nuestro granito de arena desde nuestras capacidades, talentos, posibilidades, pero hay que mejorar el mundo, lo tenemos que dejar mejor de como lo encontramos. Pero hay una segunda vertiente, una segunda dimensión donde podemos ofrendar nuestra vida a Dios, consagrarnos a Él, presentarla como ofrenda santa y agradable ante sus ojos, y es ofrendar al Señor el mal, el sufrimiento que padecemos. He encontrado a lo largo de mi vida como sacerdote, que muchas personas frente al sufrimiento, frente al dolor en distintos momentos y pruebas de la vida, reniegan, se desaniman, se desesperanzan y a veces maldicen. No se trata de asumir esa actitud, Jesús, por el contrario, no sólo ofrendó a Dios el bien que hizo y como lo recuerda el evangelista Marcos en una síntesis lapidaria, se dijo de Jesús: “Pasó su vida haciendo el bien”, y puede ser el epitafio sobre nuestra tumba; sino que también Jesús ofrendó su vida desde el mal padecido, en la injusticia, en la ingratitud, en el abandono de los suyos, en su pasión y crucifixión. Mucha razón tenía el gran padre de la Iglesia, san Agustín, cuando afirmaba: “Que la fuerza espiritual de un hombre, no se mide sólo por el bien que hace, sino por el mal que resiste”. Si hoy, como cristiano, como católico, como hombre o mujer de fe, eres menospreciado, se te ve con indiferencia, con insignificancia, eres incomprendido, y en el caso de algunos sacerdotes perseguidos, no dejes de hacer el bien y resiste el mal y ofréndalo a Dios. Aprende a descubrir esta dimensión altísima, no nos cansemos de obrar el bien y ser luz para los hombres, pero también seamos fuertes, pacientes, perseverantes y sobre todo confiados en Dios, cuando nos sobrevengan incomprensiones, sufrimientos y pruebas en la vida, son dos hermosas maneras de ofrendar a Dios, el bien que hacemos y el mal que resistimos. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 2, 22-32 Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.Actuar honestoAmorAnuncioEntregaMisericordiaOfrendar el sufrimientoReinoVida consagradaVida rectaBibliaEvangelio¡No te canses de hacer el bien!Vida en Dios