Fundación Amén Comunicaciones2026-03-272026-03-272026-03-22https://repositorioamencomunicaciones.com/handle/123456789/1266https://drive.google.com/file/d/1zXo0zv-LRZQT9eTJgQvwKL33lUFVbzQX/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Yo les doy la verdadera vida! Jesús se ha presentado a lo largo de las Dominicas de esta Cuaresma como ¡La fuente de agua viva!, en el tercer domingo, cuando da el agua que vivifica a la mujer samaritana en el pozo de Jacob. Y luego se ha presentado como ¡La luz del mundo!, cuando es capaz de sanar al ciego de nacimiento, pero no es capaz de conjurar la ceguera de las autoridades religiosas de Israel, que no son capaces de reconocer en Jesús el gran liberador, el gran Mesías anunciado de todos los tiempos. Ahora, en este domingo, de manera más plena, se nos revela el misterio de Jesús, ya no como el hombre tentado. Primer domingo. El hombre transfigurado como Dios. Segundo domingo de Cuaresma. El hombre que calma la sed de vida. Tercer domingo de Cuaresma. El hombre que ilumina el sentido de la vida. Cuarto domingo de Cuaresma. Sino como el hombre que es capaz de dar vida en plenitud a todos en el quinto domingo de Cuaresma, cuando Él dice: “Yo soy la resurrección y la vida”. Y de manera lapidaria afirmará: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Esta sed de eternidad que no es solamente en Lázaro, reanimado o resucitado de manera imperfecta, porque volverá a morir. Esta sed de eternidad la tenemos todos, porque en el fondo el mundo está lleno de millones de Lázaros y Lázaras que en el fondo estamos muertos, aunque digamos vivir, haciendo eco de la famosa película de hace casi 50 años, la película Zombie, la de los muertos vivientes. Tantas personas que en este día han desayunado, han almorzado y probablemente van a cenar; han trabajado, se han transportado en su carro particular, en bus público, en el metro y sin embargo, su espíritu está muerto. Tienen vida biológica, pero nada más, no hay vida espiritual, no hay vida de Dios dentro de ellos. Hoy te pregunto ¿te sientes vivo o viva?, ¿tú crees que la vida es simplemente respirar, comer, caminar, percibir los latidos de tu corazón, los pensamientos que pasan por tu cerebro? O ¿reconoces que en cada ser humano hay una sed de infinito, una búsqueda de eternidad? En el fondo un hambre de inmortalidad que a veces no sabemos identificar y que sólo puede ser saciada en Cristo. Te lo formularé de otra manera en una frase lapidaria que en lo personal ha iluminado mucho mi vida. Y te diré: “Quien no ha resuelto el dilema y el sentido de la muerte, no ha resuelto aún el dilema y el sentido de su vida”. Porque cuando tú crees que somos como la mascota de tu casa, o como el bonsái que está en la mesa de la sala de tu apartamento, que vinimos al mundo a nacer, crecer, madurar, reproducirnos, envejecer y morir. En el fondo no has entendido nada de la vida y no has entendido nada de que tú y yo somos imagen y semejanza de Dios. Esto es una vida más alta, la vida divina, una vida cualificada, y cuando uno vive para simple y miserablemente morir como un perro callejero, has entendido tu vida simplemente, como decían los filósofos en el mundo antiguo: “Comamos y bebamos, disfrutemos y deleitémonos que mañana moriremos”. Esa no es la vida auténtica, esa no es la vida del creyente. El verdadero cristiano entiende que la vida no es simplemente existir, repito, para miserablemente morir de un infarto, por la vejez, el deterioro del cuerpo; sino que la vida es morir cada día en entrega amorosa por los demás, para al final nacer más allá de la muerte y vivir eterna y plenamente con Dios. Te lo digo de manera más simple, tú vives para morir o tú mueres para eternamente vivir. Es una disyuntiva que nos muestra la trascendencia y la profundidad de la vida nueva, de la que nos habla Jesús, la vida abundante que sólo Él nos puede dar. Pero ¿cómo tener esa vida con más alegría, siendo el vino nuevo del que habla Jesús en Caná de Galilea?, ¿cómo ser agua de vida como nos dice también en el pasaje de la mujer que está junto al pozo de Jacob, la mujer samaritana?, ¿cómo ser hombres libres y caminantes, y no el paralítico de Betesda?, ¿cómo entender la vida nueva que se nos da en el Pan eucarístico o Pan de vida? ¿Cómo entender la luz del mundo que Jesús nos comunica?, ¿cómo descubrir que Jesús es la Resurrección y una nueva forma de vivir? Estamos llamados a salir de nuestras tumbas, de nuestros sepulcros, como nos dirá precisamente la primera lectura de Ezequiel 37 en el día de hoy y a recibir el Espíritu nuevo que Jesús nos da, no solamente después de la muerte, sino aquí y ahora, en esta vida presente por tres fuerzas pascuales, tres fuerzas resucitadoras, tres fuerzas de vida nueva. La primera de ellas, la fe. Cuando entendemos la fe como la certeza del amor de Dios, cuando asumimos su promesa: “El que cree en mí no morirá para siempre”, cuando escuchamos su palabra: “Si crees, verás la gloria de Dios”. Cuando somos capaces de salir del sepulcro de nuestro pesimismo, de nuestro miedo, de nuestra incredulidad. Cuando nos liberamos de las vendas que nos atan a la muerte, las vendas del egoísmo, del rencor, del orgullo, del encerramiento en nosotros mismos. Cuando por la fe sabemos que estamos llamados a una vida más alta, empieza a actuar en ti y en mí una fuerza de vida nueva, una fuerza de resurrección. Pero hay una segunda fuerza pascual, y es la esperanza. Aprendimos “que quien en Dios espera, no desespera”. Hemos aprendido que Cristo Resucitado, vencedor del mal, del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte, es nuestra gran esperanza. Hemos aprendido que la gran esperanza del ser humano no se sostiene en esperanzas intramundanas del mundo: Voy a cambiar de casa, voy a mejorar el carro, voy a hacer un viaje de vacaciones, voy a mejorar mi pensión de jubilación. Sino que la gran esperanza cristiana es la vida en plenitud aquí y ahora, porque Cristo vive en nosotros y en la vida total y en eternidad más allá de la muerte. Esa es la gran esperanza del cristiano y así, la esperanza no es solamente una virtud teologal, sino una fuerza de resurrección para todos nosotros. Pero quizás más allá de la fe y de la esperanza, la gran fuerza pascual, el gran motor de resurrección y de vida nueva, lo da el amor, lo que en la fe llamamos, o en el lenguaje cristiano llamamos la caridad, y que en el fondo el amor es la única realidad que le da color a la vida, sentido a nuestras acciones. Y como decía en su momento, una gigante de nuestro tiempo, santa Teresa de Calcuta: “En la vida y de cara a Dios, no importa cuántas cosas grandes o pequeñas hagamos; importa cuánto amor, cuánto amor coloquemos en cada acción de nuestra vida cotidiana”. Agustín, el gran padre de la Iglesia, afirmará: “Ama y haz lo que quieras”. Y dirá “la reprensión, la corrección, el consejo, si brota de una fuente sana, como es un corazón amoroso, producirá sus frutos”. Y hoy te invito a que allí, en el ambiente de matrimonio, de familia, de amigos, de trabajo, de parroquia, de movimiento apostólico, allí donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. El mundo de hoy, más allá del desarrollo de la inteligencia artificial, más allá del crecimiento exponencial de la Big Data o la gran información, más allá de revoluciones tecnológicas, lo que necesita con más urgencia es la revolución del corazón humano por la fuerza del amor. Hoy le hemos apostado todo a un crecimiento material, tecnológico, económico y social; pero no le hemos apostado al verdadero crecimiento del ser, de la vida interior, de las relaciones primarias de familia. Por la fuerza de la fe, de la esperanza y del amor. Sólo el amor hace grande la vida. Sólo el amor hace que la existencia sea en colores. Sólo cuando hay amor encontramos sentido, resurrección y vida nueva en toda nuestra cotidianidad. Señor, quiero resucitar por la fuerza de la fe, de la esperanza y del amor. Que el buen Dios te bendiga en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Juan 11, 1-45 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Ez 37,12-14: Os infundiré mi espíritu y viviréis. Así dice el Señor: -«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 130(129), 1-2.3-4ab.4c-6.7-8: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Segunda Lectura: Rm 8,8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros. Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíri­tu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espí­ritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Jn 11, 1-45: Yo soy la resurrección y la vida. En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que un­gió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el en­fermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: -«Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: -«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -«Vamos otra vez a Judea.» Los discípulos le replican: -«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?» Jesús contestó: -«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió: -«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.» Entonces le dijeron sus discípulos: -«Señor, si duerme, se salvará.» Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: -«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -«Vamos también nosotros y muramos con él.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Be­tania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros»; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: -«Tu hermano resucitará.» Marta respondió: -«Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: -«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siem­pre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: -«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa conso­lándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adon­de estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom­pañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -«¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: -«Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -«¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: -«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cu­bierta con una losa. Dice Jesús: -«Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. » Y dicho esto, gritó con voz potente: -«Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.IluminarLázaroResurrecciónSan JuanSentido de vidaVida eternaVivir con própositoVida plenaBibliaEvangelio¡Yo les doy la verdadera vida!Vida en Jesús