Fundación Amén Comunicaciones2025-09-112025-09-112025-08-12http://168.231.65.82:4000/handle/123456789/1026https://drive.google.com/file/d/1oiW-zY76PTUIm9qWalofmxr9SX9-uWhc/view?usp=drive_linkTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡La humildad de los niños! La primera lectura tomada del capítulo 31 del Libro del Deuteronomio, nos habla del final de la vida de Moisés. (No debemos de tomar de manera literal los 120 años de los que se habla a propósito de su edad. Es una cifra que redondea el esquema de la vida de Moisés, dividida fundamentalmente en tres períodos de 40 años, para sumar estos 120 años que, repetimos, deben de mirarse de manera simbólica). Lo cierto es que la vida de Moisés acaba, que él lo sabe y por eso se preocupa de disponer las cosas para que el plan de Dios continúe y no falle ante su ausencia. Josué será el hombre que lo supla como guía del pueblo que por años ha acompañado en el desierto, aunque será el mismo Dios el que siga guiando la suerte de su pueblo. En efecto, Moisés, en la lectura de hoy, dirá de manera clara a Josué: “Sé fuerte y valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, juró dar a tus padres, y tú se las repartirás en heredad. El Señor irá delante de ti, Él estará contigo, no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes”. ¿Cuántas veces en tu vida, ante la vejez, la agonía y la próxima muerte de tus progenitores, quizás tú has sido el encargado, la responsable de seguir adelante con la empresa familiar, de acompañar a los hermanos y hermanas menores, de seguir el legado que en vida dejaron nuestros padres? Hoy estas palabras se nos dirigen a nosotros: “Sean fuertes y valientes, no tengamos miedos, no nos acobardemos ante las pruebas, pues el Señor, nuestro Dios, va con nosotros. Él no nos dejará ni nos abandonará”. Casi que podría ser un mantra, una repetición litanica esta expresión que en Deuteronomio capítulo 31 lanza Moisés a Josué. Porque en la vida a veces nos sentimos desbordados, sobrepasados por las exigencias, los desafíos, las pruebas propias del diario vivir. Pero nunca olvides que el Señor está con nosotros y que Él no nos abandona. Pero pasemos al evangelio de san Mateo en el capítulo 18, donde, a propósito de lo que algunos preguntan a Jesús, ¿cuál será el más grande, el mayor, el más importante en el Reino de los cielos? Jesús, en una respuesta desafiante y contradictoria con los criterios humanos, toma a un niño, lo pone en medio de sus discípulos y les dice: “En verdad les cuento que, si no se convierten y no tienen corazón de niños, no entrarán al Reino de los cielos”. Y ratificando esta primera afirmación, dirá: “Sólo aquel que se haga pequeño de corazón, como este niño será el más grande en el Reino de los cielos; y el que acoge un niño como éste en mi nombre, me acogerá a mí. Por eso, cuídense de no despreciarlos, porque los ángeles de Dios están atentos a estos pequeñuelos que son especialmente queridos por el Padre de los cielos”. Hoy, cuando reconocemos que los niños son personas todavía inmaduras, sin criterios claros y definitivos en la vida, cuando descubrimos que son personas impotentes y muy desvalidas para salir adelante por sí mismos. Nos sentimos desafiados por el símil, la analogía, el ejemplo que coloca Jesús a propósito de que “los niños serán los primeros en el Reino de los cielos”, máxime en una sociedad como la judía, donde los niños eran mirados con alguna indiferencia y como criaturas prácticamente insignificantes. Pero ¿qué nos quiere decir Jesús cuando nos habla de tener corazón de niños? Tal vez eso exactamente, tener el alma de los niños. Y nos preguntamos ¿cómo es el alma de un infante? Y podemos encontrar algunas respuestas. La primera, el alma de un niño es un alma humilde que reconoce su total dependencia de sus padres, que se reconoce una criatura pequeña mirando su baja estatura, mirando su desconocimiento de la vida, mirando la necesidad de la asistencia permanente y el cuidado solícito de los mayores cuando se lastiman, cuando están enfermos y en distintas circunstancias. Así nosotros debemos de sentir la humildad o experimentar la humildad de los niños y descubrirnos pequeños frente al Padre de los cielos. Pero hay una segunda condición, los niños en general son limpios de corazón. Su inocencia es proverbial, son simples para mirar la vida, no hay malicia en su corazón. De hecho, hay una bella bienaventuranza: ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! Y esa limpieza interior y espiritual se aplica de manera privilegiada a los niños de todos los tiempos en sus cuatro, cinco, seis años, cuando no hay malicia, cuando no hay cálculos humanos, conveniencias en su corazón. Pero una tercera característica de los niños que los hace merecedores de ser grandes en el Reino de Dios es su capacidad para perdonar. Cuánto tenemos que aprender los adultos que guardamos rencores y guardamos memoria de las ofensas que nos han causado, no solamente por días, por semanas o meses, sino incluso guardamos memoria de ofensas por años o incluso por toda la vida. Un niño pelea con su hermanito, con su primo, con su vecinito y pasados unos minutos ha olvidado la ofensa y vuelve al juego, a la relación y a la amistad con su vecinito, con su pariente, con su hermanito. Hoy nosotros, adultos, en malicia y en rencores, aprendamos de la capacidad de perdón y olvido que tienen nuestros niños. Pero en una cuarta característica reconocemos que los niños son almas que se asombran, que se maravillan, que descubren permanentemente la novedad del mundo, de la vida, de la creación. La famosa frase de los niños a sus dos, tres años y ¿por qué esto?, y ¿por qué lo otro?, y ¿esto qué significa?, y ¿esto qué es? Esa expresión cuando todavía no hablan de manera clara. Y papá y mamá, con paciencia le van descubriendo el mundo y ellos abren sus ojos asombrados, maravillados. Cuánto nos enseñan a los adultos que no volvemos exigentes para disfrutar con las cosas sencillas de la vida, cuando nos parece que ya nada es novedad, que todo es rutina, que hay cansancio de la existencia, que se ha perdido la capacidad de maravillarnos, de asombrarnos con toda la obra creadora de Dios y con su obra máxima, el ser humano. Pero en una quinta característica de los infantes está su inquebrantable confianza en los adultos, especialmente en sus papás. Confían en ellos, piden que los acompañen cuando están muy pequeñitos para que les den el alimento, para que los tomen de la mano, empezando a caminar, para ser bañados, para ser aseados. Tantas situaciones humanas de un infante donde descubrimos la profunda confianza y dependencia de sus padres. Y así como un niño pequeño duerme plácidamente en el regazo materno o paterno, así también nosotros confiadamente ponernos en las manos amorosas, confiables y paternales del buen Dios. En una sexta característica del alma de un niño está su alegría. Donde hay niños en una casa de abuelos, hay jolgorio, hay fiesta, hay gritos, hay lúdica, hay juego, hay gozo, hay alegría. Por el contrario, cuando en una casa de abuelos no hay niños, reina quizás la tristeza, la melancolía, el silencio. Quizá desordenen la casa, pero cuánta alegría con sus juegos de pelota, las niñas, con sus juegos con las muñecas, con sus gritos espontáneos. ¡Cuánta alegría de la vida nos comunican los niños! Y cómo el mundo de hoy se ha vuelto, lo repetimos, más exigente para disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de las simples cosas de la existencia. En una última, séptima y última palabra, reconocemos, la simplicidad de los niños que no tienen la complicación en los razonamientos de los adultos, que ven las cosas mucho más fáciles de solucionar, de arreglar que nosotros, los adultos. La simplicidad de un niño es una gran enseñanza que nos muestra que a veces pasamos la vida pretendiendo controlar todas las variables de nuestra existencia, que nos volvemos demasiado graves, adustos, solemnes, ceremoniosos y que tal vez, si tuviéramos mayor simplicidad por nuestra confianza en Dios, viviríamos con más paz, con más tranquilidad. Señor, a partir de estas siete características del alma de un niño, que entendamos que sólo el que tenga corazón de infante, ése entrará y será el más grande en el Reino de los cielos. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14 Lecturas del día de Hoy: Primera lectura: Deuteronomio 31, 1-8 En aquellos días, Moisés dirigió estas palabras a todo el pueblo de Israel: “He cumplido ya ciento veinte años y me encuentro achacoso. Además, el Señor me ha dicho que no cruzaré el Jordán. El Señor, nuestro Dios, lo cruzará delante de ustedes; él destruirá a todos esos pueblos ante sus ojos para que ustedes se apoderen de ellos, y Josué pasará al frente de ustedes, como lo ha dicho el Señor. El Señor tratará a los enemigos de ustedes como a los reyes amorreos Sijón y Og, y los arrasará como a sus tierras. Cuando el Señor se los entregue, harán con ellos lo que yo les he ordenado. Sean fuertes y valientes, no teman, no se acobarden ante ellos, porque el Señor, su Dios, avanza con ustedes. Él no los dejará ni abandonará’’. Después Moisés llamó a Josué y le dijo en presencia de todo el pueblo de Israel: “Sé fuerte y valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió dar a nuestros padres; y tú les repartirás esa tierra. El Señor, que te conduce, estará contigo; él no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes”. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo: Dt 32, 3-4a.7.8.9 y12 (R. cf. 9a) Bendice, Señor, a tu pueblo. Voy a proclamar el nombre del Señor; den gloria a nuestro Dios, porque sus obras son perfectas. Bendice, Señor, a tu pueblo. Acuérdate de los días remotos, considera las edades pasadas, pregúntale a tu padre y te lo contará, a los ancianos y te lo dirán. Bendice, Señor, a tu pueblo. Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad y la distribuía a los hijos de Adán, trazó las fronteras de las naciones según el número de los hijos de Israel. Bendice, Señor, a tu pueblo. La porción del Señor fue su pueblo, Jacob fue su heredad. Sólo el Señor los condujo, no hubo dioses extraños con él. Bendice, Señor, a tu pueblo. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18, 1-5. 10. 12-14 En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?" Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo. ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños''. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.Capacidad para perdonarCorazón de niñoDescubrirse pequeño frete a DiosInocenciaHumildadNiñosPureza de intenciónSan MateoSer como niñosBibliaEvangelio¡La humildad de los niños!El corazón de los niños