Dar vida a los muertos!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 7, 11-17
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: de la primera carta del apóstol San Pablo a Timoteo 3, 1-13
Querido hermano:
Está muy bien dicho que quien aspira a ser obispo no es poco lo que desea, porque el obispo tiene que ser irreprochable, fiel a su mujer, sensato, equilibrado, bien educado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, comprensivo, no agresivo ni interesado.
Tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de una Iglesia de Dios? Que no sea recién convertido, por si se le sube a la cabeza y lo condenan como al diablo.
Se requiere, además, que tenga buena fama entre los de fuera, para evitar el descrédito y que lo atrape el diablo. También los diáconos tienen que ser responsables, hombres de palabra, no aficionados a beber mucho ni a sacar dinero, conservando la fe revelada con una conciencia limpia.
También éstos tienen que ser probados primero, y, cuando se vea que son irreprensibles, que empiecen su servicio. Las mujeres, lo mismo, sean respetables, no chismosas, sensatas y de fiar en todo.
Los diáconos sean fieles a su mujer y gobiernen bien sus casas y sus hijos, porque los que se hayan distinguido en el servicio progresarán y tendrán libertad para exponer la fe en Cristo Jesús.
Palabra de Dios, Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 101(100), 1-2ab.2cd.3ab.5.6
Andaré con rectitud de corazón.
Voy a cantar la bondad y la justicia,
para ti es mi música, Señor;
voy a explicar el camino perfecto:
¿cuándo vendrás a mí?
Andaré con rectitud de corazón.
Andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa;
no pondré mis ojos en intenciones viles.
Aborrezco al que obra mal.
Andaré con rectitud de corazón.
Al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar;
ojos engreídos, corazones arrogantes, no los soportaré.
Andaré con rectitud de corazón.
Pongo mis ojos en los que son leales,
ellos vivirán conmigo;
el que sigue un camino perfecto,
ése me servirá.
Andaré con rectitud de corazón.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7, 11-17
En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
«No llores.» Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!» El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Dar vida a los muertos!
La primera lectura tomada de la Carta del apóstol Pablo a Timoteo nos da algunas lecciones sobre las condiciones de aquellos “llamados al gobierno de la Iglesia, al ministerio episcopal”. En efecto, dirá Pablo a Timoteo: “Que conviene que aquel que sea obispo sea irreprensible, sobrio, sensato, hospitalario, hábil para enseñar, no dado a las peleas, sino comprensivo. Que no sea agresivo ni amigo del dinero, que gobierne bien su propia casa (hablando de su familia) y se haga obedecer de los suyos con respeto”.
Y afirmará a renglón seguido el apóstol Pablo “que si un hombre, llamado al ministerio episcopal, no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo será capaz de cuidar la casa y la Iglesia de Dios?” Y advierte “que esta ordenación episcopal no llegue a un recién convertido a la fe, sino que conviene que sea un hombre probado en el tiempo y que tenga buena fama entre los de fuera”.
Pero a renglón seguido, el apóstol Pablo en la Carta a Timoteo nos habla de las condiciones para aquellos que ocupan el primer grado del ministerio ordenado a los diáconos y nos dice: “Que ser hombres respetables, sin doble lenguaje. No aficionados al vino ni metidos en negocios sucios, que guarden el misterio de la fe con conciencia pura. Probados primero y cuando se vea que son intachables, que ejerzan el ministerio”.
Esto nos invita a orar en la Iglesia por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos. Entendemos que un buen diácono, un buen presbítero o sacerdote y un buen obispo son una clara bendición para su comunidad de manera particular y para la Iglesia de manera general. Pero también debemos de advertir que un mal diácono, un mal sacerdote, un mal obispo son una verdadera calamidad para una comunidad y para una iglesia parroquial o Iglesia diocesana. Por eso oremos al Señor, para que siempre nos dé buenos ministros en el camino de formar guías para la comunidad.
Con razón el salmo de hoy, el salmo litúrgico 100, nos invita a ¡andar con rectitud de corazón! Una intención del salmista aplicable sobre todo a aquellos responsables de la comunidad cristiana: diáconos, presbíteros y obispos. Y nos invita en espíritu orante a repetir con el salmista: “Andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa, no pondré mis intenciones ni mis ojos en situaciones viles. Aborrezco al que obra mal, al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar. Ojos orgullosos, corazones arrogantes no los soportaré. Pongo mis ojos en los que son leales, ellos vivirán conmigo. El que sigue un camino perfecto, ése me servirá”.
Pero pasemos al evangelio de san Lucas en el capítulo 7, cuando nos muestra uno de los tres episodios de aparentes resurrecciones que Jesús realizó en su vida pública: Lázaro (hermano de Marta y María), la hija de Jairo (el jefe de la sinagoga judía) y el hijo de la mujer viuda del pueblo de la ciudad de Naín. Y decimos resurrecciones aparentes, porque en el fondo es un devolverles la vida para volver, regresar al pasado, al mundo de los sufrimientos, de las enfermedades, de las contradicciones, de las luchas. No, la verdadera resurrección es un romper el tabú y el enigma de la muerte para una vida en plenitud, para una vida gozosa, para una vida que no tiene final.
Pero detallemos un poco más este texto evangélico que cuando nos habla de “consolar la enfermedad y de la resurrección”, podemos desvelar intenciones más profundas.
Aquí Jesús habla como un profeta, pero no en el sentido tradicional, como siempre lo hemos conocido. Aquel que transmite la Palabra de Dios, sino en un sentido más profundo, Jesús es el profeta que transforma la vida. Jesús no viene simplemente a anunciar el Reino de Dios con palabras, sino a realizarlo con la propia Resurrección, que quiere de alguna manera prefigurar en el hijo de la viuda de Naín. De alguna forma, en esta “resurrección” lo repetimos porque es devolver al chico a la vida terrenal, se puede descubrir el misterio de la vida y nos muestra que Jesús, lejos de destruir la existencia con la muerte, como lo hace satanás, viene a renovar la vida, a sacar al hombre de una existencia mohína, cansada, absurda, a veces llena de sinsentido y de vacíos, y a mostrarle el auténtico sentido de la existencia. Jesús, dándole la vida al hijo de la viuda de Naín, se quiere mostrar como un verdadero signo que anticipa el signo definitivo que ha de venir.
De este texto podríamos concluir claramente dos enseñanzas para nuestra vida. Allí donde se tiene compasión como Jesús sintió compasión y piedad de la mujer viuda, cuyo único hijo había fallecido, allí Dios se hace presente, porque el amor vivificante, el amor es por excelencia una fuerza que da vida, que renueva la existencia.
Pero podríamos sacar una segunda conclusión y es que Jesús al nosotros seguir el gesto de Él de ofrecer nuestra compasión a los demás, allí precisamente se opera Pascua, se opera nueva vida, una fuerza transformante más allá de la muerte espiritual, la muerte emocional, la muerte afectiva, la muerte espiritual e interior que muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo tienen. Cuando tú y yo a la manera de Jesús, sentimos compasión y queremos imitar ese ejemplo de Jesús practicando la compasión y la piedad con los demás, allí construimos vida nueva y somos fuerza de resurrección para los demás.
En una sociedad de solitarios, en una cultura tan materialista que ha sacado a Dios de la vida cotidiana, en unas familias disfuncionales donde la soledad es una constante en nuestra vida, aprendamos a tener los sentimientos de Cristo y a reconocer que la compasión, la piedad, la que Jesús sintió por esta mujer viuda que llevaba a enterrar a su único hijo, esa compasión nos mueve a entregar vida y a renovar existencialmente un mundo que se encuentra muerto por el vacío de Dios en sus corazones.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.