¡Déjala todavía este año!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 13, 1-9 Lecturas del día de hoy: Primera Lectura Ef 4,7-16: Cristo es la cabeza; de él todo el cuerpo se procura el crecimiento. Hermanos: A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres». El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra y el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo del día de hoy Salmo (122 )121, 1-2.3-4a.4b-5: Vamos alegres a la casa del Señor. Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor.» Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Vamos alegres a la casa del Señor. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor. Vamos alegres a la casa del Señor. Según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia en el palacio de David. Vamos alegres a la casa del Señor. Evangelio del día de hoy Lc 13,1-9: Si no os convertís todos pereceréis de la misma manera. En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Continuamos con la lectura de la carta del apóstol san Pablo a los efesios, donde él señala: “Que a cada uno de nosotros se nos ha dado la gracia de Dios, según el don de Cristo”, y distinguirá: “Que unos han sido constituidos apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores, y finalmente otros doctores y que esta distinción de carismas y de misión dentro del Cuerpo de la Iglesia, nos ayuda a la santificación y nos invita a caminar hasta llegar a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, hasta llegar a la estatura del hombre perfecto, a la estatura de Cristo en su plenitud”. Hoy, a partir de este texto de Pablo a los efesios, tú y yo preguntémonos ¿si somos mejores seres humanos que hace un año, que hace cinco años?, o ¿tal vez hemos crecido económica y patrimonialmente, intelectual y formativamente?, ¿hemos crecido en conocimientos por viajes y demás, pero hemos crecido en la experiencia de la vida nueva que nos da Jesús? En lo personal y es una confesión pública que hago frente a todos ustedes, tal vez el paso de los años (casi 31 de ministerio sacerdotal) me lleva simplemente a lamentarme de una sola cosa, no haber conocido más tempranamente a Cristo, en la profundidad, la riqueza, la luminosidad de su misterio divino que es capaz de responder a todos los grandes interrogantes y cuestiones de la vida humana. Soy un convencido total, que el evangelio tiene respuestas para todas las grandes preguntas humanas y que nosotros, quizás por ignorancia, no somos capaces de percibir, reconocer y apropiarnos de toda la luz, toda la sabiduría que hay en la Persona Divina de Jesús, evangelio encarnado, evangelio viviente, y como si lo conociéramos y, sobre todo, si lo viviéramos mejor a Él en la vida, tendríamos más sabiduría, más paz, menos sufrimientos, menos preocupaciones. Pero pasemos al evangelio de hoy, donde dos acontecimientos impactaron profundamente a la sociedad contemporánea de Jesús. Nos habla de un grupo de galileos que habían sido asesinados y cuya sangre humana se había mezclado con la sangre de los sacrificios rituales de animales, a la gente le parecía esto horroroso, el corrupto Pilatos lo había realizado. Jesús, ante el escándalo que este acontecimiento suscitaba entre los suyos, les dijo: “Que esta mala suerte, esta desventura de estos galileos, no se había dado porque ellos fueran más pecadores que el resto de habitantes de Galilea, sino porque en realidad iba a pasar en su vida, y hace una advertencia, si no nos convertimos cada uno de nosotros, igual suerte vamos a correr, de igual manera vamos a perecer”. Pero ya luego no se ubica a Jesús en Galilea, sino que habla del pequeño pueblo de Siloé y también de un accidente que impactó profundamente a los suyos hace 2000 años, cuando una torre, un edificio que estaban construyendo, cayó sobre 18 hombres y los mató. Y Jesús aclarará a sus oyentes, ¿ustedes creen que estos hombres, (según la mentalidad judía), tuvieron tan mal destino, una suerte tan trágica por ser malvados?, “les digo que ellos no eran más culpables que el resto de habitantes de Jerusalén” (donde se ubicaba Siloé). Y hará nuevamente la afirmación: “Si ustedes no se convierten de corazón, todos perecerán de la misma manera”. Hoy nos hace una advertencia primera el evangelio donde nos dice: “Que el hombre que no cambia su vida a Cristo, que endurece su corazón y vive de espaldas a Dios y a su mensaje, perecerá como aquellos galileos cuya sangre se fundió con la sangre de los animales ofrecidos ritualmente en sacrificio, o moriremos aplastados como aquellos trabajadores de la torre de Siloé cuando se vino abajo y los mató a todos”. Esto nos muestra una verdad suprema, que el tiempo presente no el de hace 2000 años, sino el de hoy también, es un tiempo marcado por catástrofes, por desgracias como señal del dominio del pecado en el mundo y como señal del dominio del pecado en el corazón humano. Pero viene una segunda parte del evangelio que nos llena de esperanza y es reconocer que más allá de este tiempo de conversión o de invitación a la conversión para todos, para un cambio radical en la orientación de nuestra propia existencia, es también un tiempo de gracia y de esperanza. Si bien nos ronda el castigo definitivo, el perecer como los galileos, o ser aplastados como aquellos trabajadores de la torre de Siloé, el Señor no deja de buscar con solicitud y ternura infinita, el cambio de nuestra vida. De hecho, en la segunda parte del evangelio de hoy, Jesús presenta la parábola de un viñedo donde está cultivada una higuera, y cuando un hombre va a buscar frutos, esto es, higos dulces y sabrosos en la higuera, va un año y otro año y un tercer año en la época de cosechas, buscando el fruto de la higuera, se llena de impaciencia y con falta de misericordia dice al dueño de la viña que es Dios: “Corta esa higuera estéril” ¿para qué va a perjudicar el terreno?, ¿para qué va a ocupar espacio en el viñedo? Pero oigan el final del evangelio de hoy, cuando el viñador, dueño del viñedo de la finca, imagen de la presencia de Dios, le dice: “Déjala todavía este año un poco más, yo cavaré alrededor, le echaré abono a ver si da fruto para el próximo año, para la próxima cosecha, si no, la podrás cortar”. Aparecen pues, en el evangelio de hoy, dos realidades distintas: el verbo perecer que nos habla de ser destruidos, de perder la batalla, de estar perdidos en la vida, de ser deslizados hacia la muerte eterna, privados de toda esperanza, ese es el verbo perecer, si no nos convertimos. Pero al mismo tiempo está la palabra llena de esperanza y de ternura, cuando el viñador pide un año más de prórroga para aquella higuera estéril. En el fondo quiere tener esperanza, misericordia, paciencia, esperando la conversión del ser humano, y si pasado, ya no uno, ni dos, ni tres, sino en un cuarto año, abonando, cavando la higuera, echándole tierra buena con abono, con estiércol, si no da frutos, entonces sí que sea cortada. Hoy reconoce que la higuera eres tú, la higuera soy yo, la higuera somos todos, que la vida se nos ha dado para dar frutos y que el buen Dios a veces se cansa de que pase 1, 2, 3 años, pase el tiempo en nuestra vida y no demos frutos, entretenidos, dispersos, distraídos en mil asuntos del mundo y siempre de espaldas a Dios. Pero no termina la misericordia de Dios, sino que se nos concede un tiempo adicional, ese cuarto año para fructificar; se pide un día, un tiempo más, un plazo de misericordia que no se agote todavía, abonar esa higuera, y sólo al final y nada más que al final, si después de luchar hasta el final, tú y yo, higueras, no somos fecundas, sino que nos quedamos estériles, entonces si seremos cortados y arrancados de raíz. ¡Qué dilema, qué exigencia para nuestra vida! Que el Señor te bendiga abundantemente en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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