¡Paciencia y perseverancia en la fe!

Abstract

REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Marcos 6, 53-56 En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos, terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, algunos lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

Description

TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES En un corto pasaje el evangelista san Marcos, nos muestra una de las tantas travesías, itinerarios que hacía Jesús de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, cumpliendo su misión de anunciar el Reino de Dios, el reino de justicia y de amor y de corroborar, ratificar ese reinado de Dios, con múltiples y numerosas sanaciones de los enfermos y con el poder de exorcizar, liberación del mal a los pecadores. En esta ocasión el evangelista san Marcos nos habla, de una travesía de Jesús con sus discípulos que tocan tierra en Genesaret. Nos dice el evangelista que allí le llevaban los enfermos en camillas y en los caseríos o pueblos adonde arrimaban, colocaban a todos los enfermos en las plazas públicas y simplemente le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto, y por la fe que tenían, todos quedaban sanados. Es un dato incontrastable en el evangelio, que la fe tiene una fuerza sanadora, como lo hemos repetido en evangelios anteriores, y es una sanación integral, no sólo del cuerpo, no sólo del psiquismo, sino del espíritu, ser sanados del mayor virus que hay en la vida, el pecado personal. Pero de esta fe que es don de Dios y piedra angular de todo el edificio espiritual, de todo el edificio religioso, de todo ser humano, descubramos tres verdades. La primera, la fe, don de Dios necesita ser fortalecida, ser purificada. Y la fe no se fortalece, no se purifica sino en las pruebas, en las adversidades, en las contradicciones y en los dolores y sufrimientos que la vida nos presenta. Es que es muy fácil creer cuando la vida te sonríe, cuando el carro de tu existencia va sobre autopista y de bajada; no es tan fácil creer, cuando entras a carretera destapada, se pincha una llanta en el carro de tu vida o simplemente estás cuesta arriba. Esa fe don de Dios que hay que pedir, recuérdalo, es fortalecida y purificada en las pruebas y nunca reniegues de ella, sino descubre, que precisamente esas pruebas fortalecen, decantan, purifican tu fe. Pero hay una segunda verdad, la fe necesita ser madurada pacientemente en muchas situaciones donde no encontramos sino el silencio de Dios. Ante una pregunta universal que todo hombre, toda mujer se hace en momentos de sufrimiento: ¿por qué me ha tocado vivir esto?, tienes que cambiar la pregunta y decir, ¿para qué me ha tocado vivir esto?, ¿Cuál es el propósito de Dios?, ¿Cuál es la enseñanza que debo de aprender?, ¿Qué tengo que sacar de positivo para mi vida? No dejarme amilanar, no dejarme apabullar, y por más que experimente el doloroso silencio de Dios, es descubrir, como en un día nublado, que, aunque las nubes no me permitan ver el tibio sol de la mañana, allí está señalando que hay día, que hay presencia del Dios, del sol de la vida en mi historia. Esta fe necesita ser madurada en la paciencia, la que muchos dicen tener, pero a la hora de una prueba en el tiempo se quebranta, flaquea. Paciencia es la capacidad de conservar la paz, (paz – ciencia) conservar la paz, más allá de una enfermedad, de una situación económica o moral difícil, que permanece en el tiempo y ante el silencio de Dios. Finalmente, hay una tercera palabra y es que necesitamos que la fe sea perseverante y confiada hasta el final de la vida, hasta la muerte. Me habrán escuchado muchas veces esta expresión: “iniciar en los caminos de Dios es de todos, perseverar en los caminos de Dios es de pocos, terminar hasta la muerte en los caminos de Dios, es de santos”. Es que en mis años de sacerdocio y de búsqueda de Dios he descubierto, que muchos inician, pocos perseveran y más pocos aún terminan su vida batallando con la fe y buscando el rostro de Dios, esa es la aventura, y si se quiere, ese es el drama de la fe. Nos dice por ejemplo, el texto del antiguo testamento del Éxodo, que Moisés, por más que a lo largo de 40 años condujo al pueblo, su pueblo Israel, hacia la tierra de la promesa Canaán, no la alcanzó a pisar, sino que a distancia, desde la colina del monte Nebo, saludó la tierra prometida, aquella que poéticamente decían: “Mana, leche y maná miel”. La fe es vivir de las promesas de Dios, aunque no alcancemos a ver cumplidas todas ellas en nuestra vida. La fe es una confianza incondicional, inquebrantable, en el amor de Dios que no falla, que no se ausenta, que es eterno, que es misericordioso, que siempre acompaña, que nunca defrauda. Hoy pidamos esa gracia, tener una fe purificada más allá de las pruebas, una fe madurada pacientemente y una fe perseverante y confiada hasta el final mismo de nuestra vida. Que el Señor, que es rico en bendiciones y no falla en sus promesas, te bendiga en este día abundantemente, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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