¡EL evangelio es locura para el mundo!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Marcos 3, 20-21 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: 2S 1,1-4.11-12.19.23-27: ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate! En aquellos días, al volver de su victoria sobre los amalecitas, David se detuvo dos días en Sicelag. Al tercer día de la muerte de Saúl, llegó uno del ejército con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza; cuando llegó, cayó a tierra, postrándose ante David. David le preguntó: -¿De dónde vienes? Respondió: -Me he escapado del campamento israelita. David dijo: -¿Qué ha ocurrido? Cuéntame. Él respondió: -Pues que la tropa ha huido de la batalla y ha habido muchas bajas entre la tropa, y muchos muertos, y hasta han muerto Saúl y su hijo Jonatán. Entonces David agarró sus vestiduras y las rasgó, y sus acompañantes hicieron lo mismo. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta el atardecer por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor, por la casa de Israel, porque habían muerto a espada. Y dijo David: «¡Ay, la flor de Israel, herida en tus alturas! ¡Cómo cayeron los valientes! Saúl y Jonatán, mis amigos queridos: ni vida ni muerte los pudo separar; más rápidos que águilas, más bravos que leones. Muchachas de Israel, llorad por Saúl, que os vestía de púrpura y de joyas, que enjoyaba con oro vuestros vestidos. ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate! ¡Jonatán, herido en tus alturas! ¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío! ¡Ay, cómo te quería! Tu amor era para mí más maravilloso que el amor de mujeres. ¡Cómo cayeron los valientes, los rayos de la guerra perecieron!» Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo (80)79, 2-3.5-7 Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño; tú que te sientas sobre querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés. Despierta tu poder y ven a salvarnos. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Señor Dios de los Ejércitos, ¿hasta cuándo estarás airado mientras tu pueblo te suplica? Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Les diste a comer llanto, a beber lágrimas a tragos; nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Evangelio de hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 3, 20-21: En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Es muy común que los hombres de Dios, vivan grandes incomprensiones. El pasaje evangélico de hoy, si bien es muy corto, es muy diciente. La familia de Jesús le buscaba, porque tenían la idea de que Él no estaba en sus cabales y querían llevárselo para su casa, alejándolo del grupo de sus discípulos y de las multitudes de personas que buscaban a Jesús, para escuchar sus enseñanzas y para ser sanados por Él. Le apretaban de tal manera la vida, que nos dice el evangelista que no le dejaban ni espacio para comer. Pero detengámonos en ese detalle, cómo la familia de Jesús no le comprendía en su misión, en su tarea mesiánica; esto no fue solamente de la familia de Jesús, sus discípulos en vida de Jesucristo tampoco le comprendieron. Reconocemos como Santiago y Juan, hermanos, buscaban los primeros lugares cuando Jesús fuera rey; reconocemos cómo el apóstol Pedro se escandalizó, de que Jesús pudiera sufrir, por eso le decía: “Eso a ti, Maestro, no te puede pasar”. Jesús, reconociendo que Pedro no le comprendía, le reprende fuertemente, y le dice: “Apártate de mí, satanás, que piensas como los hombres, no como Dios; me quieres hacer tropezar y alejarme de la misión que mi Padre Dios me ha encomendado de salvar a los hombres”. Muchas personas en nuestro tiempo buscando hacer el bien, buscando entregar su vida en un servicio radical a los demás, son incomprendidas por los suyos, a veces por la propia familia, y son objeto de burlas por los más cercanos, por los amigos. Hoy reconocemos la historia también, en la primera lectura que hemos venido conociendo a lo largo de estos días, cuando el rey Saúl persiguió encarnizadamente al joven David. Hoy nos presenta este segundo libro de Samuel, ya a David como rey, y cuando le cuentan que los amalecitas, en el fragor de la batalla, han matado al rey Saúl y a su hijo Jonatán, el dolor no puede ser más grande en David, recordando la lealtad por su rey, por quien había defendido precisamente de los filisteos, y recordando la inmensa y profunda amistad que le había unido con el joven Jonatán. La expresión de David, después de rasgarse las vestiduras junto con sus compañeros de palacio, en un gesto muy penitencial, es la de llorar, ayunar y hacer duelo por el rey Saúl y por su hijo Jonatán, dirá: “Hay, la flor de Israel herida en tus alturas, ¡cómo cayeron los valientes!, Saúl y Jonatán mis amigos queridos, ni vida ni muerte los pudo separar. Más ágiles que águilas, más bravos que leones en batalla; cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío, ¡ay!, cómo te quería, hermano mío. Tu amor era para mí más maravilloso que el amor de las mujeres. ¡Cómo cayeron los valientes!, cómo los rayos de la guerra perecieron”. Nos muestra este pasaje evangélico, el valor de la amistad y más allá de las incomprensiones, la grandeza de alma, la grandeza humana y espiritual del rey David, que llora a quien muchas veces lo persiguió en su vida, el antiguo rey Saúl, y llora su gran, fiel y entrañable amigo Jonatán. Hoy pidamos la gracia de ser grandes espiritualmente, de ser grandes humanamente, más allá de incomprensiones que encontremos en amigos o en la propia familia. Señor, no dejes, no permitas que me desanime en mi misión diaria de hacer el bien, de practicar la justicia y la misericordia con los míos. Señor, que como cristiano reconozca que estoy llamado a ser, sal de la tierra, luz del mundo, levadura en la masa, para las gentes de nuestra sociedad. Amén. Que el Señor te bendiga abundantemente en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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