¡Leprosos de Hoy!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-01-21T20:12:14Z
dc.date.available2025-01-21T20:12:14Z
dc.date.issued2025-01-10
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES La primera lectura que estamos leyendo por estos días, la trae la primera carta del apóstol san Juan. En efecto, nos dirá el evangelista y apóstol teólogo: “Al mundo no lo vence sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. En otras palabras, no significa que la fe en Jesús nos ayuda a superar y a triunfar sobre todo tipo de tentaciones, desánimos y pruebas que vivamos o mejor, padezcamos en la vida. De hecho, afirmará: “Que los santos por la fe vencieron y alcanzaron la vida plena con Dios”. Cuando miramos con algún detenimiento la biografía, la historia de aquellos que llamamos los santos de Dios en la Iglesia, reconocemos ante todo que fueron batalladores, incansables luchadores desde la fe, la esperanza y el amor, contra mil motivos para el desánimo, porque padecieron ingratitudes, engaños, traiciones, abandonos, decepciones humanas. Pero su fe en el Señor los llevó a vencer no solamente sobre el mal de los demás, sobre el mal que hay en el mundo, sino incluso sobre el mal que podía haber en ellos. Pero continúa el apóstol Juan en su primera carta, hablándonos de la vida nueva que él llama vida eterna, y que no habla de vida en el tiempo, sino una vida en plenitud. Dice: “Esa vida nueva la recibimos sólo del Padre de los cielos por la donación del Espíritu Santo, el agua y la sangre de su Hijo en la cruz”. Y señalará a estos tres elementos, el Espíritu Santo, el agua y la sangre, como los testigos o aquellos que dan testimonio de la vida nueva en Dios, que recibimos ahora en los tiempos de la Iglesia, sobre todo a través de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Por eso reconoce que no es simplemente una ritualidad social cuando bautizas a un hijo, sino que es el agua y el Espíritu de Dios quien lo hace participar de la vida divina, y que en la Eucaristía verdaderamente participamos del sacrificio de la entrega de Cristo, su vida donada, su sangre derramada por cada uno de nosotros. Y esta triple realidad del Espíritu, del agua y de la sangre, contenida en todos los sacramentos de la Iglesia, pero especialmente en el Bautismo y la Eucaristía, nos llevan a la experiencia de una vida nueva que jamás habíamos conocido, ni conoceremos dentro de las coordenadas o experiencias simplemente humanas. Pero pasemos al evangelio de hoy, donde se nos presenta a partir de Lucas la curación de un leproso por parte de Jesús, y descubramos momentos centrales en este proceso de sanación de las llagas, sanación de las heridas en la piel del leproso e identifiquémonos con este personaje evangélico, porque si bien no tenemos la lepra como enfermedad, podemos manejar múltiples heridas en el alma, tanto más dolorosas cuanto menos conscientes seamos de que estamos heridos en nuestra historia familiar, en nuestra historia personal, en nuestra historia social. Estos momentos centrales de la curación del leproso los podemos dividir en varios momentos. El primero, la humildad de corazón del leproso y la total confianza de él en Jesús, cuando el evangelio nos dice: “Que el hombre enfermo se postró, se puso rostro en tierra ante Jesús y le rogó, si tú quieres, si es tu voluntad, puedes sanarme, puedes limpiarme”. Que esa humildad de corazón y esa total confianza en el Señor, sea un distintivo en nuestra vida a la hora de buscar ser sanados interiormente. Pero en un segundo momento encontramos el encuentro personal de Cristo y el hombre, cuando Jesús extiende la mano y estaba tan cerca de él que el evangelista nos dice: “Que lo tocó cuando era prohibido por la ley mosaica y era una violación a las leyes rituales”. Jesús de hecho, según esto, hubiera quedado impuro, pero su libertad interior y su amor y compasión por el sufrimiento del leproso le hace superar estas leyes rituales que de alguna manera consideraba absurdas. Lo más importante es el encuentro personal, el cara a cara, hasta el punto de sentirnos tan cercanos que experimentamos la mano de Jesús, ser tocados por Él, entrar en contacto personal con Él. Pero en un tercer momento encontramos la compasión de Cristo y el deseo de sanar a este hombre cuando ante su súplica humilde: “Si tú quieres, puedes sanarme”. Jesús, lleno de misericordia le dice: “Sí, quiero que quedes limpio de las llagas de tu lepra”. Y nos dirá el evangelista: “Que enseguida quedó limpio de la lepra”. Nos muestra esto a Jesús compasivo, y hoy con grande confianza cuando sientas dolores profundos en tu vida, cuando pierda sentido tu existencia, cuando a veces quieres tirar la toalla y no seguir luchando, clama al corazón compasivo de Cristo y encontrarás respuestas para tu vida. Pero Lucas, en su evangelio en un cuarto momento, nos muestra cómo Jesús es obediente a la ley de Moisés, pidiendo discreción al sanado y le dice: “Ve a presentarte al sacerdote y según lo que manda la ley, ofrece ritualmente por esta purificación”. Es que el leproso había vivido una triple exclusión, había salido de su familia, había salido de su comunidad y había salido de la sinagoga. Y esta triple exclusión familiar, social y religiosa necesitaba de la autoridad del sacerdote de la época para ser reinsertado, nuevamente vinculado en esa triple comunidad de la familia, de los amigos y de la comunidad religiosa. Jesús le pide simplemente prudencia: “No se lo digas a nadie”, pero en un quinto momento encontramos que el leproso, desobedeciendo a Jesús, quizás lleno de emoción y de gratitud, comunica a todo el mundo que ha sido sanado que lo que nadie podía creer, que lo impensable humanamente, la curación de la lepra que se creía que era imposible de ser sanada, Jesús la ha llevado a cabo. Nos dirá el evangelista Lucas: “Que llevaban a muchos enfermos a presencia de Jesús”. Y concluirá el evangelio con un sexto momento, cuando nos dice: “Que Jesús, después de una jornada intensa de sanar enfermos, de anunciar el Reino, se retira a un lugar despoblado para orar”, y es un distintivo de su vida. Es su profunda relación de amor, de intimidad con el Padre Dios en la oración de cada día y sobre todo de cada noche (según nos dicen los evangelios), la fuerza que recibe Jesús para hablar y predicar el Reino de los cielos con unción, con autoridad y para sanar enfermos y a este leproso también con autoridad. Concluyamos preguntándonos ¿qué heridas hay hoy en mi vida personal?: ¿me identifico con las llagas que tenía este pobre desgraciado hace 2000 años?, ¿hay heridas en mi historia personal, familiar, laboral?, ¿he sentido experiencias de desamor, abandono, ingratitud, engaño o traición? ¿Me he sentido usado a conveniencia, utilizado maliciosamente en la vida laboral?, ¿me he sentido menos reconocido en mi familia?, ¿cargo con taras de mi infancia, de la adolescencia, la juventud, la adultez? ¿Hay en mí culpas, miedos, manejo ansiedades sobre el futuro, depresiones sobre el pasado? ¿Confío realmente en que Jesús puede sanar mi existencia?, ¿creo verdaderamente en el poder de su Palabra, en sus promesas de vida abundante, de salud y sanación? ¿Creo verdaderamente como bautizado, como miembro de la Iglesia Católica en el poder de los sacramentos?, el mismo Bautismo, la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación o Confesión de los pecados, la unción de los enfermos. Hoy dile al Señor, que crees en el poder redentor de Él, por la fuerza de su Muerte y Resurrección, de la cual el Espíritu, el agua y la sangre son testigos, dile que crees por la fe en Jesús, que Él es el Señor que vence al mundo. Y con la humildad del leproso del evangelio de hoy, dile postrado rostro en tierra ante Jesús, dile, Señor, si tú quieres, si es tu voluntad, puedes sanarme de las heridas que hay en mi vida. Bendícenos, Señor, a todos en este día con la fuerza de tu amor y tu bendición. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 5, 12-16 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: de la primera carta del apóstol San Juan 5, 5-13 Queridos hermanos: ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad. Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: Dios ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Les he escrito estas cosas a los que creen en el Nombre del Hijo de Dios, para que se den cuenta de que tienen vida eterna. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 Glorifica al Señor, Jerusalén. Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión. Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Glorifica al Señor, Jerusalén. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su Mensaje a la tierra, y su Palabra corre veloz. Glorifica al Señor, Jerusalén. Anuncia su Palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. Glorifica al Señor, Jerusalén. Evangelio del día de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 5, 12-16 Sucedió que, estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida la lepra se le quitó. Y Él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». Se hablaba de Él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades. Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAmor
dc.subjectCompasión
dc.subjectConfianza
dc.subjectConfiar eternamente en Cristo
dc.subjectCorazón compasivo de Cristo
dc.subjectHumildad de corazón
dc.subjectLegalismos
dc.subjectLibertad
dc.subjectSan Lucas
dc.subjectSanación interior
dc.subjectSentido de la existencia
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡Leprosos de Hoy!
dc.title.alternativeJesús cura a un leproso

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