¡Hay vida, en dar vida!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 20,17-28 En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de Él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará». Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Pero Jesús replicó: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos». Él les dijo: «Mi cáliz lo beberán; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser primero entre ustedes, que sea su esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES La primera lectura tomada del profeta Jeremías, nos muestra la constante eterna del hombre de Dios que es incomprendido y en no pocas ocasiones perseguido. Jeremías reclama la misión ingrata que le ha tocado de anunciar a Dios y cómo se han ganado grandes enemigos que dicen entre sí: “Vengan, tramemos un plan contra Jeremías, porque supuestamente no faltará a la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni al oráculo del profeta. Vengan, vamos a hablar mal de Jeremías y no hagamos caso de sus oráculos y profecías”. Jeremías, un poco desalentado ante la persecución, clama a Dios y dice: “Hazme caso Señor, escucha lo que dicen mis perseguidores; ¿acaso se paga el bien con el mal?, pues me han cavado un sepulcro. Recuerda que estuve ante ti pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera de los que ahora me persiguen”. En esa misma línea entendemos, como el hombre bueno de todos los tiempos que ha querido realizar la justicia y vivir con rectitud, más allá de incomprensiones, de ingratitudes y de persecuciones, tiene que orar como el salmista diciendo: “Sálvame Señor, por tu misericordia, sácame de la red y de la trampa que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu, tú el Dios leal, no permitirás que muera y al contrario, me librarás. Y aunque escucho el cuchicheo de la gente y todo me da miedo, aunque se conjuran contra mí y traman quitarme la vida”, el hombre, el salmista confía en ti, Señor, y dice: “Tú eres mi Dios, en tus manos están mis azares, líbrame de mis enemigos que me persiguen”. Tanto esta primera lectura como el salmo, nos preparan para comprender mejor el evangelio de hoy, donde distinguimos tres momentos. El primero, donde Jesús dice al grupo de los 12 discípulos: “Que está de camino a Jerusalén en su vida en ascenso, y que Él va a vivir una pasión que escandalizará a todos sus discípulos y seguidores. Será entregado en manos de la autoridad religiosa de Jerusalén, (los sumos sacerdotes, los escribas), será condenado a muerte, entregado al pueblo gentil, se burlarán de Él, lo azotarán, lo crucificarán”, pero les da una voz de aliento: “Al tercer día resucitará”. Lo paradójico es que cuando Jesús hace uno de tres anuncios de su propia pasión dolorosa y de su propia forma de morir en la cruz, los Zebedeos, Santiago y Juan, (hijos de Zebedeo), están pensando de una manera distinta, y aun la madre de ellos, que pide que sus hijos se sienten cuando Él sea rey, en los puestos de honor a derecha e izquierda. Jesús, un poco desanimado por la incomprensión de los Zebedeos y de su madre, les dice: “No saben lo que piden, ¿acaso podrán asumir el destino de sufrimiento que Él va a vivir?, ¿beber el cáliz de amargura que va a beber?”, y aunque ellos, ingenuamente y sin calcular sus palabras, dicen: “Claro que podemos beber el cáliz que vas a beber”. Jesús les responderá: “Mi cáliz lo beberán, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda sitiales de honor, no me corresponde darlo a mí, sino mi Padre del cielo”; y al final lanza la más preclara enseñanza a propósito del poder humano, donde dice: “Que los poderosos de esta tierra oprimen y explotan a sus súbditos, pero que en la comunidad cristiana no debe de ser así, y que el que quiera ser el primero, el importante entre todos, que empiece por servirlos a todos y ser esclavo de ellos”. Y concluirá diciendo Jesús, una máxima evangélica que nunca podemos olvidar: “El Hijo del Hombre” habla Jesús de sí mismo, “No ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”. He aquí una de las grandes sabidurías evangélicas, que a veces no somos capaces de desentrañar, de descubrir, de interpretar: la vida es grande, no cuando la vivimos para que los demás nos sirvan, sino que la vida sólo es grande y tiene sentido, cuando servimos y entregamos la vida por los demás. Esto implica un verdadero giro copernicano, un cambio completo de mentalidad, un entender que la vida no es grande cuando la vivimos de manera narcisista, de forma ególatra y egoísta para nosotros mismos, porque ocurrirá que se cumplirá la máxima evangélica: “El que pretenda salvar su vida, la perderá”. Entendemos entonces, que sólo la vida se gana cuando se dona, cuando se entrega por los demás, en otras palabras, ¡sólo hay vida, cuando damos vida a los demás! Que el Señor te bendiga en abundancia en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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