¡Ven Espíritu Santo (Pentecostés)!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-06-19T23:19:14Z
dc.date.available2025-06-19T23:19:14Z
dc.date.issued2025-06-08
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Nunca entenderemos plenamente lo que aconteció en aquella mañana, primer día de la semana para los judíos, domingo, cuando sobre la hora de tercia 09:00 de la mañana, el Espíritu Divino en forma de lenguas de fuego descendió sobre el Colegio Apostólico, y María que los acompañaba cuando todos estaban en unidad, en fraternidad, cuando perseveraban en la oración, cuando leían la Palabra, cuando estaban con María y viene una efusión única que transformará para siempre sus vidas. Si bien el acta fundacional de la Iglesia se ubica en el costado abierto de Cristo, en Viernes Santo, se concreta y plenifica esta acción fundacional de la Iglesia Católica a lo largo de dos mil años, en esta efusión de vida nueva que llamamos Pentecostés. Con razón las lecturas nos invitan a pedir el Espíritu Divino y a clamar: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla, y renueva la faz de la tierra”. Con razón decimos bellamente en este himno milenario que leemos litúrgicamente como una secuencia entre la segunda lectura y el evangelio, invitamos al Espíritu Divino a que venga a nuestra vida y decimos: ¡Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido, luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo! Cómo se nos presenta el Espíritu Divino, como un don, como una luz, como una fuente de vida que es capaz de llenar nuestro corazón, de consolar nuestras tristezas y de penetrar lo profundo del corazón. Pero continuará este bellísimo himno diciendo: ¡Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos! Y también, de una manera misteriosa nos muestra: “Cómo el Espíritu Divino, es descanso en los momentos de fatiga, tregua en los duros trabajos de la vida, brisa en tiempo de calor y de fuego en el corazón, y gozo como alegría profunda que es capaz de secar las lágrimas y reconfortar en los duelos”. Y en un tercer momento se nos invita, a que este Espíritu Divino llegue a lo profundo del corazón y decimos: ¡Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos, mira el vacío del hombre cuando tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento! En el fondo, el autor de este bellísimo himno nos invita a reconocer el Espíritu como luz indeficiente, luz que no conoce ocaso, luz que no se apaga y que es capaz de llenar los vacíos profundos que hay en el alma humana. Como decía Agustín: “Nos creaste para ti y nuestro corazón andará inquieto hasta que no descanse en ti”. Pero también es el Espíritu Divino esa luz potente que es capaz de dominar el poder del pecado, que sólo es fuerte cuando sacamos la luz divina de nuestros corazones. Continuará este bello himno diciendo: ¡Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo! Cómo se nos presenta el Espíritu Divino como agua fresca, capaz de lavar las manchas del pecado, de regar la tierra seca de nuestro corazón, de sanar nuestra alma enferma, de infundir calor de vida, por más que nos sintamos gélidos, helados por dentro. Y en un quinto momento encontramos cómo el Espíritu se nos muestra como aquel Consolador que nos hace dóciles cuando dice: “Doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”. Es que reconocemos que muchas de nuestras acciones equivocadas en la vida han sido por pura rebeldía frente al proyecto amoroso de Dios en nosotros, y sólo cuando nos dejamos conducir dócilmente por el Espíritu Divino, es domado nuestro espíritu rebelde, indómito, y es enderezado el sendero torcido de nuestra vida. Avanzará este bello himno diciendo: ¡Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos, por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito! Y en el fondo es reconocer que el Espíritu Divino se manifiesta a través de dones que conocemos: sabiduría, conocimiento, ciencia, fortaleza, piedad de Dios, temor de Dios y consejo. Y nos damos cuenta de que no solamente nos habla a través de los dones, sino también de los frutos, y que hay tantos carismas, frutos del Espíritu Divino como personas existen en este mundo. Concluirá este bello himno diciéndonos: ¡Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno! Amén. Reconocemos que sólo hay salvación si abrimos nuestra vida en lo más profundo de nuestro ser al Espíritu de Dios y buscamos la salvación, y que el hombre por sí mismo es incompleto. Con razón decía un famoso teólogo por los años del Concilio, Edward Schillebeeckx: “Que el Espíritu Santo es la fiesta, la fantasía de Dios obrando de una manera inimaginable y maravillosa en nuestra vida”. Concluyamos nuestra reflexión diciendo siete acciones centrales del Espíritu en nuestra vida. La primera, Pentecostés nos llama a santificarnos. No en vano lo llamamos el Espíritu Santo y su labor primerísima es santificar nuestra vida, atendiendo el apotegma de Jesús: “Sean santos como mi Padre de los cielos es santo”. Una segunda acción fundamental del Espíritu es sanarnos de heridas generadas por el pecado, de heridas que no nos permiten avanzar en la vida. Jesús siempre imponía las manos comunicando el Espíritu sanador a ciegos, sordos, mudos, leprosos, paralíticos, tullidos, epilépticos y también imponía las manos para liberar del poder del mal, como actuando como exorcista. Hoy, si te sientes enfermo en este gran día de Pentecostés, pide para tu vida dos mil años después de aquel acontecimiento maravilloso, pide un Nuevo Pentecostés y dile al Señor: sáname de envidias, de miedos, de depresión, de egoísmo. Sáname del orgullo, de resentimientos, de rabia; sáname de vanidades, sáname de toda herida que ha dejado el pecado en mí y que me lleva a la vez a no dejar huella de amor en los demás, sino cicatriz de desamor en los demás. En una tercera forma en que el Espíritu actúa, Él es el unificador, el que nos lleva a la unidad plena. No habrá unidad en nosotros si no es por la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir con un solo corazón, una sola alma, y sabernos una sola familia en Dios. Qué bella expresión del Papa León cuando en el llamado Balcón de las Bendiciones, pide la unidad para el mundo. Y que hermoso es el lema pontificio: "In Illo uno unum", “En aquel que es uno, todos somos uno” (una famosa expresión de san Agustín). Cuando te sientes dividido en tu matrimonio, con tus hermanos, con los demás, es el espíritu del mundo, del demonio si se quiere, el que actúa en ti, porque el Espíritu de Dios siempre busca la unidad. En una cuarta acción reconocemos que el Espíritu es el iluminador, el guiador, el Maestro interior que nos lleva a la verdad completa. Cuando muchas veces sientes “Dios mío, Dios mío, cómo me he equivocado, cómo he lastimado personas, yo no sabía lo que hacía”. Pide la luz del Espíritu Santo para poder guiar de manera acertada tu existencia, en la luz, repito sin ocaso, la luz que no se apaga, la luz en tu interior que te conduce siempre por la verdad, por los caminos de la paz. En una quinta acción del Espíritu Santo se nos presenta como el consolador. ¿Cuántas veces te sientes desolado? Y como decía san Ignacio de Loyola: “La vida de los hombres transcurre entre las desolaciones del mundo y las consolaciones de Dios”. ¿Cuántas veces te has sentido desolada, desolado por la ingratitud, la traición, el engaño, el desamor, la indiferencia de personas importantes para tu vida? Busca en el consolador en medio de situaciones de soledad y desamparo, busca al Espíritu Santo consolador, que te levantará de tus caídas. En una sexta y penúltima acción del Espíritu Santo, Él es el intercesor, el Parakletos o Paráclito, que está a nuestro lado intercediendo con gemidos inefables, inexpresables con palabras, pidiendo para nosotros lo que más nos conviene en la vida. Espíritu intercesor solos no somos capaces de levantarnos ni de volar por nosotros mismos, solos no somos capaces de reconocer qué es lo que necesitamos verdaderamente en nuestra vida. En una séptima y última acción del Espíritu Santo, (sin que sean las únicas), Él se presenta como el Señor y dador de vida. Tiene señorío, poder sobre ti y es el portador de una vida nueva que te invito a que conozcas. ¿Cuántas veces en las predicaciones que me escuchas has escuchado de la vida nueva?, pero tú dices, ¿no le entiendo al padre Carlos lo que me dice con vida nueva? Y te diré, ábrete al Espíritu dador de vida y entenderás de qué te hablo. Nuestra vida sin Dios, sin el Espíritu de Cristo Resucitado, es una vida pobre, miserable, mutilada, mecánica, rutinaria, tediosa. Nuestra vida con el Espíritu Santo es una vida en novedad, en alegría, en plenitud, en gozo profundo, una vida transformada, una vida en plenitud. ¡Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo; Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo! Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego; gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. ¡Entra hasta el fondo del alma, divina luz enriquécenos, mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento! Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Juan 20, 19-23 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11: Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 104(103), 1ab.24ac.29bc-30.31.34 Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras; que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7.12-13: Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Secuencia Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20, 19-23: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectConsuelo de las tristezas
dc.subjectCorazón
dc.subjectDon
dc.subjectEfusión del Espíritu
dc.subjectEspíritu Santo
dc.subjectFuente de vida
dc.subjectLuz
dc.subjectSan juan
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡Ven Espíritu Santo (Pentecostés)!
dc.title.alternativePentecostés

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