¡EL Santo nombre de Jesús tiene poder!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Juan 1, 29-34
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: 1Jn 2, 29-3,6: Todo el que permanece en él no peca.
Queridos hermanos: Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 98(97), 1-2ab.3cd-4.5-6 (R.cf.3c)
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1, 29-34: Este es el Cordero de Dios.
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
-«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. me dijo: Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡El Santo nombre de Jesús tiene poder!
La primera Carta del apóstol san Juan en el capítulo 2 versículos 29 al capítulo 3, versículo 6, nos enseña “que Jesús por excelencia es el hombre justo en quien no hay engaño. El hombre de rectitud y trasparencia, de limpieza y pureza de corazón probada en quien nos podemos confiar totalmente y debemos de reconocer que todo el que obra la justicia y la verdad ha nacido espiritualmente de Jesús”.
“Pero el mundo, (dirá san Juan en esta primera Carta), no reconoce al cristiano, porque en el fondo no ha reconocido a Cristo como el único hombre Dios que ha venido a mostrarnos de manera perfecta, sabia y sin engaño, la verdad profunda sobre todo ser humano”.
Y concluirá esta primera Carta de Juan diciendo “que todo hombre, toda mujer que permanece en Cristo, que es la justicia y la verdad consumada, no peca, no hay error, no hay desviación, no hay engaño en su vida, en sus decisiones, en sus acciones; y que, por el contrario, todo el que cae en el pecado, que es engaño, que es enfermedad, que es herida, que es oscuridad, en el fondo peca porque no ha conocido verdaderamente del Señor Jesucristo”.
Una síntesis teológica hermosísima que nos muestra la hondura del apóstol Juan, aquel que estuvo tan cercano a Jesús en su corazón y tan cercano a Él en la hora definitiva de su Pasión y Muerte en la cruz.
Pero pasemos al evangelio también del mismo Juan, cuando, en palabras del Bautista presenta a Jesús “como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, recordando los antiguos corderos de Pascua que se sacrificaban en la Fiesta Nacional más importante para el pueblo de Israel y que recordaba la gran liberación como una gesta épica, heroica, grandiosa cuando después de 430 años de humillaciones, esclavitud y oprobios de la mano de Moisés, fueron liberados en esa noche magnífica, cuando comieron deprisa el cordero pascual. Y ahora Jesús se presenta como el nuevo Cordero que ya no libera sólo de la esclavitud del pueblo egipcio como en antaño, sino que libera de la más dolorosa esclavitud que hay en el corazón humano, que es la realidad del pecado, que es engaño, que es mentira, que es prisión, que es cárcel por donde se le mire.
Este cordero es un animal inocente, indefenso y tiene un doble sentido. Nos ayuda a entender que este Cordero de Dios purifica cada ser humano y expía la realidad del pecado que afecta a toda la humanidad. Esto ya no lo hará el animalito como tal, el cordero de Pascua o en la fiesta de Pascua que comían los judíos; sino que será el nuevo Cordero que es la Persona de Jesús que se ofrece, se ofrenda, se presenta de manera sacrificial y perfecta, entregando su vida y derramando su sangre para el perdón de nuestros pecados y para alcanzarnos la vida nueva, la salvación definitiva.
Hoy, la vida de cada uno de nosotros, como la del Cordero entregado por nuestros pecados, puede ser un acto de ofrenda amorosa por los demás y de entrega confiada en las manos de Dios. Hoy no temas recordar la expresión de Jesús a sus discípulos y vivirla cuando nos dice: “Los envío como corderos en medio de lobos”. Es que el cordero es indefenso, el cordero es inocente, el cordero es inmolado en una entrega sacrificial.
Estas tres palabras iniciadas por el prefijo in deben estar in de moda en este nuevo año. Reconocer que, más allá de nuestra inocencia, indefensión, estamos llamados a ser inmolados en una entrega de amor por los demás.
Pero hoy la Iglesia, además, recuerda el Santísimo Nombre de Jesús, la forma latina del griego “Iesús”, que es la transliteración del hebreo “Yeshúa ben Yosef, Jesús hijo de José, o de Yeshúa”, que significa “Yahvé es salvación, Dios salva”. Hoy es un día para recordar que el nombre de Jesús tiene poder y este nombre de Jesús comenzó su veneración en los primeros tiempos de la Iglesia, pero de manera más formal y oficial se instauró su fiesta hace más de 500 años o cerca de 500 años hacia el siglo XVI y concretamente en el año 1530.
Varios textos de la Escritura nos hablan sobre el poder del Santísimo Nombre de Jesús. En efecto, Mateo 1, 21 afirmará: “El ángel en sueños habló a José y le dijo le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Por su parte, la Carta de Pablo a los Filipenses 2, 10 dirá: “En el nombre poderoso de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo”. Y por su parte, la Carta de Pablo a los Romanos en el capítulo 10, 13 afirmará: “Invoquen el nombre del Señor Jesús, y se salvarán”.
El evangelista Juan en 16, 23 afirmará: “Si piden algo al Padre, en mi nombre se los dará”. Y Marcos, en el capítulo 9, versículos 38, 39, dirá: “Los demonios son expulsados por el nombre, por el poder del nombre de Jesús”.
Finalizaremos diciendo que Hechos de los Apóstoles 16, 18 afirmará: “Los creyentes creen que la invocación del nombre de Jesús proporciona protección reduciendo el mal de los hombres”.
Hoy también hacemos memoria a partir del nombre de Jesús, de lo que ha sido la llamada oración de Jesús u oración del corazón en el cristianismo de Oriente, cuando aprendieron los ascetas de la Iglesia naciente a decir, como el texto evangélico: “Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador. Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador”.
Practicada esta oración a la manera de una jaculatoria por la Iglesia Ortodoxa en Oriente, por los Eremitas Hesicastas, por los padres espirituales del desierto, y así consignado en el Libro o en la obra de la Filocalia, estiman como un método este de la oración del corazón para abrir la mente y limpiar el alma en una oración sin cesar, sin detenerse de la que nos habla y nos pide el apóstol san Pablo.
Hoy se ha comparado esa calidad meditativa de la oración de Jesús con el Santo Rosario, cuya repetición cadenciosa, rítmica, litanica, nos trae paz al corazón. Con la diferencia de que aquí dirigimos directamente nuestra plegaria al Señor Jesús y obras como El peregrino ruso de la literatura mística de Oriente, escrita por autor anónimo, se presenta esta expresión como una ascesis mental y espiritual para alcanzar la quietud del corazón, el silenciamiento y la paz del alma.
Hoy nuestro mundo tiene que rescatar, recuperar estas técnicas de la respiración rítmica, de inspirar y espirar, como hacían los monjes de los primeros siglos. Y en el mundo del ruido, de la tecnología, de la inteligencia artificial, de los compromisos, de la exterioridad, del pensamiento líquido, en la sociedad del cansancio tenemos que volver a recuperar la paz interior. Y aprende a decir ¡Señor Jesucristo!, inspirando con tu aire y luego expirando ¡Ten compasión de mí! Así, con la respiración inspiras, ¡Señor Jesucristo¡, o decir ¡Señor Jesús!, y espiras, ¡Ten compasión de mí!
Al inspirar, invitas al Señor Jesús a entrar en tu vida y al espirar le pides saliendo de ti como un gran deseo ¡Ten compasión de tu vida, ten compasión de mí en mi enfermedad, en mi vejez, en mi debilidad, en mi quiebra económica, en mi soledad, en mi fragilidad humana!
Son tres niveles de oración los que encontramos acá. El primero, la oración oral de recitación externa con los labios. Luego, una oración concentrada en las palabras pronunciadas con sentido: ¡Señor Jesús!, inspirando, ¡Ten compasión de mí!, expirando. Y luego vendrá la llamada oración del corazón, que no es algo que hacemos ya nosotros, sino que somos porque se hace un hábito interno orando, con una oración auto activa.
Sin darnos cuenta, automatizamos las palabras con poder de Jesús y las hacemos poder en nuestra vida. Que sea grande el nombre de Jesús, el Salvador.
Y con estos sentimientos te bendigo en este día, comienzo del Año Nuevo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.