¡La verdadera libertad!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 13, 10-17 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: de la carta del apóstol san Pablo a los romanos 8, 12-17 Hermanos: Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con Él para ser también con Él glorificados. Palabra de Dios, te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo (68)67, 2.4.6-7ab.20-21: Nuestro Dios es un Dios que salva. Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; en cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Nuestro Dios es un Dios que salva. Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece. Nuestro Dios es un Dios que salva. Bendito sea el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. Nuestro Dios es un Dios que salva. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13, 10-17 Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: -Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: -Seis días tenéis para trabajar: venid esos días a que os curen, y no los sábados. Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: -Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro, y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abraham, y que satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado? A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía. Palabra del Señor, gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡La verdadera libertad! Una de las más impresionantes cartas del apóstol san Pablo, donde se muestra toda la madurez teológica y espiritual, y si se quiere mística por la experiencia que tiene el apóstol de sentirse “hijo muy amado por adopción del buen Dios”, es sin lugar a duda la Carta a los Romanos. En este capítulo 8, Pablo afirmará: “Somos deudores pero no de la carne para vivir según la carne”. Cuántas veces hemos escuchado este texto, y sin embargo, no lo comprendemos plenamente. Vivir en la carne no es nada diferente, sino de vivir según nuestra naturaleza humana: los impulsos, los deseos, los apetitos, las ambiciones de nuestra naturaleza como hombres, como mujeres, cuando aún no se han abierto a la redención, no nos hemos abierto al Espíritu del Resucitado. Pablo afirmará: “Que si vivimos en la carne moriremos”. Y en el fondo es la comprobación a nuestro alrededor quizás en nuestra propia vida: vivir en la carne es ser esclavos de nuestros miedos, envidias, ambiciones económicas desmedidas, rabias, resentimientos y rencores, orgullos y vanidades frente a los hombres, orgullos y vanidades frente al mundo. Vivir en la carne es vivir de incapacidad para amar con libertad y con plenitud. Por eso nos lleva a la muerte el pecado, como dirá Pablo en otro pasaje: “La paga del pecado es la muerte”. Cuántas personas se sienten muertas en vida a pesar de que materialmente, humanamente parecen tener todo lo que el mundo les ofrece como supuesto camino de plenitud. Pero continuará el apóstol Pablo afirmando: “Si vivimos según el Espíritu que da muerte a las obras de la carne, vivirán”. Aquí está una de las más poderosas intuiciones y mensajes de toda la teología paulina, de todo el mensaje de san Pablo, ¡vivir en el Espíritu de Cristo Resucitado!, ¿acaso esto es posible? Claro que sí, para un hombre, para una mujer creyentes, abiertos plenamente en su corazón a Dios. Cuando sientes que el mundo no es capaz de llenarte, de darte plenitud de vida. Cuando sientes que a pesar de que en lo humano pareces tenerlo todo, pero te experimentas miserable como si no tuvieras nada verdaderamente valioso en tu vida, es el momento de explorar otro camino, el de la fe, el de los creyentes, y sentir que sólo cuando nos abrimos a la vida nueva, a una forma de existir distinta que nos ofrece Cristo Resucitado, habrá en nosotros paz y una paz profunda; habrá en cada uno libertad y una libertad interior que nunca habíamos conocido a lo largo de los años de nuestra existencia, habrá verdad y nos sentiremos con la sabiduría para juzgar, donde hay veracidad, donde hay engaño o apariencia en los hombres y en los mensajes del mundo, habrá gozo que es alegría interior, habrá amor en el corazón. Todos estos valores: paz, libertad, verdad, gozo o alegría interior y amor, hacen que en la vida haya plenitud. Es la vida de los santos, es la vida de algunos creyentes hombres y mujeres de a pie, que viven con una profunda alegría, un profundo gozo, que el mundo no logra comprender. A veces sin tener muchas cosas, muchos afectos se sienten dueños del mundo entero porque tienen a Dios en su corazón. Hoy te invito a que medites, a que reflexiones este precioso texto de la Carta del apóstol san Pablo en el capítulo 8, que nos invita a sentirnos hijos de Dios, herederos de su gloria, a superar los miedos a la muerte, miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo al qué dirán, miedos y falsos respetos humanos que nos roban la alegría de vivir. Hoy reconoce, que el Señor es grande, y lo prueba claramente en el evangelio, cuando con una inmensa libertad interior Jesús el Maestro, Jesús el hombre Dios el Mesías, le dirá a esta mujer que llevaba muchos años enferma “que queda liberada”, por encima de legalismos cultuales como la ley del sábado en la que supuestamente no se podía hacer nada y por la que le reclama el jefe de la sinagoga, un hombre que vivía en carne, que si bien aunque aparentemente era un hombre religioso jefe de la sinagoga, no había conocido verdaderamente de Dios. Jesús se presenta entonces como el hombre pacífico, el hombre libre frente a la ley absurda y ritual del sábado que impedía curar, un hombre que es capaz de amar, porque busca la sanación, el bien para esta mujer. Y un hombre que es capaz de encontrar la verdad, porque denuncia la hipocresía del jefe de la sinagoga, señalándole: “Acaso si en un día sábado si tiene un animal a su servicio, un buey o un burro en el establo, ¿no lo lleva a abrevar, a beber agua si está sediento?, cuánto más no vale un ser humano”. Hoy siente la alegría inmensa, la dignidad formidable de ser hija, hijo de Dios; con esto te digo, siente el gozo de heredar la paz, la libertad, la alegría interior, la verdad, el amor, que Jesús recibe del Padre Dios y que quiere que nosotros recibamos a través de Él y por el cual somos hijos adoptivos y hermanos en el hermano mayor que es Jesucristo. Esto es la vida cristiana y no solamente normas del derecho canónico, esta es la verdadera vida en Cristo, y no solo doctrina o dogma a veces muy rígido y a partir de definiciones, esta es la verdadera vida y no solamente la ritualidad o una liturgia estricta; esta es la verdadera vida cristiana, y no solamente una moral que a veces no alcanzamos a entender, porque no la asumimos ya que no tenemos el Espíritu del Resucitado y la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Bendícenos en este día y digamos con el Salmo: ¡Bendito sea el Señor que nos salva, que actúa en nosotros, que sana nuestras vidas y nos hace hombres y mujeres nuevos! Que el Señor te bendiga abundantemente en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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