¡He venido a sanar los enfermos!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Marcos 2, 13-17
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: 1S 9, 1-4.17-19;10,1a:
Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaj, benjaminita, de buena posición.
Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.
A su padre Quis se le habían extraviado unas burras; y dijo a su hijo Saúl:
-Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.
Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamín, y tampoco.
Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó:
-Ese es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.
Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo:
-Haga el favor de decirme dónde está la casa del vidente.
Samuel le respondió:
-Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas.
Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo:
-¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y le librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Sal 21(20), 2-3.4-5.6-7: (R. 2a)
Señor, el rey se alegra de tu fuerza.
¡Señor, el rey se alegra por su fuerza,
y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.
Señor, el rey se alegra de tu fuerza.
Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.
Señor, el rey se alegra de tu fuerza.
Tu victoria ha engrandecido su fama,
lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia.
Señor, el rey se alegra de tu fuerza.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 2, 13-17:
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de impuestos, y le dijo:
-«Sígueme.»
Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos:
-«¡De modo que come con publicanos y pecadores!»
Jesús lo oyó y les dijo:
-«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡He venido a sanar los enfermos!
La primera lectura tomada del Libro de Samuel en el capítulo 9 nos habla cómo Dios va conduciendo la historia de los grandes hombres a través de circunstancias y situaciones fortuitas y si se quiere, aún inesperadas. La ocasión de que algunas burras se le habían perdido a Quis y le dijo a su hijo Saúl: “Toma contigo a uno de los criados y vete a buscar las burras que se me habían perdido”.
Nos dice el primer Libro de Samuel que recorrieron las montañas de Efraín, la región de Salisá, luego fueron a tierra de Benjamín, y sólo cuando llegaron a la ciudad de Samuel, allí se toparon con el hombre de Dios, el profeta. Y Dios le dice a Samuel viendo a Saúl que había llegado de manera fortuita a esta ciudad, le dirá el Señor: “Este es el hombre de quien te he hablado, él va a ser quien va a gobernar mi pueblo”.
Samuel de alguna manera es vidente, alcanza a ser mensajero de Dios y toma la decisión por mandato divino de ungir al futuro rey de Israel, Saúl. De hecho, dice “que Samuel tomó el cuerno donde guardaba el aceite para los consagrados y los reyes, y lo derramó sobre la cabeza de Saúl y después de besarlo, le dice, el Señor te ha ungido como jefe de Israel, su pueblo. Tú reinarás sobre el pueblo del Señor, y lo librarás de los enemigos que lo rodean”.
Hoy, cuando tú y yo miramos nuestra vida en retrospectiva hacia el pasado, nos damos cuenta de cuántas circunstancias providenciales, situaciones de alguna manera puestas por Dios y para nosotros inimaginables que fueron conduciendo, fueron guiando, fueron llevando nuestra vida, nuestro rumbo, nuestro destino por caminos que quizás nunca habíamos imaginado.
Esto nos muestra cómo Dios obra de manera ordinaria en la historia de los pueblos, en la historia de las familias y en la historia personal, a través de circunstancias y situaciones. Y allí va escribiendo una historia de liberación, una historia de amor sobre la vida personal.
Pero pasemos al evangelio de hoy, donde encontramos a Jesús que al ver a Leví sentado al mostrador de impuestos, le dice de manera tajante: “Sígueme”. El hombre se levanta y lo sigue sin preguntar más. Y luego el evangelista Marcos nos ubica a Jesús sentado a la mesa, compartiendo de manera fraternal, compartiendo los alimentos y podríamos decir la vida con un grupo grande de publicanos y pecadores que se sentaron a la mesa con Jesús.
Para nosotros poco conocemos de lo que son los publicanos, pero en la tradición judía el publicano era un cobrador de impuestos para el imperio de Roma, que se consideraba un hombre impuro, pues desempeñaba un trabajo ilícito y por eso los publicanos eran considerados de manera especial grandes pecadores. Es más, se les tildaba como ladronzuelos y se les equiparaba con los delincuentes, los jugadores de azar que evaden o desconocen la ley y es precisamente a este publicano a quien Jesús le invita a seguirle.
Nosotros, en nuestra lógica humana, no podemos entender esto fácilmente. Y así aconteció precisamente con los fariseos que se sentían puros y con los escribas que se sentían expertos o peritos en el conocimiento y la interpretación de la ley religiosa en Israel. Y ellos, quizás con alguna autoridad o con algún criterio que consideraban sano, se preguntan por qué este Rabí, este Maestro, este profeta llamado Jesús, se sienta a compartir la mesa en unión y hermandad, en comunión de vida con unos permítanme la expresión miserables pecadores. Eso no lo entendían fácilmente los escribas y fariseos.
Aprendamos de este evangelio y de la respuesta final que da Jesús: “No he venido al sano, sino al enfermo; no he venido al puro, sino al pecador”. Aprendamos tres grandes enseñanzas para nuestra vida.
La primera, misteriosamente, y podríamos decir fascinantemente los pecadores se sienten atraídos por Jesús. De hecho, comparten muchos de ellos la mesa, los alimentos, la vida con la Persona divina de Jesús. Tal vez había algo en su espiritualidad, en su actitud compasiva, en su mirada sin juicios, en sus palabras fraternas y francas que hacía que los pecadores no se sintieran juzgados, no se sintieran señalados, no se sintieran condenados y por el contrario, se experimentaran acogidos, aceptados y amados.
Hoy, en el siglo XXI, tú y yo cuántas veces hemos sentido el rechazo, el señalamiento, la condena, el juicio severo de otras personas a veces con justicia y muchas veces con gran injusticia. Tal vez lo que más necesita nuestro mundo hoy son hombres y mujeres que, a ejemplo de Jesús, por su actitud compasiva y misericordiosa, tal vez no juzguen con severidad y dureza de los pecadores. Y tú y yo sentimos que experimentamos tranquilidad frente a Dios, porque nos sabemos amados, aceptados y perdonados, a diferencia de los hombres y mujeres que ante el pecado o la falta personal no perdonan, no aceptan y no nos aman.
Pero habría una segunda enseñanza a partir de este evangelio, y es que unos hombres, a partir del texto que nos presenta san Marcos, son conscientes de su pecado y se abren de corazón a la salvación, haciendo seguimiento y encuentro personal con Jesús acogidos en la mesa donde se preparan los alimentos y se comparte la vida. Por el contrario, fariseos y escribas no son conscientes de su pecado y por tanto, no se abren a la misericordia y a la salvación que ofrece Jesús, y por el contrario, con severidad miran y con dureza juzgan y condenan a aquellos comensales o compañeros de mesa, de alimentos con la Persona divina de Jesús.
A partir de esta enseñanza descubramos que mientras no nos experimentemos pecadores no buscaremos redención en nadie. Como me gusta repetir, cuando tengo hambre, busco pan. Cuando tengo sed, busco agua. Cuando me siento pecador y necesitado de redención busco al Redentor. Pero si tú, en tu engaño personal, en la autosuficiencia de tu vida, piensas que todo lo has hecho bien, que nunca te has equivocado, que en todo obras con justicia ¿cuándo vas a tener ocasión de buscar a Jesús Redentor, a Jesús Perdonador, a Jesús Salvador? Dirás en tu corazón como los fariseos y escribas de hace 2000 años: “Yo no necesito de nadie porque yo obro bien, yo no me equivoco”.
En una tercera enseñanza y final, descubramos cómo la misión de Jesús se centra fundamentalmente en aquellos enfermos y pecadores, y no en los sanos y en los puros. Y es que encontramos como una señal clara del Reino los milagros de sanación que hace Jesús sobre ciegos, sordomudos, epilépticos, tullidos, leprosos. Los milagros de exorcismo, de liberación sobre posesos, sobre el mal.
Pero encontramos, además de esta señal del Reino, la misericordia y la autoridad de Jesús, un hombre completamente compasivo, que nos invita con su actitud más que con sus palabras, a tener compasión con los demás. Y un hombre que habla con autoridad porque tiene al autor supremo de todo lo creado en su corazón, al Padre Dios.
Pero finalmente podríamos decir que Jesús sana la integridad del hombre, el cuerpo de enfermedades y sana el alma del pecado. Y esto es una anticipación del Reino de los cielos, el Reino de la justicia, del amor y de la paz que Jesús viene a anunciar y a instaurar entre los hombres.
Hoy pidamos que nuestra fe sea lo suficientemente fuerte y que, por el contrario, no sea obstáculo para abrirnos a la compasión, al perdón y a la sanación integral y profunda que sólo Jesucristo puede dar a nuestro corazón y a nuestros cuerpos enfermos.
Que el Señor nos bendiga a todos en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.