¡No Juzguen y no serán juzgados!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Lucas 6, 36 - 38
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con la que midan se les medirá a ustedes».
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
Vamos avanzando en firme y adentrándonos en este tiempo especialísimo de la Cuaresma. De la mano del profeta Daniel en el capítulo 9, primera lectura que hoy nos presenta la liturgia, se nos invita a reconocer que somos pecadores, que hemos cometido el mal y la iniquidad que Dios no quiere. En efecto, Daniel dirá: “Señor, Dios grande y temible, que guardas la alianza y el amor a los que te aman y observan tus mandamientos, y reconocerá, nosotros hemos pecado, hemos sido malos, hemos cometido iniquidades, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus leyes. No hemos hecho caso a los profetas, tus siervos, que hablaban a nuestros padres, reyes, príncipes y a todo el pueblo”. Y a renglón seguido el profeta Daniel reconoce sobre Dios: “Tuya, Señor es la justicia, y nuestra la vergüenza en el rostro que ahora soportan los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén y de todo Israel”. “Señor” ratificará el profeta Daniel: “La vergüenza es nuestra, de nuestros príncipes, de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti”.
Por eso, en esa misma línea teológica y espiritual, el salmo responsorial de la liturgia de este día, nos invita a unirnos como asamblea celebrativa, a decir: “No nos trates Señor como merecen nuestros pecados”, y dirá el salmista: “No recuerdes Señor contra nosotros las culpas de nuestros padres, que tu amor venga pronto a socorrernos porque estamos abatidos; para que sepan quién eres, socórrenos Dios y Salvador nuestro, para que sepan quién eres, sálvanos y perdona nuestros pecados”.
Y tanto esta primera lectura como el salmo responsorial de hoy, nos preparan para el impresionante, exigente y comprometedor evangelio que hoy nos presenta la liturgia de la Iglesia, contenido en el capítulo 6, del evangelista san Lucas. En efecto, Jesús, en un mensaje profundamente inspirado, dirigido en principio a sus discípulos, pero entiéndase, dirigido a toda la humanidad y especialmente hoy a nosotros 21 siglos después, aprendamos de él cuando Jesús dice en una primera afirmación: “Sean misericordiosos como su Padre del cielo es misericordioso”. Que expresión tan clara y contundente, cuánta misericordia falta en el corazón humano, no solo hoy, sino en las distintas épocas y estadios de la humanidad. Si fuéramos más misericordiosos, habría familias más unidas, matrimonios más integrados, menos violencia, más justicia social, mayor fraternidad humana; pero los efectos de esa falta de misericordia, lo descubrimos en los sufrimientos de la sociedad, de las familias y de las personas de hoy.
A renglón seguido en un segundo momento y como consecuencia de ser misericordiosos, Jesús pide a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados”.
Quién puede negar, que el juzgar, el criticar y el murmurar de los otros, se ha tornado deporte mundial, deporte olímpico. Juzgamos con las palabras con gran ligereza y juzgamos todavía más rápidamente con nuestros pensamientos; ¿a cuántas personas las hemos juzgado y señalado injustamente?, y ¿a cuántas más las hemos privado de nuestro cariño, de nuestro reconocimiento y amistad, simplemente por prevenciones, por prejuicios, por chismes, por lo que otros nos han dicho sobre ellos?.
Agregará el mensaje de Jesús en un tercer momento: “No condenen y no serán condenados”. Reconocemos que el ser humano no se queda solamente en juzgar de una persona, sino en condenarla en su corazón, en decirse interiormente, tú ya no vives más para mí, te maté psicológicamente, me eres completamente indiferente y no le vuelves a dar una oportunidad en tu vida afectiva a otro ser humano, porque lo has condenado en vida, has establecido una sentencia contra esta persona y no eres capaz de dar vuelta atrás. Llama la atención, cómo el ser humano funge fácilmente como juez de los demás, pero le aterra y se fastidia, cuando otros fungen como jueces de su propia vida juzgándonos a nosotros mismos. ¡Qué paradoja!, nos encanta ser jueces de los demás, pero nos aterra que otros sean jueces sobre nosotros.
Pero avanza la reflexión del evangelista Lucas y afirmará Jesús a sus discípulos: “Perdonen y serán perdonados”. Démonos cuenta de una gran verdad, sólo no seremos juzgados si no juzgamos, sólo no seremos condenados si no condenamos, y solo seremos perdonados si tenemos capacidad de perdonar a los demás. El perdón, que palabra tan corta y tan exigente; cómo muchos matrimonios se han acabado, porque los esposos entre sí fueron incapaces de perdonarse. Cuántas familias se han dividido, han entrado en rupturas por muchos años o incluso el resto de sus vidas, porque fueron incapaces de sanar ofensas y de perdonarse de corazón.
No puede ser el evangelio de hoy más contundente, cuando nos invita Jesús a la misericordia y a no juzgar, no condenar y a perdonar las ofensas ajenas.
Terminará este evangelio con una quinta proposición afirmando: “Den a los demás y se les dará, recibirán una medida remozada, rebosante”, y culminará el evangelio con una máxima que a todos nos pone a pensar: “La medida con que ustedes midan a los demás de misericordia o de dureza, con esa misma medida serán medidos por el Padre Dios”.
Qué conclusión más luminosa, pero también más exigente, y como nos compromete a nosotros a replantear nuestro horizonte existencial, cuando fácilmente clamamos de Dios su perdón y su misericordia, pero difícilmente damos a los demás nuestro perdón y prodigamos nuestra misericordia.
Que el Señor, que es rico en amor y compasión, bendiga tu vida, ilumine tu corazón y te guíe en este día, y te bendigo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.