Transformado en Hombre nuevo!
| dc.contributor.author | Fundación Amén Comunicaciones | |
| dc.date.accessioned | 2026-04-27T23:13:43Z | |
| dc.date.available | 2026-04-27T23:13:43Z | |
| dc.date.issued | 2026-04-24 | |
| dc.description | TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Transformado en Hombre Nuevo! Sin lugar a dudas, la más impresionante conversión a Cristo de todo el Nuevo Testamento es la del apóstol Pablo, narrada no solamente en el capítulo 9 del Libro de los Hechos o Actos de los Apóstoles, sino luego presentada por el mismo apóstol en los capítulos 22 y 26. Una vida pagana, una vida de hostilidad y persecución contra los llamados santos, o seguidores del nuevo camino que luego se les dirá cristianos. Y éste, el más afamado perseguidor de los cristianos, luego se vuelve en el más audaz anunciador y defensor de la fe en Cristo muerto y resucitado, sobre todo en el mundo gentil, en el mundo no judío. Pero encontramos varias etapas en esta conversión a Cristo de Saulo el apóstata, luego Pablo, el apóstol. Una primera dimensión de la conversión de Pablo es que Dios lo llama en medio de su cotidianidad camino a la ciudad de Damasco, en Siria, cuando había pedido autorización al sumo sacerdote para perseguir, encadenar y encarcelar a aquellos que se llamaban seguidores del nuevo camino, futuros cristianos. Porque Pablo, en ese momento Saulo, entendía que eran un peligro para la fe judía. En un segundo momento encontramos la visión que tiene Saulo de Jesús, el llamado divino, una luz celestial repentina que lo envuelve con su resplandor. Cae en tierra y una voz le dice de manera patente y clara: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él no es capaz de identificar el origen de la voz y de hecho pregunta ¿quién eres?, ¿qué voz es está?, ¿qué origen tienes? Y responde la voz divina: “Soy Jesús, a quien tú persigues”. Los compañeros de viaje a Damasco, en un tercer momento, se quedan mudos de asombro porque escuchan la voz, pero no ven a nadie. Y Saulo, que ha quedado ciego, incapaz para seguir viendo el mundo o la mirada puramente humana que tenía hasta ese momento, es acompañado por sus compañeros de camino hasta la ciudad de Damasco, donde un discípulo del Señor llamado Ananías será el instrumento de Dios que permita la recuperación del apóstol Pablo, antes Saulo el perseguidor. En un cuarto momento encontramos la objeción por demás muy lógica y muy humana, de Ananías, cuando le dirá al Señor: “Pero ¿cómo me pides que acompañe y sane a semejante perseguidor? He oído hablar de que ese individuo ha hecho mucho daño a todos tus santos en la ciudad de Jerusalén, y que aquí en Damasco tiene autorización de los sumos sacerdotes para encarcelar y apresar a todos los que invocan tu nombre”. Pero he aquí, en un quinto momento, que el Señor le responde a Ananías: “Anda, ve que ese hombre es instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y también a los hijos de Israel. Y yo le mostraré lo que tiene que sufrir por el anuncio de mi nombre”. Qué misterioso propósito de Dios servirse de un enconado y sanguinario perseguidor de la fe cristiana, para que luego se convierta en el más grande, el más ardiente, el más fogoso y ungido anunciador del Evangelio de Jesús. En un sexto momento nos dice como Ananías en casa, ya con Saulo, le impone las manos (un signo profundamente evangélico para transmitir, comunicar la fuerza del Espíritu Divino). Y luego se levanta Saulo para ser bautizado. Son dos signos claros, la conversión a Cristo, el renegar de la vida pasada, el que con dolor y arrepentimiento diga: “No vuelvo al mundo, no vuelvo a la vida del hombre viejo”. Y, por el contrario, se abre a Cristo y recibe el bautismo y con él la fuerza de la vida nueva, la fuerza del Espíritu Divino. Concluirá el relato de esta conversión de Pablo con una séptima dimensión. Y es que nos dice que después de que Pablo fue bautizado, se puso a anunciar en las sinagogas judías que Jesús es el Hijo de Dios. ¡Es que es imposible conocer a Jesús y no amarle, amar a Jesús y no seguirle!, como dice una clásica canción católica. Es imposible que después de haber experimentado la vida nueva de Cristo Resucitado, no seamos fogosos anunciadores de lo que el Señor ha hecho en nosotros. Con razón, el precioso salmo litúrgico de este día nos invita a repetir y aclamar como asamblea celebrante: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio. Alaben al Señor todas las naciones. Aclámenlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre”. Pero pasemos ya a los textos finales del capítulo 6 o Discurso del Pan de Vida en el evangelista Juan. Cuando algunos judíos, escuchando a Jesús “de que deben de comer su carne y beber su sangre para tener la vida divina, la vida nueva en ellos”, lo toman de manera literal y piensan que Jesús está hablando a la manera de un antropófago, de un caníbal que consume carne humana. Y se preguntarán ¿cómo puede darnos éste a comer su carne? Este será el inicio de la llamada crisis discipular, cuando varios de ellos, tomando a Jesús por un hombre loco, fuera de sus cabales, deciden abandonarlo y algunos huyen de Él. Y Jesús, quizá decepcionado y un poco dolido, les dirá a Pedro y a los suyos, ¿ustedes también me quieren abandonar? Pero Pedro le dirá en el final de este capítulo que no está relatado en el Evangelio de hoy. Le dirá: “Señor, ¿abandonarte, irnos, dejarte?; a ¿quién acudiremos? Sólo en ti encontramos palabras de vida eterna”. Pero volvamos al Evangelio de hoy, cuando Jesús, de manera autoritativa y cuando va a enunciar una verdad suprema, les dice: “En verdad, en verdad les digo, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, esto es, si no entran en comunión con su ser, la carne y con su vida, la sangre, no pueden tener la vida divina, la vida espiritual, la vida de Dios en ustedes”. Y ratificará Jesús: “El que entra en comunión con mi ser, mi carne, y en comunión con mi vida, mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Y ratifica: “Es que mi carne, mi ser, es verdadera comida; y mi sangre, mi vida es verdadera bebida. Y sólo el que entra en comunión con mi ser y mi vida, Yo habito en él, y él habita en mí, y viviremos para siempre”. Esta es una forma solemne, casi litúrgica cuando Jesús nos dice antecedido de estas palabras: “Os lo aseguro, o en verdad, en verdad les digo, o de cierto te afirmo”. Es una introducción casi litúrgica para una afirmación solemne y verdadera. ¡Qué impresionante este texto! Y cómo nos lleva a entender que, sin la Eucaristía, donde comemos el cuerpo de Cristo y bebemos su sangre en el pan y en el vino consagrados, habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros. Somos de alguna manera cristificados, llenos de la Vida Divina. A lo largo de toda esta semana hemos meditado este texto inmenso del capítulo 6 de san Juan y hoy pedimos una fe grande para que la Eucaristía que celebramos cada día sea una eterna novedad y reconozcamos en ella el gran don, el inmenso regalo que Cristo ha hecho a su Iglesia. Y, por el contrario, no nos rutinicemos, no hagamos paisaje de la actualización del sacrificio único de hace 2000 años, universal y eterno en la cruz que Cristo ha obrado para alcanzarnos el perdón de los pecados. Y entendamos que al celebrar la Eucaristía con la comunidad creyente y reconocer a Cristo sacramentalmente en su Palabra, en el Pan Eucarístico y repito, en la comunidad de los creyentes, reconozcamos que allí entramos en una nueva dimensión de la vida. Experimentamos una forma distinta de relacionarnos, nos llenamos de un amor divino, de una paz de Dios, de una libertad interior sólo propia de Jesús, de una alegría que antes no habíamos conocido en el mundo, y nos viene del cielo. Y esto es los albores, las albricias, la semilla, los adelantos de la vida nueva, la vida divina que Jesús nos da. Hoy te invito para que te atrevas, seas audaz y vivas tu Eucaristía de manera distinta y reconozcas en ella cuando la celebras cada día a Cristo vivo que se te da como pan consagrado su cuerpo, como vino consagrado su sangre, su vida, para que todos tengamos vida nueva, vida eterna, y no vamos a morir nunca, porque estando con Cristo Resucitado, la muerte ya no alcanzará nuestra vida interior, nuestra vida espiritual. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. | |
| dc.description.abstract | REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Juan 6, 52-59 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 9, 1-20 En aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres. Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Salo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Dijo él: «¿Quién eres, Señor?». Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer». Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, n o veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: «Ananías». Respondió él: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista». Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu Nombre». El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi Nombre». Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo». Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 117(116), 1.2 (R. Mc 16,15) Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio. Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Juan 6, 52-59 En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la Carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi Carne es verdadera comida, y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el Pan que ha bajado del Cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús. | |
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