¡Esperamos la inmortalidad!
| dc.contributor.author | Fundación Amén Comunicaciones | |
| dc.date.accessioned | 2024-11-08T22:02:28Z | |
| dc.date.available | 2024-11-08T22:02:28Z | |
| dc.date.issued | 2024-11-02 | |
| dc.description | TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Inmediatamente después de la fiesta de Todos los Santos, donde se da gloria a Dios con la vida de estos gigantes, héroes de la fe, la esperanza y el amor; la Iglesia conmemora a aquellos fieles difuntos que, en un estado de purificación, peregrinan hacia la casa del Padre, hacia la patria celestial. Pero, ¿qué podremos decir cuando en un día como estos, 2 de noviembre, hay tantos sentimientos en nuestro corazón sobre el misterio mismo de la muerte? Podremos de entrada afirmar: “Que Dios no ha creado al hombre para la muerte, sino para la inmortalidad”, según nos dice el Libro de la Sabiduría en el capítulo 2, versículo 23: “En el corazón humano hay una doble sed, una sed de Dios, de su amor y una sed de eternidad, de infinito, de inmortalidad”. Pero nos dirá a renglón seguido el Libro de la Sabiduría en el capítulo 2, versículo 24: “Que la muerte, esa realidad dolorosa que ha entrado en el mundo y en la vida de los hombres, se da por la envidia del diablo y a través del pecado entra la muerte en el mundo”. Conocemos como nadie la experiencia sensible de la muerte: por la violencia, por la enfermedad, por la vejez se llega al término, al final de la vida. Pero también descubrimos nosotros que hay cierta cultura morbosa y amarillista sobre el tema de la muerte, se escandaliza en los noticieros de televisión, por ejemplo, en los titulares, se hace morbo con la muerte. Nuestros noticieros se deberían de llamar noticieros A, porque sus noticias todas empiezan por la letra A: abaleado, atropellado, apuñalado, accidentado, asesinado, agredido con ácido, se hace morbo de la muerte y en el fondo nosotros no reconocemos de alguna manera, como esa luz más profunda que hay más allá de la muerte. Lo diré en palabras muy sencillas, estamos muy vivos para la muerte, pero muy muertos para la vida, somos muy conscientes y nos escandalizamos del final, el término de esta vida terrenal; pero somos muy poco conscientes y muy poco claros de lo que es la luz que nos espera, la gloria definitiva en el cielo, más allá de nuestra muerte que es un umbral hacia la vida definitiva. Pero avancemos en esta reflexión y formulemos un segundo apotegma, una segunda reflexión, el que no ha resuelto el problema de la muerte, en el fondo no ha resuelto el problema de su propia vida. Cuando uno piensa que la muerte es el fin de la búsqueda humana, entonces vivimos como si no hubiera cielo, de alguna manera como los epicureistas o los hedonistas: “Comamos y bebamos, disfrutemos y gocemos que mañana moriremos”, una postura netamente hedonista, muy posicionada en la mentalidad postmoderna, que nos lleva a no darle proyección y trascendencia a nuestra existencia. De alguna manera, cuando uno no ha resuelto con claridad lo que es la muerte como el cruzar el umbral hacia la vida definitiva y la vida verdadera, viene en nosotros y en nuestra vida nuevos problemas, “Una tristeza silenciosa acompaña al hombre” (decía algún filósofo existencialista), porque nos reconocemos caducos, nos reconocemos temporales, con fecha de vencimiento. En el fondo y de manera inconsciente, toda la vida humana es un luchar por sobrevivir, apoyados fundamentalmente en nuestra búsqueda egoísta, una huida comprensible del misterio de la muerte, porque buscamos ser preservados: me alimento bien, busco mi jubilación, busco un buen ingreso, busco una buena calidad de vida material, porque me da miedo que la muerte me sorprenda y quiero sobrevivir desde el egoísmo humano. Toda esta realidad la ilumina la fe pascual, la fe en la resurrección que está en el centro mismo de toda la fe religiosa cristiana, la Pascua, que es el pasar de Dios por nuestra vida, es en el fondo el amor crucificado de Jesús que nos da vida, está en esas tres palabras: amor, muerte y vida. El amor en Jueves Santo, la muerte en Viernes Santo, la vida en la Vigilia del Sábado Santo. Amor, muerte y vida, el amor mortificado que da vida, el amor crucificado de Cristo que nos da nueva vida. Esa certeza de Cristo crucificado, nos lleva a asumir la existencia de otra manera, hay dos formas de vivir, y ustedes me entenderán este juego de palabras. Mucha gente vive para simplemente morir, o el cristiano muere cada día para eternamente vivir. Expliquemos la primera afirmación: ¡Vivir para simplemente morir!, un cerdo en una marranera, vive para comer, no come para vivir y al final terminará muerto en una marranada el día de Navidad o de Año Nuevo. Mucha gente como el cerdito, como el chanchito, vive simplemente para al final de su vida morir, come, bebe, compra, vende, descansa, duerme, pasea; pero vive su vida de manera sensible, sin construir un proyecto espiritual, un proyecto de eternidad en su vida interior y al final muere. El cristiano en cambio, el hombre de fe de manera distinta, aprende a morir cada día a su egoísmo, a morir a su pecado, a morir a sus codicias, para al final, siguiendo el estilo de Jesús que murió en la cruz, vivir eternamente con Dios, ¡ha resucitado!, como decía san Ambrosio: “La muerte para el cristiano es aparente, la vida continúa”. O como nos enseñaron los místicos Teresita del Niño Jesús cuando agonizaba y sus compañeras religiosas del convento de Lisieux se entristecían por ella, afirmaba nuestra santa: “No estén tristes por mí, yo no muero, yo entro en la verdadera vida”, “yo no muero, yo entro en la verdadera vida”. Es que con Jesús aprendimos: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo”, la muerte, como sello definitivo del amor entregado, nos hace fructificar; por el contrario, el egoísmo que trata de cuidar la vida, de defenderla por encima de los demás, de evitar la muerte, es paradójicamente la verdadera puerta de entrada a la muerte que destruye al ser humano. “Es por el egoísmo (siguiendo una reflexión del Papa Benedicto XVI), como el ser humano acaba, destruye su existencia. Por el contrario, es Cristo crucificando el egoísmo, el pecado en el ser humano por su amor entregado a la humanidad, quien nos abre la puerta de la verdadera vida”. Razón tenía el evangelista Mateo al consignar esta expresión tan iluminadora de Jesús: “El que pierda su vida la salvará, pero el que quiera salvar su vida la perderá”. Y es que Cristo, el fuerte, crucificó el poder del pecado y de la muerte, el poder del egoísmo en la cruz, y por eso nos ha dado nueva vida. Cristo, el fuerte, al amar y amando, da vida y muere a sí mismo, entrega nueva vida a los demás y nos invita a nosotros a amar, muriendo a nuestro pecado y dando vida en el matrimonio, en la familia, con los amigos, en la vida común del trabajo. Terminemos simplemente diciendo, que más allá del dolor, del vacío, de la tristeza por la pérdida de un ser querido, más allá de esa realidad humana y sensible, la fe nos tiene que dar una nueva perspectiva, un nuevo horizonte, una nueva iluminación, una nueva mirada. En Occidente me decía alguna vez un musulmán, se entristecen mucho los occidentales, americanos y europeos con la muerte, porque han construido su pequeño reino en esta tierra: carro, apartamento, finca, vacaciones, joyas y demás; el oriental, o por lo menos decía él, muchos en su religión islámica, han entendido que la verdadera vida está más allá de la muerte temporal, por eso para ellos no hay tanto duelo, ni hay tanta pérdida, como sí la hay para el hombre occidental, que muy consciente de haber construido su pequeño cielo, su pequeño reino en esta tierra, en un velorio, en un funeral, se lamenta: esta persona no alcanzó a disfrutar más su jubilación, no alcanzó a viajar a Estados Unidos a visitar su hija, no vio crecer sus nietos. En fin, nos lamentamos, nos entristecemos porque asumimos la muerte y todo como pérdida, y no entendemos que con la muerte todo es ganancia, la vida definitiva con Dios. “Cristo, con su Resurrección de entre los muertos, ha hecho de la vida de los hombres una fiesta, el gozo, no de una vida terrestre, sino celeste”, afirmará el gran padre de la Iglesia, san Basilio. Hoy, lejos de asustarnos por la enfermedad, la violencia, por la vejez; lejos de asustarnos con la muerte personal o la de un ser querido, demos gracias a Dios porque se acerca la verdadera vida, la auténtica liberación, y esperamos gozar de la gloria futura y la gloria eterna en el amor universal con todos los hombres desde el Padre Dios. Amén. | |
| dc.description.abstract | REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 23, 44-46. 50. 52-53 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 17-26 Me han arrancado la paz, y ni me acuerdo de la dicha; me digo: «Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor». Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena; no hago más que pensar en ello, y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien, se renuevan cada mañana: ¡qué grande es tu fidelidad! El Señor es mi lote, me digo, y espero en Él. El Señor es bueno para los que en Él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo del día de hoy: Salmo 102, 8 y 10. 13-14. 15-16. 17-18 El Señor es compasivo y misericordioso. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. El Señor es compasivo y misericordioso. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. El Señor es compasivo y misericordioso. Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como la flor del campo, que el viento la roza, y ya no existe, su terreno no volverá a verla. El Señor es compasivo y misericordioso. Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza y recitan y cumplen sus mandatos. El Señor es compasivo y misericordioso. Evangelio del día de hoy: Lectura del santo Evangelio según San Lucas 23, 44-46. 50. 52-53 Era alrededor del mediodía. El sol dejó de brillar, y se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, con voz potente, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto expiró. Llegó entonces un miembro del sanedrín, llamado José, hombre recto y justo, y fue a ver a Pilato para pedirle el Cuerpo de Jesús. Y después de bajarlo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús. | |
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| dc.subject | Amor crucificado de Cristo | |
| dc.subject | Fe en la resurrección | |
| dc.subject | Morir cada día | |
| dc.subject | Nueva vida | |
| dc.subject | Parte esencial | |
| dc.subject | San Lucas | |
| dc.subject | Ser católicos | |
| dc.subject | Vivir eternamente | |
| dc.subject | Biblia | |
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| dc.title.alternative | Vida eterna |
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