¡Bendiciones y maldiciones!

Abstract

REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Lucas 6, 17. 20-26 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Jr 17, 5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor. Así dice el Señor: Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto. Palabra del Señor. Te alabamos Señor Salmo del día de Hoy: Salmo 1, 1-2.3.4.6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos; ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. No así los impíos, no así: serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Segunda Lectura: 1Co 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo, se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Palabra del Señor. Te alabamos Señor Evangelio del día de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 17.20-26: En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, dijo: -Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. -Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. -Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. -Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Todos en la vida, de manera más o menos consciente, buscamos bendición, bienaventuranza, bienestar para la vida personal. Por el contrario, nos escandaliza, nos alejamos, rehuimos de situaciones de sufrimiento, de adversidad que consideramos verdaderas maldiciones, malaventuranzas, malestar en la vida del hombre. Pues bien, en una línea sapiencial sostenida a lo largo de toda la tradición cristiana, pero también de la tradición judía, encontramos con el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy en el capítulo 17, como el Señor nos muestra un claro camino de bendición, pero también nos advierte cuál es la gran maldición del ser humano. Y quedamos pasmados cuando Dios, en labios de Jeremías afirmará: “Maldito (y lo dice de manera tajante), maldito quien confía totalmente en el hombre y busca el apoyo de su vida en las criaturas, apartando con ello su corazón del Señor Dios” y utilizando una imagen de la época, dirá: “Ese maldito será como un cardo en la estepa que nunca recibe la lluvia, habitará en un árido desierto sobre tierra salobre e inhóspita”. No puede ser más desoladora la imagen, la de ser un pobre cardo o cactus en medio del desierto, una planta solitaria que nunca alcanza plena fecundidad, que no vive sino que apenas sobrevive, y eso se dará, porque la maldición llegará a nuestra vida cuando toda nuestra confianza, toda nuestra fuerza existencial, la ponemos sobre las cosas, sobre las fuerzas y poderes del mundo o sobre los seres humanos, mortales y contingentes como nosotros. Pero a renglón seguido, y después de esta seria advertencia, el profeta Jeremías lanzará una promesa: “Bienaventurado, bendecido, bendito será el hombre o la mujer que pone toda su confianza en el Señor”, y dirá de manera casi poética: “Que será como un árbol frondoso plantado junto al riachuelo, la acequia de agua cuyas raíces alargan hasta llegar a la corriente y no teme la llegada del tiempo de verano, de estío, y por el contrario, el follaje y el verdor del árbol estará siempre fresco más allá de que haya sequía, y eso no le inquietará, ni por ello dejará de dar fruto”. Esta línea de sabiduría o línea sapiencial del profeta Jeremías, también se repite con los salmos y concretamente con el primero de ellos, cuando todos en el salmo primero decimos: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de aquellos que discuten con cinismo, sintiéndose altaneramente pequeños dioses; sino que, al contrario, será dichoso el hombre que pone su confianza en la ley de Dios, y su alegría será meditar, guardar esa ley divina día y noche”. Y siguiendo la imagen de Jeremías afirmará: “Que será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto siempre a su tiempo”, y advertirá: “No será así con el malvado, que apenas será la paja seca, arrebatada por el capricho del viento”. Concluirá el salmo primero diciendo: “El Señor Dios protege, cuida y guía el camino del hombre justo, recto, honesto; pero el camino del intrigante, del tramposo, del impío, del malvado, siempre acaba mal por más que de momento prospere en la vida”. Tanto esta primera lectura de Jeremías como el salmo uno, nos invitan a entender mejor el evangelio de hoy de Lucas capítulo 6, cuando Jesús presenta cuatro bendiciones o bienaventuranzas y las correspondientes antípodas o antítesis, las cuatro mal aventuranzas o maldiciones en la vida del ser humano. Es de advertir que la primera bienaventuranza la ubica en tiempo presente y las tres restantes en tiempo futuro. Jesús llamará: “Bendito y bienaventurado al pobre, porque él por la alianza que Dios ha prometido, de él será el Reino de Dios”, y no se habla solo y necesariamente de la pobreza material en su sentido más natural que todos conocemos; sino de la pobreza espiritual entendida como humildad de corazón, sencillez de vida y sobre todo con ello confianza absoluta en Dios que nos sostiene, nos sustenta y guía nuestra existencia. Luego hablará de otras tres bienaventuranzas: “El hambriento, el que llora y aquel que es odiado, insultado o calumniado”. En tiempo futuro dirá: “Ese hambriento en el futuro será saciado, ese lloroso en el futuro reirá, y ese insultado, odiado o calumniado será bendito y se alegrará en el futuro, porque su recompensa será grande en el cielo”. En una línea similar al Sermón del Monte en Mateo, este es el Sermón de la Llanura (en Mateo son nueve bienaventuranzas, aquí son cuatro bienaventuranzas y las correspondientes cuatro maldiciones, lamentos o ayes). “Ay de ustedes” dirá Jesús, y frente a la pobreza dirá: “Ay de ustedes los ricos porque ya han recibido temporalmente, de manera finita y caduca su premio en esta tierra”, frente al hambre dirá: “Ay de ustedes los satisfechos, los saciados, porque en algún momento tendrán hambre, la única hambre que queda el hambre de sentido de vida, el hambre de Dios”. “Ay de ustedes los que lloran en algún momento lo pone, o benditos los que lloran, lo pone Ay de ustedes los que ríen, porque en algún momento harán duelo y llorarán”. Y frente al insulto, el odio y la calumnia dirá Jesús como antítesis: “Ay de ustedes si todo el mundo unánimemente los alaba y habla bien de ustedes que eso pasó con los falsos profetas anteriores a ustedes”. En definitiva, nos quiere presentar este texto, cómo las realidades del mundo por las que trabajamos, nos fatigamos, peleamos con otros, emulamos, competimos, son realidades caducas, finitas, limitadas, que de momento pueden generar satisfacción, pero no la vida en plenitud y menos la salvación definitiva y eterna del alma. Hoy siéntate a escuchar y meditar este evangelio y más allá de sufrimientos y adversidades, reconoce que ellos han llevado a que tengas un corazón humilde, confiado, paciente, maduro, que ha puesto toda su vida en Dios y por el contrario reconoce, que toda prosperidad humana, todo bien material, aunque de momento lo disfrutamos, usualmente nos hace prepotentes, autosuficientes y a veces caemos en la tentación de sentirnos pequeños dioses en nuestra vida. Concluyamos con la preciosa lectura que nos presenta san Pablo a los Corintios cuando habla de manera tajante: “Que, si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana, vacía, hueca, sin sentido, seríamos los hombres más desgraciados del mundo. Nuestros pecados no hubieran sido perdonados, no habríamos sido redimidos, y la fe cristiana no tendría ningún sentido”. Y en esta misma radicalidad Pablo afirmará: “Pero no, Cristo sí resucitó, si ha vencido la muerte, si nos abre el destino glorioso de una vida inmortal y eterna”. Y esta esperanza, esta promesa cumplida, es adelanto para cada uno de nosotros de la vida plena que nos espera, y en el fondo, es una invitación a no colocar nuestro paraíso en el mundo que algún día y tal vez más temprano que tarde, saldremos de él, hay que colocar, por el contrario, nuestra esperanza y nuestro paraíso en la vida eterna que no pasa, que no termina, que es plenitud y que es para siempre. Que el Señor nos bendiga y no nos maldiga, que nos otorgue la bienaventuranza y no la malaventuranza. Y te bendigo en este día, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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