¡Regatear ante Dios!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Mateo 8, 18-22 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Génesis 18, 16-33 Los tres hombres que habían estado con Abraham se pusieron de pie y se encaminaron hacia Sodoma. Abraham los acompañaba para despedirlos. El Señor dijo entonces: “¿Acaso le voy a ocultar a Abraham lo que voy a hacer, siendo así que se va a convertir en un pueblo grande y poderoso y van a ser benditos en él todos los pueblos de la tierra? Yo lo he escogido para que enseñe a sus hijos y a sus descendientes a cumplir mi voluntad, haciendo lo que es justo y recto, y así cumpliré lo que le he prometido”. Después el Señor dijo: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es grande y su pecado es demasiado grave. Bajaré, pues, a ver si sus hechos corresponden a ese clamor; y si no, lo sabré”. Los hombres que estaban con Abraham se despidieron de él y se encaminaron hacia Sodoma. Abraham se quedó ante el Señor y le preguntó: “¿Será posible que tú destruyas al inocente junto con el culpable? Supongamos que hay cincuenta justos en la ciudad, ¿acabarás con todos ellos y no perdonarás al lugar en atención a esos cincuenta justos? Lejos de ti tal cosa: matar al inocente junto con el culpable, de manera que la suerte del justo sea como la del malvado; eso no puede ser. ¿El juez de todo el mundo no hará justicia?” El Señor le contestó: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Abraham insistió: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Supongamos que faltan cinco para los cincuenta justos, ¿por esos cinco que faltan, destruirás toda la ciudad?” Y le respondió el Señor: “No la destruiré, si encuentro allí cuarenta y cinco justos”. Abraham volvió a insistir: “Quizá no se encuentren allí más que cuarenta”. El Señor le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré”. Abraham siguió insistiendo: “Que no se enoje mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si hubiera treinta?” El Señor le dijo: “No lo haré, si hay treinta”. Abraham insistió otra vez: “Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran sólo veinte?” El Señor le respondió: “En atención a los veinte, no la destruiré”. Abraham continuó: “No se enoje mi Señor, hablaré sólo una vez más. ¿Y si se encuentran sólo diez?” Contestó el Señor: “Por esos diez, no destruiré la ciudad”. Cuando terminó de hablar con Abraham, el Señor se fue y Abraham volvió a su casa. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 103(102), 1-2.3-4.8-9.10-11 El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios. El Señor es compasivo y misericordioso. El perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso. El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. El Señor no estará siempre enojado, ni durará para siempre su rencor. El Señor es compasivo y misericordioso. No nos trata como merecen nuestras culpas ni nos paga según nuestros pecados. Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia. El Señor es compasivo y misericordioso. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 8, 18-22 En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente. En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”. Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Regatear ante Dios! Muy impresionante resulta la primera lectura, tomada del Libro del Génesis en el capítulo 18, cuando frente a la maldad de las ciudades de Sodoma y Gomorra, viendo sus muchas prevaricaciones, Dios toma la decisión de destruirlas. Pero parece que Dios se siente obligado a comunicar esta decisión a Abrahán antes de llevarla a efecto. Él en el fondo, no quiere herir a Sodoma y Gomorra sin comunicárselo previamente al gran patriarca. Y es aquí donde encontramos la bellísima oración de Abrahán en forma de “regateo” con Dios, que es un ejemplo concreto de la misión universal de Abrahán por toda la humanidad. Más allá de la depravación de Sodoma y Gomorra, la oración de Abrahán conmueve hasta lo profundo del corazón. Es una clara plegaria de intercesión donde clama: “Tú no quieres destruir buen Dios al inocente con el culpable, si en estas ciudades entre Sodoma y Gomorra hay 50 inocentes, ¿acaso destruirás las ciudades y no perdonarás en atención a estos 50 inocentes? Lejos de ti, (dirá Abrahán), matar al inocente con el culpable, eso no es de tu corazón”. El Señor Dios en un diálogo que tiene más de verdad teológica que de verdad histórica, le dirá a Abrahán: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma 50 inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos”. Pero he aquí que empieza el regateo, la batalla de Abrahán por los suyos. “Y ¿si no hay 50 inocentes, sino sólo 45, por 45 inocentes y por su destrucción acabarás con la ciudad?” A lo que Dios le responde: “No la destruiré”. Pero Abrahán sigue regateando y dice: “Quizás hay sólo 40”. Y Dios le responderá: “En atención a los 40 inocentes no acabaré con Sodoma”. Pero Abrahán va bajando la cifra y sabiendo la maldad que había en la ciudad, dice: “Y ¿si sólo hay 30 inocentes?, y luego habla de 20 inocentes, y finalmente habla de 10 inocentes”. Y Dios le contesta: “En atención a los 10 inocentes, no destruiré la ciudad”. Resulta muy impresionante este diálogo en donde se ve la buena voluntad de Dios y se ve la disponibilidad que tiene para escuchar la opinión de Abrahán, así también como el papel de intercesor, buscando hasta el último momento lo imposible, que Sodoma no sea destruida. Sin embargo, aunque la lectura no nos da el final de la historia, sabemos que la ciudad al final fue terminada y que no hubo siquiera 10 justos en la ciudad que sacaran la cara frente a la prevaricación, el pecado, la maldad, la idolatría de los habitantes de la misma. Con mucha razón el salmo responsorial frente al regateo en oración de Abrahán con Dios nos invita a contemplar: “Que el Señor es compasivo y misericordioso”. Y dirá el salmo 102 en la enunciación litúrgica: “Dios perdona tus culpas y cura todas tus enfermedades. El rescata tu vida de la fosa del sepulcro y te colma de gracia y de ternura”. ¡Qué impresionante es la misericordia de Dios y qué distinta y distante es la justicia humana que está buscando permanentemente la caída de los demás, que quiere toda la misericordia de Dios para sí mismo; pero en donde el hombre es incapaz de ofrendar, ofrecer y entregar misericordia a los demás! ¡Cuánto tiene que aprender nuestro corazón humano mezquino del corazón generoso y compasivo de Dios! Cuánto buscamos acusar de los demás, “Sacar, (como decían las abuelas), los trapos al sol”, buscar denostar de otras personas, y Dios, por el contrario, no nos mira así. Y podemos decir: “Si llevaras cuenta de nuestros delitos, de nuestro pecado ¿quién podrá resistir?, ¿quién podrá ser justo ante ti?” Pero el salmista continúa diciendo: “El Señor Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando como lo hacen los hombres, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga en la vida según nuestras culpas”. Y terminará casi de una manera poética diciendo: “Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta la bondad de Dios sobre aquellos que le temen y obedecen”. Pero pasemos al evangelio de hoy de Mateo capítulo 8, que es un claro relato vocacional donde Jesús, frente a un escriba o maestro de la ley que le dice: “Te seguiré a donde vayas”. Jesús le advierte: “Que el seguimiento que haga de Él implica compartir alegrías, pero también sufrimientos, sacrificios y dificultades”. Y sin buscar desanimarlo, pero sí aterrizarlo, le dirá: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Hoy, si quieres hacer seguimiento de Jesús, prepárate para compartir las pruebas y sufrimientos que el Maestro Jesús padeció y afrontó a lo largo de su vida. Y viene la parte final del evangelio, donde ya no un escriba, sino uno de sus discípulos, también, en una clara respuesta vocacional, le dirá a Jesús: “Señor, quiero seguirte, pero déjame ir primero a enterrar a mi padre (un deber casi sacrosanto en la cultura judía, enterrar y acompañar a los padres. Pero Jesús, hablando de la urgencia del seguimiento sin dilaciones, sin demoras, le contesta de una manera que nos parece un poco destemplada). Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos, deja el pasado en el pasado”. Estas dos respuestas, tanto al escriba como al discípulo al que urge para seguirlo, nos muestra la radicalidad que Jesús pide a sus seguidores si en verdad quieren hacerlo con todo el corazón. Esta exigencia 2000 años después no ha desaparecido, y en verdad, cuando tengas que compartir los sufrimientos de Cristo, no te desanimes, porque Él nos lo profetizó, nos lo anunció hace 2000 años. Y también nos pide que, sin demora, sin dilaciones, sin tardanza y de manera inmediata, empecemos a ser verdaderos discípulos de Jesús, anteponiendo incluso el amor de familia y el deber sagrado de enterrar al padre o a la madre. Hoy el Señor nos pide, que el seguimiento que hagamos de su Persona lo hagamos con toda la sinceridad de nuestro corazón y con toda la disponibilidad de nuestra vida. Si sientes que esta exigencia te cuesta, tal vez no estás preparado para ser un verdadero discípulo de Jesús. Pero si te sientes capaz, eres bienaventurado y ten la seguridad que en el seguimiento de Jesús encontraremos la paz, la verdad y la alegría plena de la vida. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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