¡Tanto amó Dios al mundo...!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Juan 3, 16-21
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 5, 17-26
En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó, diciéndoles: Márchense y, cuando lleguen al templo, expliquen al pueblo todas estas palabras de vida. Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo: Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro. Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando: Miren, los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo. Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 34(33), 2-3.4-5.6-7.8-9 (R. 7a)
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.
Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.
Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor, él lo escuchó
y lo salvó de sus angustias.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.
El ángel del Señor acampa en torno
a quienes le temen y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.
El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Juan 3, 16-21
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Tanto amó Dios al mundo!
La primera lectura tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo 5, nos muestra cómo en la Iglesia naciente la muerte de Jesús no terminó nada, sino que comenzó todo. Comenzó el anuncio, la irradiación del Evangelio con el kerigma apostólico, la muerte redentora y la Resurrección gloriosa de Jesús.
Siempre y desde entonces, se ha intentado silenciar a los anunciadores y fue el caso de los apóstoles que, por orden de los sumos sacerdotes y el sanedrín, capturaron y metieron en la cárcel pública al grupo de los testigos de la Resurrección, de los apóstoles.
Y nos dicen que en la noche un misterioso ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y los invitó a los apóstoles a ir al templo para continuar con su tarea evangelizadora.
Sin entrar a detenernos sobre este ángel o personaje misterioso, Dios siempre libera a los suyos cuando son reprimidos, cuando son encarcelados, cuando son apartados. Siempre el Señor acompaña la tarea del evangelizador.
Pero en un segundo momento encontramos como el sumo sacerdote, acompañado del consejo, el sanedrín judío, los 71 y el pleno de los ancianos de Israel fueron a buscar los guardias para que hicieran comparecer a los apóstoles ante su presencia.
Y los guardias, una vez en la cárcel, se sorprenden y le dicen pronto al sanedrín judío: “Hemos encontrado la prisión cerrada con todas las seguridades que habíamos establecido (los centinelas en pie junto a las puertas), pero al abrirlo hemos encontrado a los apóstoles adentro. No sabemos qué ha pasado, no se han roto candados, no se han violado seguridades, no sabemos cómo han escapado estos hombres”.
Concluirá este texto de Apóstoles, capítulo 5 Hechos de los Apóstoles, “que al oír estas palabras de la guardia, los sumos sacerdotes, no atinaban a explicarse qué había pasado”.
Ellos querían silenciar el mensaje de Jesús, querían silenciar la Pascua, la Muerte y Resurrección de Jesús, querían hacer pasar ante la gente un nuevo relato “que los apóstoles se habían robado el cadáver de Jesús en medio de la noche”; pero las sucesivas apariciones y la autoridad y los milagros realizados por Pedro y Juan en el paralítico, y ahora, liberados de la cárcel sin que ellos lo supieran, no les permitía entender qué estaba pasando.
Así inició la Iglesia, así comenzó la predicación apostólica. En medio de dificultades, incomprensiones, es cuando la Palabra de Dios permítanme la expresión “a codazos”, con una violencia santa se abre paso en medio de las incomprensiones humanas.
Con razón, el salmo litúrgico de hoy nos invita a repetir en oración: “El afligido, el triste, el perseguido invocó al Señor y Él lo escuchó”.
Y en sus estrofas decimos: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca, mi alma se gloría en el Señor, que los humildes lo escuchen y se alegren. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen y los protege. Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él”.
Pero pasemos al Evangelio de san Juan en el capítulo 3 y en esta clave de tiempo pascual, de vida nueva otorgada, comunicada por Jesús Resucitado, meditemos en tres expresiones que nos presenta hoy el evangelista Juan.
La primera, cuando dice casi que en un arrobamiento místico: ¡Tanto amó Dios al mundo!, y podríamos decir a la humanidad que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, no se condene, sino que tenga vida eterna.
Detengamos en esa expresión: ¡Tanto amó Dios al hombre!, que ha creado este cosmos maravilloso, conjunto de galaxias que la imaginación más adelantada no alcanza a concebir. Cuando miramos ese maravilloso telescopio, lo último en adelantos tecnológico El James Webb y miramos la fantasía de colores en el juego de galaxias a millones de años luz de nuestro planeta Tierra decimos, tanto amó Dios al mundo que ha creado este cosmos maravilloso.
Pero cuando alcanzas la cumbre de una cordillera y miras desde la altura las montañas circundantes, los valles a la lejanía, el viento que acaricia tu rostro, el azul intenso del firmamento, el trinar de los pájaros, las copas de los árboles mecidas graciosamente por el viento, la nube que juguetea en la altura del cielo.
Cuando ves el riachuelo y sus aguas cristalinas pensamos, tanto amó Dios al mundo que nos ha dado este mundo creado maravilloso, para disfrutarlo, para gozarlo, para experimentar la plenitud de la vida en la alternancia de los días y las noches, en el cambio de las estaciones primavera, verano, otoño, invierno.
Cuando contemplo la maravilla del cuerpo humano con millones de células, con sistemas complejos, con órganos maravillosamente perfectos, organizados para generar vida y un funcionamiento por muchos años pienso, tanto amor de Dios en la obra creada en la mujer, en el hombre, tanto amor de Dios por la humanidad.
Cuando contemplo la Iglesia creada por Jesucristo, donde ha habido millones de católicos que han dado testimonio de amor y servicio, decenas de miles de santos, mártires, profetas, testigos de la fe que incluso han ofrendado su vida por el anuncio del Evangelio, pienso en mi interior tanto amor de Dios que nos ha dado este camino de salvación maravilloso que es la Iglesia Católica y que más allá del pecado de algunos hombres, pervive en el tiempo, en los siglos y en distintas latitudes.
Cuando pienso en los sacramentos, el Bautismo, la Eucaristía, en donde Cristo se nos da como Pan de Vida eterna, cuando es perdonado nuestro pecado en el sacramento de la Misericordia o de la Reconciliación.
Cuando hago parte de la vida divina por el sacramento bautismal, cuando recibo la bendición de Dios en el amor humano del hombre y la mujer, o la bendición de Dios en el amor del hombre por la comunidad el sacerdocio pienso, tanto amó Dios a la humanidad, tanto ha amado Dios al mundo.
Cuando contemplo a María, nuestra Madre, nuestra dulce Madre y gran intercesora pienso, cuánto ha amado Dios a la humanidad.
Cuando reflexiono sobre los evangelios y la Palabra que nos ayuda a discernir, que ilumina nuestro caminar en la vida y a tomar decisiones inteligentes y asertivas cada día doy gracias a Dios por su Palabra en la Sagrada Biblia y pienso tanto amor de Dios por nosotros.
Cuando siento la alegría de la salud física, emocional y espiritual, o cuando la enfermedad me hace más humilde y más confiado pienso, cuánto amor de Dios por ti y por mí.
Qué hermosa expresión cuando contemplo la obra de la redención, cuando veo a Cristo hombre hablando el lenguaje de los hombres, sintiendo como un hombre y entregado como propiciación por nuestros pecados en el ara, en el altar de la cruz digo, tanto amor de Dios a través de Jesucristo. Como decía san Pablo: ¡Me amó y se entregó por mí!
Toda la obra de la redención, al entregar a su único Hijo, el elegido, el amado, es una obra de amor.
Todo en la vida, todo en mi historia, todo en el cosmos, todo en el mundo, todo en mis relaciones, todo en las bendiciones que he recibido, en el trabajo, en la familia que tengo, en tantas pruebas que he superado, en tantos peligros que he vencido, de tantas caídas de las que me he levantado pienso, cómo tanto amor de Dios ha acompañado mi vida y la tuya.
Pero meditemos en una segunda expresión del Evangelio de hoy que nos habla de creer o no creer. Porque afirmará Juan el evangelista teólogo: “Que Dios Padre no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.
Y dirá: “El que cree en Jesús no será juzgado, no será condenado; en cambio, el que no cree, ya está condenado”.
En ti está creer que no es nada distinto, sino acoger, recibir, aceptar a Jesús y la vida divina que Él quiere entregar a tu corazón, a tu alma, para que no sea solamente vida biológica, vida natural como la de una mascota, tu mascota; sino que seas vida divina y experimentes una paz, una alegría, una esperanza, un amor, una libertad, una fe como nunca la habías experimentado. Y esa es la vida divina, la vida abundante, la vida plena que sólo Jesús, por su Muerte y Resurrección, puede darnos a nosotros, pero depende de ti creer o no creer.
Terminará el evangelista Juan afirmando “que el hombre malo odia la luz para no verse acusado por las obras de la verdad y la luz; pero que, en sentido contrario, el hombre bueno hace todo de cara a los demás, de cara a la luz de Dios, a la luz humana”.
Hoy te pregunto: ¿tu vida puede ser escrutada por los demás?, ¿tu vida es un testimonio de servicio, un ejemplo de compasión, un modelo de entrega servicial a los demás?; o ¿por el contrario, llevamos una doble vida llena de ambiciones económicas, de trampas, robos, triquiñuelas, de enredos afectivos, de cizañas interiores, de veneno en el corazón, de envidias ocultas y no reconocidas? Cómo es nuestra vida, de cara a la luz de Dios, o vivimos en oscuridad.
Tres enseñanzas para que meditemos.
Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.