¡El gran obstáculo para entrar al cielo!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Marcos 10, 17-27
Lectura del día de hoy
1P 1,3-9:
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.
Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.
Salmo del día de hoy
Salmo (111) 110,1-2.5-6.9ab.10c:
El Señor recuerda siempre su alianza.
Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.
Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándoles la heredad de los gentiles.
Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza;
la alabanza del Señor dura por siempre.
Evangelio del día de hoy
Mc 10,17-27:
En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
-Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó:
-¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.
Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
Él replicó:
-Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
-Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
-¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
-Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Ellos se espantaron y comentaban:
-Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
-Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
Ante la pregunta ¿cuál es el gran obstáculo para entrar al Reino de los cielos?, la respuesta la encontramos hoy en el evangelio de san Marcos, en el capítulo 10, cuando un hombre piadoso, probablemente joven, se acerca de manera limpia y con buena intención ante Jesús, lo reconoce como el Señor de su vida, puesto que se arrodilla ante Él y lo llama como Maestro bueno, y le hace la pregunta ¿Qué necesito para heredar la vida eterna? Parece un hombre sabio porque apunta a lo más importante: nada de esta tierra, sino lo más grande, lo que no podemos perder ninguno de nosotros la salvación del alma, la vida eterna y dichosa con Dios. Jesús le interpela y le dice: “No me llames bueno, porque Dios es el solo bueno”, aclarando que no nos podemos engañar con ningún ser humano, que todos como criaturas hechas del barro de la tierra, tenemos fallas y limitaciones menores o mayores, pero sólo es totalmente bueno, totalmente misericordioso, totalmente perdonador y compasivo, el buen Dios.
A la pregunta que le hace Jesús ¿si conoce los mandamientos?, el joven le replica: “Los conozco y los he cumplido desde siempre, desde mi juventud”. Jesús se queda mirando este hombre de manera amorosa y le dice: “Sólo una cosa te falta, vende todos los bienes que tienes, compártelos con los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo y ahora sí podrás seguirme”. Pero la respuesta de este joven que parecía abierto de corazón, cuando tocan su bolsillo, inmediatamente cambia de actitud, frunce el ceño, da media vuelta y se marcha triste. Parece que prefiere renunciar a lo más grande, al Reino de los cielos, por conservar las baratijas de unos bienes materiales, unas tierras que al final, con la vejez, la enfermedad y sobre todo con la muerte, ya no se podrán disfrutar, ya no se podrán poseer. Es una verdadera necedad endiosar cualquier posesión material, que el ladrón la roba, la polilla la carcome o simplemente la perdemos en su disfrute por nuestra enfermedad o vejez y la perdemos definitivamente por nuestra muerte.
Jesús se queda reflexivo y dice a sus discípulos: “Qué difícil será entrar al Reino de los cielos, a aquellos que ponen todo su corazón en las riquezas”. La verdad es que el joven tenía una recta intención, era sincero en su búsqueda espiritual, cumplía los mandamientos, sentía necesidad de acercarse al Maestro Jesús, sin embargo, se da cuenta de que Jesús le exige una renuncia demasiado difícil, y esta renuncia supone una conversión radical, y este hombre no se siente con las fuerzas suficientes para cumplir o realizar esa conversión. La gran consecuencia de esta respuesta del hombre, es descubrir que para seguir a Jesús no podemos tener segundas intenciones, como el mismo Cristo lo señala: “No se puede servir a Dios y al dinero”. Esta es una realidad que hemos tratado de compaginar en el mundo y muchas personas con buen corazón como el hombre del evangelio hoy, quieren seguir a Jesús, pero también ponen su corazón en el dinero. Y Jesús nos invita a buscar el verdadero tesoro, a colocar nuestro corazón en la sabiduría del Reino y no en los bienes materiales, que, aunque nos generan comodidad y una seguridad aparente, al final los tenemos que dejar todos. Y es evidente también y sería un verdadero contrasentido, pretender optar por la vida de los pobres sin querer llevar una vida más pobre, más simplificada, con menos ataduras de administraciones de bienes y de más.
Es que todo el misterio y el ministerio de la proclamación de Jesús es su bienaventuranza a los pobres, anunciar la Buena Noticia a ellos, dar de comer a los hambrientos, compadecerse de las multitudes, acompañar a aquel rebaño que está como oveja sin pastor, sanar a los leprosos y ser uno más pobre entre los pobres, así fue Jesús.
Hoy en un mundo que exalta los ricos, los famosos, una manera de riqueza, la fama; un mundo que exalta la belleza, una manera de riqueza, un mundo que exalta el egoísmo, el afán de placer, las vanidades de la vida, la prepotencia por el uso de la tecnología, pareciendo que no necesitamos de Dios, todo esto nos recuerda qué equivocados estamos y descubrir que lo que llamamos tesoros del mundo hoy los tenemos, mañana no sabemos.
Al final una expresión muy fuerte de Jesús cuando ve que le pudo al joven por encima del amor al Reino de los cielos, el amor a sus bienes, dirá Jesús: “Qué difícil es entrar en la vida eterna, a aquellos que ponen su corazón sólo en la vida temporal”. Y agregará: “Más fácil es a un gran animal como el camello pasar por el pequeño ojal de una aguja, que a un hombre aferrado a sus riquezas entrar en el reino de los cielos”. Los discípulos se espantan y dicen entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús los mira como miró al joven rico y les dice: “La salvación es tan grande que es imposible para los hombres y para los méritos que hagan los hombres; la salvación sólo es posible para Dios, y por la misericordia de Dios”.
Hoy yo te pregunto, ante el cuestionamiento, ¿cuál es el gran obstáculo que te impide entregarte totalmente a Dios? Que ni tu egoísmo, ni tu orgullo, ni tu prepotencia, porque eres una persona inteligente, bella, tecnológica, bilingüe, trilingüe, exitosa profesionalmente; que nada de este mundo que pasa y es efímero, te logre desviar de la esencia y de la meta definitiva y esencial que nunca podremos perder, alcanzar la vida definitiva, la vida total, la vida divina y eterna que sólo Dios Padre nos ofrece.
Que el Señor te dé esta libertad interior, frente a esos tesorillos del mundo y nos dé la sabiduría para apuntar al tesoro más alto. Y te bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén