¡Escuchar a Dios antes que al hombre!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-10-02T15:13:14Z
dc.date.available2025-10-02T15:13:14Z
dc.date.issued2025-09-23
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Escuchar a Dios antes que al hombre! La primera lectura del Libro de Esdras nos muestra cómo el rey persa Darío sigue la táctica de su predecesor, el rey Ciro, de fomentar el culto a los dioses de los pueblos vencidos, entre los cuales se encontraba el pueblo judío. Así, de alguna manera, los tenían calmados, y en su mentalidad politeísta, creían que se atraían también la bendición de los dioses de aquellos pueblos. De ahí que el rey Ciro mande continuar y terminar las obras de restauración del templo de Jerusalén. El centro religioso, teológico y espiritual del pueblo de Dios, que había vivido un doloroso y largo exilio y ahora por lo menos un resto, un grupo de ellos podían celebrar conjuntamente alrededor del templo el culto de adoración a Dios. También podían celebrar la fiesta de dedicación del templo según la costumbre, y ofrecer sacrificios y holocaustos expiatorios, teniendo en cuenta las 12 tribus de Israel, restablecerían igualmente el servicio de los sacerdotes y celebrarían la Pascua. Y con esta celebración se abrió un nuevo período de esperanza en la historia del pueblo de Dios, del pueblo de Israel. Pero pasemos al evangelio que hoy nos presenta Lucas en el capítulo 8, cuando algunos, viendo llegar a la Madre, los familiares de Jesús a su presencia le avisan: “Tu Madre y tus familiares están fuera y quieren verte”. Pero Jesús responde de una manera desconcertante: “Mi madre y mi familia son estos, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. Con esta respuesta, quizás un poco altisonante, Jesús quiere mostrar que su familia no es necesariamente aquellos que tienen un vínculo de sangre, sino que hay una familia universal, una familia más extendida, y es la familia por el vínculo de la escucha atenta y la obediencia al proyecto de Dios. Pero ¿cómo en el siglo XXI, en nuestro tiempo, escuchar la voz de Dios cuando vivimos atafagados, acosados y aturdidos por tantos mensajes, proyectos de felicidad, por tanta publicidad, por tanta propaganda cultural, política y social? ¿Cómo reconocer una voz más potente, más sabia, más universal y, sobre todo, más verdadera que las voces de los hombres? Reconozcamos varios caminos para esa escucha atenta a la voz de Dios. El primer camino, si en nosotros no hay arrepentimiento y conversión interior frente a la vida pasada, frente a equivocaciones de nuestra historia. Si no nos convertimos interiormente, no estará dispuesto, preparado nuestro corazón para acoger la voz de Dios, para saber entender su mensaje. Si vivimos distraídos, dispersos, desconectados, descontextualizados, de que nuestra vida no es sólo material, sino también y sobre todo, una realidad espiritual, no podremos ser permeados por la voz del Señor si ese corazón nuestro no se dispone por el arrepentimiento y la purificación. Pero hay una segunda condición para escuchar la voz del Señor y es la humildad interior de aquel que se siente menesteroso, necesitado y busca a Dios como la fuente y el fin último de su vida. Es que lo contrario de la humildad, la soberbia, nos hace sentirnos llenos de nosotros mismos. Y un corazón, un alma llena de sí mismas, envanecidas, enorgullecidas, son incapaces de poder dejar entrar a Dios. Porque necesitamos vaciarnos de nosotros mismos por el camino de la humildad y de una confianza total en aquel que sabemos es nuestra fuente, nuestro culmen, busca nuestro bien, es la gran verdad, la gran luz, la gran paz para nuestra vida. Hoy qué difícil ser humildes cuando la sociedad nos habla sólo de derechos y no de deberes, cuando nos quiere colocar como el centro del universo y como que somos destinatarios de todo en la vida, merecemos todo en la existencia. Qué difícil es ubicarnos en la realidad de nuestro barro personal y con total confianza en Dios, decirle humildemente, sin ti no soy nada. Mi fortaleza por la juventud, por un estudio profesional, por un cargo laboral, por un reconocimiento social, por un éxito profesional son efímeros y engañosos. Mi vida depende de ti, mi vida es prestada, me la diste el día de mi nacimiento, me la pedirás el día de mi muerte, y yo ¿con qué me puedo presentar a ti? Por eso pidamos humildad, porque el humilde escucha a Dios, reconoce su voz; y por el contrario, el orgulloso lleno de sí mismo, es incapaz de reconocer y escuchar a nadie distinto de su propio yo, de sus propios méritos, de sus propias capacidades y talentos. En una tercera realidad se necesita la obediencia en la fe. Obedecemos a los hombres, a veces con humillaciones, viendo la tiranía, la dureza, la arrogancia de jefes en oficinas, empresas ¿cómo no obedecer a Dios en humildad, sabiendo que nos ha dado la vida, la salud, la familia, los carismas, los talentos, los dones, la fe? Incluso ha permitido sufrimientos y adversidades como caminos de purificación interior. La obediencia en la fe que tuvo Jesús cuando nos dice en la Carta a los Hebreos: “Que Cristo con lágrimas y gritos aprendió obediencia a Dios”. O como nos dice el evangelio de Lucas sobre la Santísima Virgen María: “Que Ella fue la dócil, la obediente a la voluntad de Dios”. Pero, además, uno, del arrepentimiento y la purificación. Dos, de la humildad y la confianza total en el Señor. Tres, de la obediencia en la fe, a quien solo puede darnos bendiciones. Hay una cuarta condición para la obediencia y la escucha atenta de la voluntad de Dios, y es el silencio interior, no sólo externo, sino del corazón, para orar y para meditar esa voluntad divina en las personas, en la Palabra de Dios, en circunstancias, situaciones concretas y en carismas, dones o cualidades singulares que Dios nos ha dado para cumplir una misión particular. ¡Cuánto nos cuesta silenciarnos!, haz el intento de poner en blanco tu mente y tu corazón y verás la dificultad, porque aturdidos por miles de mensajes diarios, vivimos en un día a día febril, afiebrado, lleno de estímulos y sobre estímulos que nos impiden el silenciamiento que genera madurez y encuentro profundo con nosotros mismos. En una quinta y final condición para escuchar la Palabra de Dios y cumplirla y así ser familia de Jesús. Aprendamos a sacar tiempo diario para el Señor y a tener una disciplina, un hábito de oración con el Señor en amistad con Él. En lo personal, la primera hora del día cuando todavía no te has ocupado en mil quehaceres, cuando tu mente está descansada, es un momento propicio para entregarle al Señor tu día, tus actividades, tus preocupaciones, tu acción de gracias, tus sueños y tus esperanzas personales. Y también te invito al cerrar la noche y justo antes de acostarte, saca un espacio de silencio, apaga el televisor, apaga la tableta o computador, apaga el teléfono móvil o celular y encuéntrate con el Señor. Háblale como al mejor amigo y escucha su Palabra armónica, amorosa, una Palabra de luz, una Palabra sabia que te dará el descanso nocturno que necesita tu cuerpo y tu mente cansados. Esto debe ser un hábito, debe ser una disciplina. Así como nos duchamos o bañamos cada día, así como tomas café negro cada día, así como revisas tus redes sociales cada día, así como desayunas, almuerzas o cenas cada día, así como te montas en el carro, en la moto, en el metro, en el bus cada día. Aprende el hábito, la rutina de entrar en oración justo al despertarte y justo antes de dormirte empieza el día y ciérralo en contacto de intimidad profunda con el Señor. Con toda la sencillez, con tus palabras, con toda la sinceridad de tu corazón, habla a Dios, escucha su Palabra, aprende a obedecerla y entonces estarás en el corazón de Cristo y serás la madre, la familia, los más queridos, los más amados por Jesús. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Lucas 8, 19-21 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Esd 6, 7-8.12b.14-20: Terminaron la construcción del templo y celebraron la Pascua. En aquellos días, el rey Darío escribió a los sátrapas de Transeufratina: «Permitid al sátrapa y a los ancianos de Judá que trabajen para reconstruir el templo de Dios en su antiguo sitio. En cuanto a los ancianos de Judá y a la construcción del templo de Dios, os ordeno que se paguen a esos hombres todos los gastos puntualmente y sin interrupción, utilizando los fondos reales de los impuestos de Transeufratina. La orden es mía y quiero que se cumpla exactamente. Darío». De este modo, los ancianos de Judá adelantaron mucho la construcción, como habían profetizado el profeta Ageo y Zacarías, hijo de Iddó, hasta que por fin la terminaron, conforme a lo mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia. El templo se terminó el día tres del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas -los sacerdotes, los levitas y el resto de los deportados- celebraron con júbilo la dedicación del templo, ofreciendo con este motivo cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabríos -uno por cada tribu-, como sacrificio expiatorio por todo Israel. Asignaron a los sacerdotes y a los levitas las categorías y los órdenes que les correspondían en el culto del templo de Jerusalén, como está escrito en la ley de Moisés. Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del mes primero; como los sacerdotes y los levitas se habían purificado a la vez, todos estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los deportados, para los sacerdotes, sus hermanos, y para ellos mismos. Salmo de Hoy: Salmo 121, 1-2.3-4a.4b-5: Vamos alegres a la casa del Señor. Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor.» Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Vamos alegres a la casa del Señor. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor. Vamos alegres a la casa del Señor. Según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia en el palacio de David. Vamos alegres a la casa del Señor. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 8, 19-21: Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra. En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: -Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. El les contestó: -Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
dc.identifier.urihttps://repositorioamencomunicaciones.com/handle/123456789/1068
dc.identifier.urihttps://drive.google.com/file/d/1eHr6PyEgsjfJf434Co8wAKoGRR8YXmTz/view?usp=drive_link
dc.subjectAcoger la voz de Dios
dc.subjectConversión
dc.subjectHumildad
dc.subjectObediencia
dc.subjectReconocer la voz de Dios
dc.subjectSan Lucas
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡Escuchar a Dios antes que al hombre!
dc.title.alternativeVoz de Dios

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