¡Fe humilde, confiada y perseverante!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Marcos 7, 24-30 En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. Él le dijo: -«Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.» Pero ella replicó: -«Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.» Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús. Él le contestó: -«Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija.» Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES El primer libro de los Reyes, en el capítulo 11, nos habla de las infidelidades del rey Salomón, de cómo por más que había tenido la abundante bendición de Dios, al final de su vida no fue capaz de ser perseverante en la fe. Él y sus mujeres nos dice el primer libro de los Reyes, desviaron su corazón, tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre. Nos dice a renglón seguido, que la ira de Dios se encendió contra Salomón, y por eso le profetizó: “Que perdería buena parte del reino sobre el cual ahora gobernaba”. Hoy hablamos ciertamente de misericordia y de compasión, a propósito de lo que es el misterio de Dios; pero también tenemos que reconocer que la justicia y la cólera de Dios, han estado presentes a lo largo de la historia sagrada, y se ve claramente reflejado aquí en el libro de los Reyes a propósito de la infidelidad del rey Salomón. En ese mismo sentido podemos destacar el salmo 105, cuando hablando de esa infidelidad e idolatría del pueblo de Israel, afirmará: “Emparentaron con los gentiles, los paganos; imitaron sus costumbres, adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos”. Y nuevamente nos dice: “La ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad”. Por eso como asamblea litúrgica decimos en el salmo de hoy: “Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo”. Y dirá también el salmista: “Dichoso el hombre que respeta el derecho, que practica siempre la justicia y clama, acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo, visítame con tu salvación”. Esa es la eterna lucha en el corazón humano, entre la lealtad al Dios verdadero, al Dios de la Biblia, al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, o la lealtad a los falsos ídolos del mundo. Pues bien, esta primera lectura y el salmo, nos preparan para el evangelio de hoy, tomado del capítulo 7 de san Marcos, donde se ve la batalla de la fe, curiosa y paradójicamente, no de un judío perteneciente al pueblo de Dios, sino de una mujer pagana, griega, sirofenicia para mayor exactitud; y vemos la fe suplicante de esta mujer, que nos muestra que lo más importante no es la lealtad a una fría ley, sino sobre todo la fe en Jesús, el enviado de Dios. Y a renglón seguido nos quiere mostrar el evangelista san Marcos: “Que la fe y la salvación no tienen nacionalidad, que el mensaje universal de Jesús, no conoce de fronteras culturales, de nación, de raza, de lengua o de color; es para todos y toca profundamente a todos, porque conoce ese mensaje de Jesús como nadie, nuestra universal condición humana”. Pero centrémonos en tres aspectos fundamentales del evangelio de hoy, que muestran en la fe de esta mujer pagana, características universales que cada uno de nosotros debe tener a la hora de esa fe orante, de esa fe suplicante en las pruebas y en las situaciones límites de la vida. La primera actitud es la humildad, con la que la mujer pagana se dirige a Jesús, cuando ella misma, como decían los judíos en la época de los paganos: “Perros paganos”, ella se reconoce un sencillo perrito, que es capaz de comer las migajas de pan, que caen de la mesa de los hijos, hablando del pueblo de Israel, que preferentemente se llamaban a sí mismos, los verdaderos descendientes, los auténticos hijos de Dios. Hoy, descubre que sin humildad, no puedes acceder al corazón de Cristo, sin una fe suplicante que reconoce su debilidad, su pecado, sus limitaciones radicales, es imposible acceder a Dios. La historia de la Biblia nos muestra, como Dios siempre se derrite como la nieve en el sol, ante el hombre o la mujer de corazón humildes y por el contrario, resiste la soberbia, el engreimiento, la autosuficiencia, el intelectualismo o racionalismo de los hombres. Pero hay una segunda característica de esa fe suplicante, y es la profunda confianza, que la mujer pagana tiene en Jesús. En efecto, primero lo busca porque ha oído hablar de Él, y de alguna manera ha ido creciendo su fe, su confianza en Él, pero en segundo término, confiadamente se postra en un gesto corporal muy diciente, (se echa a los pies de Jesús). Hoy reconoce que si no tienes una radical e incondicional confianza en Jesús, como el que puede renovar tu vida, sanar tus enfermedades, restituir tu matrimonio, convertir el corazón de un hijo, ayudarte a superar las más difíciles pruebas, tu fe suplicante se quedará a mitad del camino; solo por una grande confianza que es un regalo de Dios de todos los días, toda la vida, podremos alcanzar la bendición divina, en el momento en que oramos, suplicamos con fe. Finalmente, además de la humildad y la confianza, encontramos una tercera característica de la fe de esta mujer, que le lleva a ganar la batalla frente a Jesús y alcanzar precisamente que su hija que estaba enferma, pueda ser sanada; esta tercera característica es la perseverancia, que es virtud propia de los santos. Siempre les diré, que iniciar en la vida con Dios es de muchos, perseverar en la vida con Dios es de pocos, terminar hasta la muerte en la vida con Dios, es solo de los santos, de los hombres, de hombres y mujeres únicos. Esta mujer fue perseverante, no se dejó desanimar ante las respuestas destempladas de Jesús que querían poner a prueba su fe y por eso alcanzó la gran bendición de ver la sanación de su hija. Que el Señor, nos dé a todos una fe humilde, confiada y perseverante y que nos bendiga y a ti de manera particular en este día, te bendiga abundantemente, en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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