¡Que pueda ver!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Marcos 10, 46-52
Lecturas de hoy
Primera Lectura: Jr 31, 7-9
Esto dice el Señor:
“Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos;
proclamen, alaben y digan: ‘El Señor ha salvado a su pueblo, al grupo de los sobrevivientes de Israel’.
He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra.
Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz.
Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los guiaré;
los llevaré a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán.
Porque yo soy para Israel un padre y Efraín es mi primogénito”.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
Salmo Responsorial
Salmo 126/125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6
R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio,
creíamos soñar;
entonces no cesaba de reír nuestra boca
ni se cansaba entonces la lengua de cantar. R.
R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Aun los mismos paganos con asombro decían:
“¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!”
Y estábamos alegres,
pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor. R.
R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Como cambian los ríos la suerte del desierto,
cambia también ahora nuestra suerte, Señor,
y entre gritos de júbilo
cosecharán aquellos que siembran con dolor. R.
R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Al ir, iba llorando, cargando la semilla;
al regresar, cantando vendrán con sus gavillas. R.
R. Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
Segunda Lectura: Hb 5, 1-6
Hermanos: Todo sumo sacerdote es un hombre escogido entre los hombres y está constituido para intervenir en favor de ellos ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. Por eso, así como debe ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo, debe ofrecerlos también por los suyos propios.
Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. De igual manera, Cristo no se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote; se la otorgó quien le había dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice otro pasaje de la Escritura: Tú eres sacerdote eterno, como Melquisedec.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Evangelio de Hoy: Mc 10, 46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.
Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
La preciosa lectura del profeta Jeremías, nos invita en labios del Señor: “A gritar de alegría, a regocijarnos por la flor de los pueblos, a proclamar la alabanza diciendo, el Señor ha salvado a su pueblo, el Señor ha salvado a su pueblo”. Y afirmará: “Los ciegos verán, los cojos caminaran, las preñadas paridas volverán a tener numerosos hijos, los que vengan llorando, yo los guiaré entre consuelos, los llevaré a torrentes de agua por caminos llanos, sin tropiezos”. Y culmina la promesa profecía de Jeremías, afirmando: “Que el Señor será un Padre para Israel, Efraín será mi primogénito”.
Esta primera lectura de Jeremías, está muy en consonancia con el salmo que hoy la liturgia de la Iglesia entona en asamblea orante: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Recoge, Señor, a nuestros cautivos, como los torrentes del Neguev; los que sembraron en su momento con lágrimas, hoy cosechan entre cantares y alabanzas. Al ir al destierro iban llorando llevando la semilla, al volver a la tierra de origen, vuelven cantando, trayendo sus gavillas”.
Pero esta lectura de Jeremías y el salmo responsorial, nos preparan para entender la imagen magnífica del evangelio de Marcos, capítulo 10, cuando nos habla de la historia de un ciego, que es la historia de cada uno de nosotros. Detallemos en esta parábola o imagen lo que es la condición humana universal, donde todos nos podemos ver claramente retratados, fotografiados. Descubrámoslo en siete momentos puntuales.
El primero, Jesús, saliendo de la cálida ciudad de Jericó, (que está incluso bajo el nivel del mar), se encuentra con un ciego en condiciones deplorables, mendigo al borde del camino, sin nadie que lo socorra, sólo se sabe de él su nombre, Bartimeo. Hoy siente que tú y yo somos un poco esos mendigos de la vida, mendigos de amor, mendigos de perdón, mendigos de paz interior, mendigos de reconciliación con nosotros mismos, mendigos de libertad, mendigos de la vida de Dios en nosotros. Como mendigos nos sentimos ciegos, incapaces de ver la profunda luz de Dios porque nos falta fe, y caminando muchas veces de caída en caída, de golpe en golpe, porque no somos capaces de avanzar.
Pero en un segundo momento este ciego escucha que Jesús el Nazareno, el taumaturgo, el profeta, el rabino, aquel hombre excepcional, pasa por el camino de Jericó y él, esperanzado en que le puede ayudar, empieza a gritar y lanza una expresión que me gusta repetir, es la gran llave que abre el corazón de Dios, y esta gran llave es clamar la misericordia y la compasión divina. En efecto, el ciego grita: “Jesús, Hijo del rey David, descendiente del rey David, ten compasión de mí, ten misericordia de mí”.
Pasamos a una tercera escena y encontramos que la gente, lejos de animar un encuentro del ciego mendigo Bartimeo con Jesús, lo regañan para que se calle y no perturbe al Maestro. Hoy, ¿cuánta gente te ha desanimado en tu fe, y dice, de qué te ha servido buscar a Dios?, mira lo de la iglesia ¿quién cree en ella?, mira cuánto has ayudado a otros y mira cómo te han pagado mal. No faltan esos profetas de tragedias, que lejos de animar tu fe, la desaniman, te desesperanzan, pero no fue el caso de Bartimeo, que, aunque la gente lo regañaba y le increpaba para que se callara, él con más fuerza en esta tercera escena, grita con mayor intensidad: “Hijo de David, ten compasión de mí”.
Hace 2000 años, hablar de Jesús como el Hijo de David es reconocerlo como el verdadero profeta de Dios, descendiente del rey paradigmático en Israel, el rey David. Este segundo grito llamó la atención de Jesús y escuchamos en una cuarta escena, que, rodeado el Maestro de los suyos, les pide que llamen al ciego Bartimeo. La gente, en efecto, le dice: “Ánimo, levántate”, (qué expresión tan pascual, y resucitadora). “Ánimo, Bartimeo, levántate, que el Maestro ya te ha escuchado y te llama”. Hoy siente, que también, aunque hay personas que te pueden desanimar, también hay buenos amigos, buenos familiares, ángeles que Dios manda a nuestra vida, que nos dicen, ¡Ánimo, ánimo, levántate de tu caída, levántate de tu sufrimiento, levántate de este problema, acércate a Jesús!
En una quinta escena nos dice, que el ciego mendigo Bartimeo soltó el manto, de prisa dio un salto y se acercó presuroso a Jesús. Qué respuesta tan bonita, tan diligente del ciego Bartimeo, y a la pregunta de Jesús, (mirándole con ternura con toda probabilidad) que le dice Jesús ¿qué quieres que haga por ti? Hoy siente que el Señor te dirige esta pregunta profundamente existencial, cuando tú gritas en tu sufrimiento, en medio de tus deudas, tu quiebra económica, tu enfermedad, esa disfuncionalidad de tu familia, ese proceso de divorcio, esa situación de depresión, ese problema de relación con un hijo, esa incapacidad para perdonar, esa ansiedad y turbación en la que vives, hoy el Señor te dice, ¿qué quieres que haga por ti?
Pero pasada esta escena pasamos a una sexta y penúltima, donde Bartimeo, que, aunque parecía ciego, en el fondo de su corazón no lo era y tenía una luz interior potente, pide a Jesús lo más grande que puede pedir un hombre para su vida y le dice: “Rabbí, Rabboni, Maestro, que recobre la vista, que pueda ver”. No pidió comida y era un mendigo, no pidió dinero y era un mendigo, no pidió vestido y era un mendigo; pidió algo más importante que el dinero, la comida o el vestido, pidió poder ver, tener luz en su vida. Qué impresionante esta petición, y en este sexto momento le dirá Jesús: “Que recuperes por tu fe la vista”, y nos dice que en ese momento recuperó la vista el ciego Bartimeo. Lo más grande que tú puedes pedir a Dios, más allá de ganarte una lotería, tener un súper empleo, hacer muchos dólares en un emprendimiento digital, viajar por todo el mundo, tener a la mujer o al hombre de tus sueños, más allá de esas pequeñas perlas o pequeños tesoros del mundo que piensas que es la gran cosa, pídele al Señor tener la luz de la fe, mirar la vida con los ojos de Dios, ver en profundidad qué es esencial y qué no lo es en la vida.
Y concluirá el evangelio diciendo: “Que lo ha sanado” en la séptima escena, y que el hombre, después de ser sanado, empezó a ser discipulado, a ser seguimiento de Jesús por el camino. Hoy a ti y a mí nos van pasando los años, las locuras de la vida juvenil han quedado atrás, los errores gastándole tiempo, energía y salud a lo que no valía la pena ha quedado también atrás, y hoy, tú y yo pidamos luz para apuntar a lo esencial en la vida. Recuerdo que algún autor espiritual, hablando de en qué consiste la santidad afirmaba: “La santidad consiste en apuntar, apuntar, en mirar lo esencial en la vida”, y los años nos pasan y descubrimos, que Él único esencial en la vida es Dios, manifestado en la persona de Jesucristo, que lo único esencial es la vida divina que queremos ahora y queremos de manera definitiva en lo que hemos llamado el reinar de Dios, el Reino de los Cielos. Tú decides si quieres seguir siendo un eterno ciego, viviendo entre sombras, caídas y golpes, o pedir a Jesús la luz más alta, la luz de la fe, para mirar qué es lo esencial en la vida y empezar el seguimiento feliz de Jesús.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.