¿Por qué tengo miedo?

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 14, 22-36 Lecturas del Día de Hoy: Primera Lectura: del libro de los Números 12, 1-13 En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés, a causa de la mujer cusita que había tomado por esposa. Dijeron: «¿Ha hablado el Señor solo a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?» El Señor lo oyó. Moisés era el hombre más sufrido del mundo. El Señor habló de repente a Moisés, Aarón y María: «Salgan los tres hacia la tienda del encuentro». Y los tres salieron. El Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la tienda, y llamó a Aarón y María. Ellos se adelantaron, y el Señor les dijo: «Escuchen mis palabras: Cuando hay entre ustedes un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; en presencia y no adivinando contempla la figura del Señor, ¿Cómo se han atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?» La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó. Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida, como nieve. Aarón se volvió y la vio con toda la piel descolorida. Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón, Señor; no nos exijas cuentas del pecado que hemos cometido insensatamente. No la dejes a María como un aborto que sale del vientre, con la mitad de la carne comida». Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala». Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 51(50), 3-4. 5-6. 12-13 Misericordia, Señor: hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Misericordia, Señor: hemos pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra Ti, contra Ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Misericordia, Señor: hemos pecado. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu Santo Espíritu. Misericordia, Señor: hemos pecado. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 22-36 Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: ¡Animo, soy Yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Él le dijo: ven. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entro miedo, empezó a hundirse y grito: Señor, sálvame. En seguida Jesús extendió la mano, lo agarro y le dijo: ¡qué poca fe! ¿por qué has dudado? En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: ¡Realmente eres hijo de Dios! Terminada la travesía, llegaron a la tierra en Genesaret, y los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedía tocar siquiera la orla de su manto, y cuantos la tocaron quedaron curados. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¿Por qué tengo miedo? En un precioso texto, el evangelio de san Mateo en el capítulo 14, nos muestra “cómo nuestra fe debe ser firme, fuerte, sólida, sin intermitencias como la luz de las estrellas. Luz que va y viene, luz que parece encenderse y apagarse”. Descubramos momentos centrales a partir del evangelio de hoy. Estaban los discípulos en la noche en el mar y Jesús se acerca caminando sobre el agua. Ellos no alcanzan a percibir la presencia clara y nítida de Jesús, y en medio del viento contrario piensan que puede ser un fantasma. A veces acontece en nuestra vida que no tenemos claridad de cómo Jesús, en personas concretas y en situaciones particulares, camina a nuestro lado. Nos dice a renglón seguido: “Que cuando los discípulos ven a Jesús caminar sobre el agua, se asustan y se llenan de miedo pensando que Él es un fantasma”. Hoy descubre que la presencia de Dios sobrecoge, pero que no hay lugar al temor. Dios que es amor, Dios que es verdad, Dios que es bondad, Dios que es justicia, Dios que es belleza, no da lugar para el miedo y para el temor en el ser humano. ¡Sobrecogidos por su grandeza, sí, pero con temores y miedos no! De hecho, en un tercer momento de la escena evangélica encontramos cómo Jesús los invita al ánimo, al temple y a la confianza a sus discípulos y les dice: “No tengan miedo, soy Yo que estoy acercándome a la barca, a la barca de sus vidas”. Sin embargo, el apóstol Pedro, el eterno Pedro que ciertamente era un líder, pero un hombre también de emociones primarias toma la vocería del grupo y le dice a Jesús en medio de la noche: “Si en verdad eres tú el que camina sobre el agua acercándose a nuestra barca, sino eres un fantasma, dame una prueba para que yo pueda creer. Permíteme que yo haga lo mismo que tú estás haciendo, que yo camine sobre el agua, lo que es imposible como tú lo estás haciendo”. Jesús invita a Pedro a salir de la seguridad de la barca y a acercarse a Él, y le dice: “Ven”. Pedro, arrojado, audaz, pero también al mismo tiempo cobarde, se baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua, quizás maravillado, olvidando que uno solo puede caminar sobre el agua, sobre un imposible, cuando tiene, como dice san Pablo “los ojos fijos en Jesús y cuando es capaz de caminar en solo confianza en Dios, sin miedos”. Pero nos dice “que el viento huracanado sopló con fuerza, era la madrugada, la hora más oscura de la noche, y Pedro sintió miedo. Y parece que con el miedo fallaron todas las seguridades y falló sobre todo su fe en Jesús y de manera simultánea con el miedo del apóstol Pedro, empezó a hundirse su vida, a desmoronarse su proyecto”. Hoy, tú y yo, cuántas veces hemos vivido la escena del apóstol Pedro que le decimos a Jesús creo en ti, confío en ti, mándame hacer imposibles en mi vida como caminar sobre el agua, los ojos fijos en ti sin temor, avanzando con confianza. Pero de repente, por una situación adversa, por una circunstancia contraria, por un viento huracanado, sentimos miedo, la fe se rompe y se derrumba y empezamos a hundirnos en nuestra vida. Pedro, como nosotros, grita lleno de ansiedad y de angustia: “Señor, sálvame”. No es propiamente una voz confiada la que está hablando a Jesús, sino que es un grito desesperado de un hombre que siente que el mundo y el piso se abre bajo sus pies. En ese momento nos dice “que Jesús extendió la mano y tomó a Pedro del brazo”, indicando lo cerca física y materialmente que estaba Jesús del apóstol Pedro y que él no había alcanzado a reconocer en medio de la oscuridad de la noche y del viento huracanado. Pero Jesús reprende al apóstol y le dice: “Que poca fe, ¿por qué has dudado?” Y solo cuando Pedro con Jesús suben a la barca, la tempestad amaina, los vientos contrarios se calman, la bonanza y la serenidad llegan al mar y todos los discípulos, admirados ante semejante poder sobre los signos cósmicos, los signos de la naturaleza exclaman ¡Realmente eres el Hijo de Dios! Hoy, a partir de este pasaje evangélico, te invito para que tengas una fe sin intermitencias, una fe constante, que no se deje romper, no se deje derrumbar ante una prueba, ante un viento contrario en la vida. Es más, la fe de los grandes en la Biblia se muestra y demuestra más claramente en los momentos de adversidad, de turbación en el alma o de pruebas exteriores. ¡Señor, yo creo, pero fortalece mi fe! Ten misericordia de mí por tantas veces que he tenido dudas, he tenido oscuridades en mi fe hacia ti, Señor. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día y te conceda fortalecer tu fe y mantenerla cada día. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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