¡Padre!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2024-02-22T02:52:45Z
dc.date.available2024-02-22T02:52:45Z
dc.date.issued2024-02-20
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Hablamos de las lecturas bíblicas que nos presenta este día, encontramos en un primer momento, la fuerza en la eficacia de la oración. En efecto, encontramos en la primera lectura del profeta Isaías, capítulo 55, como de manera poética nos habla Dios y afirma: “Así como bajan del cielo la lluvia y la nieve, y no regresan al cielo, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra divina que sale de la boca de Dios, no volverá a Él sin resultado, sino que hará su voluntad y cumplirá su misión”. Hoy reconoce la eficacia de la oración y la eficacia de la palabra divina, cuando oramos precisamente con la Palabra de Dios; aprende que la única oración ineficaz, es aquella que no se hace. Pero esto nos prepara para entender y asumir mejor el evangelio de hoy, cuando Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, les invita a que cuando oren, no usen muchas palabras como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán más escuchados por Dios, y hace una precisión fundamental: “El Padre de los cielos, el Padre de la vida y del amor, sabe qué nos hace falta a cada uno de nosotros, aun antes de que lo pidamos”. Es en definitiva una invitación a la confianza en Dios y a una oración simple, elemental, donde más importante que la abundancia de palabras, es la recta intención del corazón, y es ahí cuando Jesús enseña a sus discípulos y en ellos a todos nosotros, la humanidad en el paso de los siglos, a orar con la plegaria que hemos llamado el Padre Nuestro u oración del Señor. En efecto, Jesús, en un espíritu filial, esto es, de Hijo, le dirá al Dios de los cielos: “Abbá”, un vocablo arameo que parece intraducible, pero que se acerca a la expresión ¡Papacito!, ¡Papito querido!, es de alguna manera la expresión cargada de emoción y de confianza de un niño judío de dos años, tres años de edad, que es capaz de dirigirse a su padre en la tierra, para poner toda su confianza en él. Así, Jesús declara: “Que Dios no es energía cósmica, no es un Dios que está más allá del tiempo y del espacio y que por el contrario, es cercano, cálido, como un padre amoroso que se preocupa por las necesidades de cada uno de sus hijos”. De hecho, muchos entendidos en la Sagrada Escritura afirmarán: “Que en la llamada oración del Señor, la palabra más importante es la primera, Padre, porque nos enseña de manera revolucionaria en tiempos de Jesús y aun ahora, 2000 años después, que Dios es sobre todo una relación paternal, es sobre todo una experiencia de amor, de misericordia, de protección y de guía, como lo hace un padre bueno frente a sus hijos”. A renglón seguido en la plegaria del Señor, aparecerán tres expresiones dirigidas directamente al Padre de los cielos y que van encaminadas a que ¡venga el Reino de justicia, el reino de amor, el reino de bondad, el reino de justicia de Dios, a que su nombre sea siempre santificado y que se haga su voluntad en la tierra, como ya se realiza la voluntad divina en el cielo! Tres acciones: “Santificar el nombre de Dios, pedir su reino de justicia, de gracia, de paz y de amor, y pedir que se realice su voluntad en el mundo, como ya se hace en el Reino de los cielos”. Y finalmente, en la segunda parte de la oración del Señor o Padre Nuestro, se formulan cuatro plegarias, dirigidas puntualmente por nosotros los hombres y por nuestras necesidades. De esas cuatro plegarias describimos la primera: “Pedir cada día el pan material, cubrir nuestras necesidades existenciales en la cotidianidad. Jesús no pide danos el pan de la semana o del mes, sino el pan diario, precisamente para que tengamos una diaria relación de oración, de amistad y de súplica con el Padre de los cielos”. Pero luego viene la enunciación más larga de todas, se pide al Padre Dios que “perdone nuestras faltas, nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. En el fondo nos quiere decir, que no hay verdadero perdón de Dios, si nosotros no perdonamos verdaderamente a los hermanos que nos han ofendido. Volverá precisamente sobre esta parte final del texto evangélico cuando recalcará Jesús: “Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes les perdonará el Padre celestial”, pero hace una advertencia que resulta verdaderamente exigente para nuestra vida cuando Jesús aclara: “Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”. ¡Qué compromiso!, no puede tratarse de la ley del embudo, pedir perdón a Dios por nuestras ofensas, pero ser incapaces de perdonar las pequeñas faltas que otros han cometido conmigo. Pero avancemos en estas súplicas que dirigimos al Padre Dios, y además de pedir el pan de cada día, uno y de que sean perdonadas nuestras ofensas, dos, nos invita en un tercer momento: “A no caer en la tentación”. Jesús reconoce cuán débiles somos los seres humanos, cuán frágil es nuestra naturaleza personal y en el fondo no nos invita a no tener tentaciones, sino a no caer en la tentación, porque siempre seremos tentados de ambiciones, de egoísmos, de rencores, de envidias, de incapacidades para amar, de vicios y pasiones ocultas; sólo pedimos en nuestra fragilidad: “No me dejes caer en la tentación”. Y concluirá la plegaria del Señor con una cuarta afirmación aplicada a los hombres y a la humanidad: “Líbranos de todo mal”. Es que el mal del mundo, el mal de la guerra, el mal de la injusticia, el mal de la violencia, el mal de la explotación del hombre por el hombre, siempre ha asustado, angustiado a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Con razón decimos en el salmo responsorial de hoy: “El Señor libra al justo de todas sus angustias”. Hoy pidamos confiar al Señor, jamás sentirnos decepcionada por Él, porque Él escucha el clamor del hombre pobre y lo libra de todas sus angustias. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Mateo 6, 7 – 15 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del Mal”. Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también a ustedes los perdonará su padre Celestial. Pero si no perdonan a los hombres , tampoco su Padre perdonará sus ofensas». Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAbba
dc.subjectAmor
dc.subjectCorazón
dc.subjectDios
dc.subjectOración ineficaz
dc.subjectPadre amoroso
dc.subjectRecta Intención
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡Padre!
dc.title.alternativeOración

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