¡Rema mar adentro!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 5, 1-11
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Is 6, 1-2a.3-8:
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo:
-¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos,
la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije:
-Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.
Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
-Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
-¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?
Contesté: -Aquí estoy, mándame.
Palabra del Señor. Te alabamos Señor
Salmo del día de Hoy:
Salmo (138)137, 1-2a.2bc-3.4-5.7c-8:
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Daré gracias a tu nombre
por tu misericordia y tu lealtad.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Extiendes tu brazo y tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.
Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Segunda lectura: 1Co 15, 1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Hermanos:
Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe.
Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago,
después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Evangelio del día de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 5, 1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó: -Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
La impresionante visión del profeta Isaías cuando contempla a los ángeles y serafines que se gritaban uno a otros diciendo: “Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria”, hace que el profeta se sienta desbordado y sobrecogido, ante semejante visión. Afirmará: “Ay de mí, estoy perdido, soy un hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo”. Sin embargo, continuando con la visión nos dice: “Que uno de los seres de fuego voló hacia Isaías con ascuas encendidas en la mano que había tomado del altar con unas tenazas, y las aplicó en la boca del profeta. Y le dijo, al tocar esto tus labios ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”. Isaías entonces comprendió que era un elegido por el Señor y que él de alguna manera necesitaba de su voz, de sus fuerzas, de su vida, para anunciar el mensaje de Dios. De hecho, escuchará la voz del Señor que afirmará: ¿a quién enviaré?, ¿quién será mi elegido?, ¿quién irá por nosotros? Isaías, dócilmente guiado por el Espíritu, le dirá al mensajero divino: “Aquí estoy, mándame”. Así es la tarea de todos aquellos que a lo largo de los siglos se han sentido elegidos por Dios, liberados de sus culpas, sanados de su pecado, iluminados por el fuego divino, quemados por las brasas del Altísimo. Son hombres llenos de espíritu de fuego que son capaces de anunciar la vida nueva que sólo encontramos en Jesús.
Eso aconteció a Pablo, quien en la segunda lectura de la liturgia del día de hoy, nos muestra ese anuncio kerigmático o anuncio fundamental de la fe, cuando nos dirá con autoridad: “Que Cristo murió por nuestros pecados (según estaba profetizado en las Escrituras), que según ellas mismas fue sepultado, pero que también según el texto santo al tercer día resucitó, apareciéndose a Pedro, al grupo de los 12, y luego a más de 500 hermanos, y finalmente a él como un aborto, siendo indigno apóstol, porque en principio fue un perseguidor de la Iglesia de Dios, y la gracia que en principio se había frustrado, ahora hace que Pablo sea el gran anunciador, el gran evangelizador”.
Pero estas lecturas nos preparan para entender mejor el evangelio de Lucas, donde descubrimos cómo la gente agolpada en torno a Jesús para escuchar su palabra y Él apartándose de la orilla en el lago de Galilea (concretamente en la parte de Genesaret), sube a una de las barcas, la de Simón Pedro, y enseñaba con paciencia y sabiduría a la gente. Luego da una orden autoritativa a Simón Pedro: “Rema mar adentro y echa las redes, la atalaya para pescar”. Pedro pone una objeción: “Maestro, Tú sabes que soy pescador, que he intentado, he bregado pescar toda la noche y sin embargo, la pesca ha sido infructuosa, no hemos cogido, no hemos pescado nada. Pero por tu palabra, creyendo en Ti, fiándonos de tu promesa, echaremos las redes”. Y nos dice el evangelista Lucas: “Que, puestos a la tarea, alcanzaron una redada tan grande de peces que la red se reventaba. Allí donde había escasez viene la abundancia, donde no había nada actúa Dios y aparece el todo de la salvación”. Nos dirá el evangelista Lucas: “Que los otros compañeros de la barca vecina, los apoyan para recoger la atalaya repleta de peces, hasta el punto de que la red o las barcas se querían hundir y la red parecía reventarse”. Pedro, asombrado, le dirá a Jesús: “Señor, kyrios, Tú eres Dios”. Siente su pequeñez, su limitación, y le dirá: “Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador”. La sorpresa, el estupor, el asombro, la maravilla de la acción de Dios se había apoderado de Pedro, de Santiago, de Juan y de los pescadores que estaban con ellos. Jesús, con autoridad les dirá: “No tengan miedo, de ahora en adelante no serán simples pescadores de peces, sino pescadores de hombres, pescadores de almas”. Y Lucas concluirá el evangelio diciendo: “Que, dejando tal, las barcas, su familia, dejándolo todo, empezaron el seguimiento, el discipulado de Jesús”.
Hoy, cuando tú y yo sentimos que a veces hemos obtenido pocos frutos en nuestra vida, una pesca exigua, pequeña, escasa, cuando nos hacemos esta reflexión tan existencial: ¿qué he hecho de mi vida con 45, 60 años?, ¿qué frutos he alcanzado? El Señor nos invita a echar las redes, a remar mar adentro en el océano del misterio de Dios, a conocer su amor que no conoce de límites, a experimentar la vida divina, a saber, que sólo en Él hay salvación y vida plena. Remar mar adentro es dejar de fiarnos de las seguridades humanas y materiales, para aprender a vivir en fe, apoyados solo en la Palabra y en las promesas de Dios. Pero es que nuestro mundo tecnológico, nuestro mundo material, no quiere saber de inseguridades humanas, sino por el contrario, quiere vivir solo de lo que toca, experimenta, disfruta y conoce.
Con razón un psiquiatra español, habla hoy entre los jóvenes del síndrome de Simón y desglosa esta palabra Simón (s, i, m, o, n) diciendo que las nuevas generaciones hoy son incapaces de espiritualidad y de trascendencia porque son como Simón: S, superficiales, I, inmaduros, M, materialistas, O, obsesivos por el trabajo y el dinero, N, narcisistas. Tal vez es una afirmación muy crítica de este reconocido psiquiatra español (Enrique Rojas), pero nos pone a pensar, cómo el ser humano volcado a la materialidad, a la superficie de su existencia, mirándose solamente el ombligo, es incapaz de remar mar adentro, de buscar en la profundidad del océano del propio espíritu, la verdad más profunda de su vida, el sentido último de su existencia. Fuimos creados para volar alto como las águilas y no para tener vuelos pequeños, bajos y ramplones como las gallinetas. Tú decides que tipo de vida quieres llevar, pero hoy el Señor a ti y a mí nos dice, remen mar adentro, busquen en la hondura, en la profundidad de su océano espiritual y allá encontrarán una pesca, unos frutos abundantes, unos resultados magníficos que, en la superficialidad, en la materialidad, en el narcisismo, en la solitariedad en la que hoy vivimos, es muy difícil encontrar sentido y plenitud auténtica para la vida de cada uno.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén