¡Las cinco astucias de los hombres de Dios!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-11-13T21:26:03Z
dc.date.available2025-11-13T21:26:03Z
dc.date.issued2025-11-07
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Las cinco astucias de los hombres de Dios! La primera lectura tomada de la Carta de Pablo a los Romanos en el capítulo 15, nos habla de cómo el apóstol, a pesar de que esta comunidad de Roma haya recibido el evangelio, les escribe para recordarles lo que ya saben. Él se reconoce como el apóstol del mundo gentil, donde no ha sido conocido, ni anunciado el nombre de Jesús, y se siente de una manera particular, elegido por Dios para esta misión, inclusive con un carácter sagrado en este servicio apostólico. Y en más de una ocasión, el apóstol Pablo recordará este matiz en la vida cristiana: “Atender un llamado especial y a servir en el caso concreto de él a los gentiles, que por su fe en el Señor son capaces de ofrendar su vida, sus cuerpos, como hostias agradables al Señor”. Pero pasemos al evangelio que ha salido también hace algunas semanas a propósito del administrador astuto y tramposo que es echado de la administración de una finca y con gran habilidad, a los deudores de su amo les baja la cuantía de las deudas en trigo y en aceite, buscando ganarse “amigos en el mundo” para que lo acojan cuando quede sin empleo. Porque él no sabe pedir limosna, no sabe tampoco trabajar. Jesús reconocerá la habilidad de este hombre y desconcertantemente felicitará dicha habilidad. Y concluirá diciendo: “Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la Luz”. Hoy, a partir de esta imagen del administrador astuto, reconozcamos nosotros que estamos llamados a ser sagaces como serpientes, pero también mansos como palomas. Hay unas astucias del mundo que tienes que conocer y reconocer para no caer en la trampa o en el juego de los hijos de este mundo. Las grandes astucias, sin ser las únicas de los hijos del mundo, las podríamos presentar en cuatro grandes grupos. El primero, los astutos del mundo mienten, engañan, simulan, trampean, esconden sus verdaderas intenciones para utilizar, usar las personas, manipularlas, sacarlas de un empleo en una empresa, manejarlas como algunos líderes políticos. En su vida, sólo hay falsedad y engaño y es una astucia preferida por satanás. No en vano Juan 8, 44 lo llama “el padre de la mentira o el mentiroso desde el inicio del mundo”. Pero una segunda astucia del mundo es la adulación, la alabanza, la lisonja; decimos coloquialmente la “lambonería”. Las abuelas con gran sabiduría afirmaban: “El que te adula, miente”. O también decían: “Cuídate de aquellos que utilizan el método del farmaceuta”. Y me preguntarán ¿cuál es el método del farmaceuta? Primero te soba suavemente con un algodón antes de meterte la aguja con dolor. Eso hacen algunos, primero te soban, te acarician; luego ya muestran su verdadera intención sacarte dinero, aprovecharse de ti. Hoy reconocemos que todos, por el ego, somos permeables a los halagos, a los regalos, a las adulaciones. Pero Jesús, cuando quisieron hacerlo Rey, después de multiplicar pan y pescado, se alejó de la turba, de la multitud que no sabía lo que hacía, y simplemente se fue a un lugar sólo a orar y a descansar. Cuídate de esta esclavitud moderna en el mundo y en la cultura tecnológica, de buscar los likes, los suscriptores, los comentarios aprobatorios. Porque en el fondo terminamos esclavos, perdemos la libertad sobre los demás, porque les damos el poder de animar o desanimar nuestra vida según las aprobaciones o desaprobaciones digitales que nos den. Una tercera astucia del mundo es la vanidad, la ostentación, el presumir de relaciones sociales, políticas, presumir de viajes que tal vez no hemos hecho, de estudios que no hemos realizado, de bienes y riquezas que no poseemos, de conocimiento científico que no tenemos, de experiencias que nunca hemos vivido. Es el orgullo humano, es la falsa autosuficiencia, es el autoendiosamiento, el vivir para ostentar y aparentar ante los demás. ¡Qué locura! Cuántas palabras, cuántas decisiones equivocadas hemos tomado por pura y química vanidad humana, para quedar bien ante los demás. Cuánto dinero se invierte en una ceremonia matrimonial, en una fiesta lujosa, todo para que la gente muy impresionada hable luego bien de nosotros o de nuestra capacidad económica. Cuántas veces te metes en la compra de un carro, de un apartamento, de una finca sin tener la real riqueza o posibilidad económica, pero necesitas la aprobación continua, el aplauso, la lisonja y la necesidad de ostentar y aparentar ante los demás. En un cuarto grupo de astucias humanas, todas equívocas y tontas perdóname la expresión, está el egoísmo, la codicia de dinero, la envidia por el progreso de los demás, la ambición y la avaricia desmedida de riquezas y de bienes, a veces disfrazada de generosidad, de defensa de la verdad, de la moral, de nobles ideales, de la libertad, de la democracia. A veces, cuánta envidia sobre los demás, cuánto egoísmo humano, cuánta codicia y cuánta ambición en nuestro corazón presentado bajo nobles ideales, camuflado, mimetizado en nuestro corazón. Hoy te invito para que te cuides de esas falsas astucias humanas, de la mentira y la trampa que utilizó el administrador astuto en la parábola evangélica de este día. Pero concluyamos hablando de las astucias de los hombres de Dios, y te diré algunas que ojalá puedas aplicar en tu vida. La primera, obra siempre desde la verdad, obra con sinceridad en tu corazón, obra con rectitud y limpieza en el alma, recordando la bienaventuranza: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Recuerda que la verdad permanece serenamente y la mentira termina cayéndose con el paso del tiempo y por el peso tozudo de sus propias incoherencias. Nunca te arrepientas de obrar con sinceridad y con verdad. En primer lugar, de cara a ti mismo. En segundo lugar, de cara a los demás, a tu familia. Y, en tercer lugar, de cara a Dios, que en el fondo son tres aspectos de una misma sinceridad o rectitud en el obrar. Pero una segunda astucia de los hombres de Dios es la humildad que santa Teresa llamaba “la reina de las virtudes”. No en vano Jesús dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas”. También dirá Jesús: “Gracias, Padre, porque has revelado los secretos del Reino de los Cielos a los sencillos pequeños, (podríamos entender humildes de corazón)”. María, en el cántico del Magníficat que nos trae el evangelio de san Lucas, habla “de que Ella se siente dichosa porque Dios ha mirado la humildad, la humillación de su sierva”. Recuerda como Jesús nos dice: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Y la vida me ha mostrado que el hombre humilde siempre es agradable a los ojos de los hombres y amado profundamente por Dios. Que María, la humilde por excelencia, nos enseñe una sabiduría tan alta que nos va a ganar numerosas bendiciones en la vida. Pero en una tercera sabiduría de los hombres de Dios. Además, uno, de la verdad. Dos, de la humildad. Está el amor, que es la gran fuerza de la vida. Agustín de Hipona afirmará: “Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”. Y dirá san Pablo: “A nadie debas nada más que amor, porque en el amar está el cumplir la ley entera de Dios”, (a propósito de un evangelio que ha salido recientemente de una lectura de san Pablo). Hoy te invito para que entiendas que el amor es la fuerza más poderosa de atracción, de renovación, de sanación de heridas, de liberación, de ataduras y de redención humana. La entrega sacrificial de Cristo en la cruz fue sobre todo una entrega por amor que nos alcanzó la salvación para todos los hombres y mujeres de buena voluntad que queremos acogerla en nuestro corazón. En una cuarta astucia de los hombres de Dios está la fe y te invito a que leas Génesis 22, y encontrarás en el sacrificio de Abrahán sobre su hijo Isaac por qué es llamado Abrahán el padre en la fe. Y te invito a que leas la más hermosa página de toda la Biblia sobre la fe, hebreos en el capítulo 11, Nuevo Testamento. Estoy convencido que la fuerza de los santos que les permitió superar toda prueba, perseverar con paciencia heroica, levantarse una y otra vez de múltiples caídas, fue la fuerza de su fe. Y recuerda que por la fe el hombre siempre es agradable ante Dios. Oremos con fe, vivamos nuestra Eucaristía y en general, nuestra vida sacramental como hombres verdaderamente creyentes, hombres de una fe madura y sólida. En una quinta y final astucia de los hombres de Dios, está la esperanza que nos jalona hacia el futuro. La esperanza en el triunfo del bien sobre el mal, en la victoria de la vida sobre la muerte, aunque nos aterre. En el triunfo de la verdad sobre la mentira, de la paz sobre la guerra, de la justicia sobre las intrigas. Nuestra esperanza como creyentes no es una utopía, no es una quimera, no es un sueño, no es una mera expectativa, un optimismo humano; trasciende ampliamente estos conceptos. Nuestra esperanza es una realidad, es una Persona, Cristo Resucitado, triunfante y victorioso sobre el mal de la muerte, es nuestra gran esperanza. Y cuando sientas que las pruebas de la vida arrugan tu corazón, que la muerte de un ser querido te ha tumbado a la lona, que una quiebra económica te tiene sin dormir en las últimas semanas. Piensa que la victoria final es de Cristo y que la esperanza en Cristo nos tiene que llenar de paz, de alegría, de una expectativa luminosa sobre el futuro. Porque no hemos sido simplemente arrojados a la existencia, sino que somos conducidos amorosa y providencialmente por Dios. Cinco astucias. Uno. La verdad. Dos. La humildad. Tres. El amor. Cuatro. La fe. Cinco. La esperanza. Y créeme, frente a los tramposos de esta tierra, vive estas armas espirituales, estas astucias divinas, y tendrás una vida de bendición y de prosperidad. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 16, 1-8 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: de la carta del apóstol san Pablo a los romanos 15, 14-21 Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis de buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaros unos a otros. A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco. Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mí acción sacra consiste en anunciar el Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios. En Cristo Jesús estoy orgulloso de mi trabajo por Dios. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi medio para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del Evangelio de Cristo. Eso sí, para mi es cuestión de amor propio no anunciar el Evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; en vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la escritura: «Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán.» Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 98(97), 1.2-3ab.3cd-4 (R. cf. 2b) El Señor revela a las naciones su victoria. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor revela a las naciones su victoria. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. El Señor revela a las naciones su victoria. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad. El Señor revela a las naciones su victoria. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 16, 1-8 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: – ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: – ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: – ¿Cuánto debes a mi amo? Este respondió: -Cien barriles de aceite. Él le dijo: -Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe «cincuenta». Luego dijo a otro: -Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: -Cien fanegas de trigo. Le dijo: -Aquí está tu recibo: Escribe «ochenta». Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAmor
dc.subjectAstucias de Dios
dc.subjectEsperanza
dc.subjectFe
dc.subjectHumildad
dc.subjectSan Lucas
dc.subjectVerdad
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡Las cinco astucias de los hombres de Dios!
dc.title.alternativeAstucias de Dios

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