¡La ambición mata!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Lucas 12, 13-21
Lecturas del día de hoy
Primera Lectura: Ef 2, 1-10:
Hermanos:
Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente, bajo el jefe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios.
Antes procedíamos nosotros también así; siguiendo las tendencias sensuales, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, naturalmente, estábamos destinados a la reprobación como los demás.
Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó: estando nosotros muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo ¡por pura gracia estáis salvados!, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él.
Así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir.
Somos, pues, obra suya.
Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él determinó practicásemos.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo del día de hoy
Salmo (100) 99,2.3.4.5:
R. El Señor nos hizo y somos suyos.
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.
El Señor nos hizo y somos suyos.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
El Señor nos hizo y somos suyos.
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre.
El Señor nos hizo y somos suyos.
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades».
El Señor nos hizo y somos suyos.
Evangelio del día de hoy
Lc 12, 13-21:
En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
-Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
Él le contestó:
-Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros ?
Y dijo a la gente:
– Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.
Y les propuso una parábola:
Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.
Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida».
Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?»
Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
Description
TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
Con una exquisita agudeza teológica, el apóstol Pablo, en la primera lectura dirigida a la comunidad de Éfeso en el capítulo 2, nos habla de la muerte espiritual, la muerte del alma espiritual por el pecado que nos impide reconocer la acción de Dios en nuestra vida, y por el contrario, nos vuelve rebeldes contra Dios. Afirmará: “Hemos vivido siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos de nuestros instintos, de nuestra imaginación y por naturaleza, en esa desobediencia estábamos destinados a la ira de Dios”. Y reconocerá el apóstol Pablo: “Que todo este proceder mundano nos lleva simplemente a estar muy vivos a los sentidos, a los placeres, a los instintos, pero muy muertos en el espíritu, en la vida interior, muy muertos para Dios”.
Pero en un segundo momento, dentro de esta primera lectura, Pablo señalará a la comunidad de Éfeso: “Que Dios que es rico en misericordia y en amor con cada uno de nosotros, estando muertos en el alma por el pecado, nos ha hecho revivir con Cristo y ahora estamos salvados por pura gracia, hemos sido resucitados con Cristo y ha revelado la inmensa riqueza de su gracia a través de la Persona divina de Jesús”.
Hoy sintamos, que este mensaje no lo dirige sólo a la comunidad de Éfeso, sino a cada uno de nosotros: ¿has sentido que te has entregado al mundo?, ¿qué has creído en que el mundo te ofrecerá felicidad, plenitud, que al final te has sentido decepcionado, engañado miserablemente? Reconoce que cuando dejas entrar a Cristo en tu vida, cuando abres tu corazón a su gracia, experimentas una forma de vida que acaso nunca jamás habías tenido.
Y, en efecto, concluirá el apóstol Pablo en su carta a la comunidad de Éfeso (en la actual Turquía), y dirá: “Por gracia de Cristo ustedes (hablando de cada uno de nosotros), estamos salvados mediante la fe, y esto no viene por mérito de nuestra parte, sino que es don de Dios, no viene por nuestras obras, porque si viniera por obra o por mérito nuestro, nos permitiría presumir, enorgullecernos que somos buenos simplemente por nuestra voluntariedad, nuestro ascetismo, nuestra firmeza en ser buenos. Pero el ser hombres de Dios es sólo acción de la gracia de Cristo Resucitado en el corazón nuestro”.
Con razón, en el salmo litúrgico de hoy, el 99, decimos: “El Señor nos hizo y somos suyos”.
Pero pasemos al evangelio de la liturgia del día de hoy en Lucas capítulo 12, cuando un espontáneo entre la gente le pide a Jesús que le sirva de árbitro o de juez en la distribución de la herencia de sus padres, porque se está peleando con su propio hermano. Jesús le dice: “Que nadie, siendo Él el Hijo de Dios, lo ha constituido juez o árbitro, para distribuir la herencia entre dos hermanos ante la muerte de sus padres”, y lanza una máxima evangélica que a lo largo de los siglos ha retumbando en nuestros corazones y hoy te la digo con cierta solemnidad. Dirá en efecto Jesús: “Guárdense de toda clase de codicia, de toda ambición, pues, aunque uno ande sobrado de bienes, su vida eterna, la salvación del alma, no depende del dinero, ni de las posesiones materiales”. Y a renglón seguido, Jesús lanza una parábola que todos conocemos y que hoy vale la pena recordar a propósito de un hombre rico, cuyas tierras produjeron una grande cosecha y muy feliz el hombre que tenía mucha tierra, pensó donde almacenar la cosecha y se dijo en un monólogo porque nunca habla con nadie, sino solamente con sí mismo, atrapado por su propia riqueza y se dice: “Haré lo siguiente, derribaré las bodegas y graneros, construiré otros más grandes, almacenaré allí todo el trigo, todas las cosechas y bienes que he obtenido”. Y entonces me diré a mí mismo: “Alma mía, tienes alimento, cosechas y bienes almacenados para muchos años, ahora descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Y hasta aquí todo parece normal y parece que al hombre como diríamos nosotros, se le apareció la Virgen, la vida se le solucionó, todo lo tiene ya arreglado. Pero culmina el texto de hoy y la parábola evangélica cuando Jesús pone hablar al Padre Dios que le dice al hombre: “Insensato, esta noche te van a pedir el alma”, esa noche iba a morir. Y luego afirmará, ¿de quién será todas las cosechas, todos los alimentos, todos los bienes que has almacenado? Y concluirá magistralmente Jesús: “Lo mismo nos ocurrirá a todos nosotros, si siguiendo la lógica de este hombre, atesoramos, ambicionamos, acumulamos, codiciamos para nosotros mismos y no buscamos la única riqueza importante, ser ricos para Dios, ser ricos ante Dios por las obras de amor, de compasión y de generosidad, justicia y solidaridad que hayamos tenido con otros”.
Cuando veo algún programa de televisión que habla de la biografía o la vida de un famoso, de un súper millonario y al final ver su muerte y saber que la familia se pelea por la herencia y empiezan los escándalos de hijos naturales que han aparecido por fuera, pienso si esta persona, aunque ante el mundo era importante, admirada, conocida y reconocida, jugó su vida de manera insensata, porque atesoró y acumuló sólo para sí misma, pero no practicó la caridad y la justicia haciéndose rica ante Dios. Es que me gusta repetir esta afirmación, tú y yo, no lo sabemos y ojalá no lo sepamos, y mejor que no lo sepamos, pero tú y yo tenemos día, hora y lugar señalados. Ese día, hora y lugar de nuestra muerte, será nuestro juicio particular ante Dios y sólo seremos dueños en el tribunal de Dios, por aquellos bienes, dones, talentos, dinero, tiempo que compartimos con generosidad y no seremos dueños ante Dios en ese día supremo en que nos presentemos ante el tribunal divino, de aquello que con egoísmo, con codicia, con ambición, con avaricia retuvimos pensando que nos podía garantizar la vida eterna, la salvación definitiva del alma.
Hoy estamos advertidos, hoy Jesús nos dice que nos guardemos de toda clase de codicia, que va trabajando imperceptiblemente en el corazón, vemos la codicia en los otros, no en nosotros, y he conocido muchas personas con el mejor corazón, el alma más noble, pero el conseguir dinero, bienes, propiedades con alguna facilidad o por una destreza o inteligencia especial dada por Dios, les ha dañado el alma, les ha endurecido el corazón, los ha vuelto codiciosos y avaros en una carrera loca, muy loca por acumular y guardar y atesorar, olvidando que sin juventud los años pasan lentamente en la madurez y en la vejez los años apremian con mayor rapidez, que la vida se nos escapa, la salud se nos va, la juventud nos abandona y que los bienes, por más que nos generen una sensación de cierta seguridad, no deja de ser una seguridad aparente, porque la salvación eterna del alma no está garantizada ni por el dinero, ni por las posesiones, ni por los títulos valores o escrituras públicas que poseamos aquí en el mundo.
Que el Señor te bendiga abundantemente en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.