¡Protégeme y libérame del mal!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Marcos 5, 1-20 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: 2S 15,13-14.30; 16,5-13a: En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: Los israelitas se han puesto de parte de Absalón. Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: ¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población. David subió la Cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y todos sus acompañantes llevaban cubierta la cabeza y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándole según venía. Y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos. Toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey, y le maldecía: ¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino. Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: Ese perro muerto, ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá y le corto la cabeza! Pero el rey dijo: ¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas? Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizás el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy. David y los suyos siguieron su camino. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 3, 2-3.4-5.6-7 Levántate, Señor, sálvame. Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: «Ya no le protege Dios.» Levántate, Señor, sálvame. Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo. Levántate, Señor, sálvame. Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor. Levántate, Señor, sálvame. Evangelio de hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 5, 1-20: En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago en la región de los Gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en las tumbas, un hombre poseído de espíritu inmundo -ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: -¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes. Porque Jesús le estaba diciendo: -Espíritu inmundo, sal de este hombre. Jesús le preguntó: -¿Cómo te llamas? El respondió: -Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: -Déjanos ir y meternos en los cerdos. El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en el campo. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país. Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: -Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Continuamos meditando, la primera lectura que por estos días nos trae la liturgia de la Iglesia, a propósito del segundo libro de Samuel, que nos está hablando de la dinastía y del período como rey de David, arquetipo, modelo, para todo el pueblo de Israel por su ejercicio como rey, como un hombre sabio, no exento de equivocaciones, como el adulterio con Betsabé y el asesinato doloso e intencionado, de su fiel general Urías. Han venido consecuencias para el rey David, y encontramos que él está en este capítulo 15 del segundo libro de Samuel, en la etapa final de su reinado, donde tiene una vejez tempestuosa y en soledad. Su popularidad ha bajado y se le reclama el baño de sangre en su afán, por destruir a la familia de Saúl, porque todos entraban en insurrección por aquí y por allá, en la lucha por la sucesión, ¿quién sucedería al rey David a su muerte? Tal vez lo más doloroso para él, fue la traición y el odio enfermizo que su hijo Absalón, fue adquiriendo y alimentando contra su padre, el rey David, porque veía las intrigas y las preferencias y de alguna manera el destino de entregar el reinado de Israel, al hijo que David había tenido en su momento con Betsabé, (estamos hablando de Salomón). Su hermano Absalón no podía tolerar esto, él quería ser rey también, por eso sintiéndose excluido del trono, persigue con ferocidad a su padre y quiere matarlo. David, en su vejez, vencido en su salud y tal vez cansado de tantas batallas, quiere morir, se siente desanimado precisamente, por el dolor que le causa su hijo Absalón y por eso el pide al Señor, bajar pronto a la tumba. En este contexto entendemos el salmo responsorial de hoy, cuando dice el salmo: “Levántate Señor, sálvame. Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí, cuántos dicen de mí, ya no lo protege Dios. Pero tú eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza, si grito invocando al Señor, Él me escucha desde su monte santo, puedo acostarme y dormir y despertar. El Señor me sostiene, no temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor”. Es el dolor que recoge precisamente el corazón del rey David, viendo que hasta su propio hijo Absalón, se ha ido en su contra, se ha levantado en insurrección y quiere matarlo, para evitar que el trono lo herede su hermano medio, Salomón, hijo del rey David con Betsabé, y no que lo herede su hijo Absalón. Pareciera que se cumple la maldición del profeta Natán, con ocasión del pecado de David muchos años atrás. Pero pasemos al evangelio de hoy, en un conocido y enigmático pasaje, de la liberación de un poseso en la región pagana de los gerasenos. Quedémonos más allá del relato pintoresco que nos puede desviar del mensaje central del evangelio, cómo Jesús actúa con poder sobre las fuerzas del mal, las fuerzas demoníacas, esto es, las fuerzas que se oponen a la salvación. Es que el demonio en tiempos de Jesús es la simbolización, de todo poder enemigo de Dios; y la posesión que se muestra aquí sobre este hombre, más que detallar lo anecdótico de lo que acontece u ocurre con este hombre, quiere mostrar la liberación con poder que obra Jesús y que muestra precisamente que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios y que obra con el poder de Dios. En ese sentido tú y yo, que hemos vivido la realidad del mal, cuando en nuestro corazón hay odio, ambición de riquezas, opresión sobre otros, injusticias, mentira y doblez, egoísmo, incapacidad de amar a nadie, en esa gama amplísima de espíritus del mal que moran en nuestro corazón, reconozcamos que estamos llamados a proclamar ante el mundo, que Jesús nos ha liberado. Que en esto consiste el seguimiento de Jesús, en anunciar ese mensaje de que somos hombres nuevos, no solamente liberados de la posesión demoníaca del evangelio de hoy, sino todos nosotros estamos llamados a reconocer, la obra de sanación interior, la obra de levantamiento de nuestras caídas, la obra de liberación de nuestras cadenas, que con amor y paciencia, con sabiduría y en el tiempo, Jesús ha obrado en cada uno de nosotros. Si no has experimentado esta vida nueva de libertad, de sanación del mal, es porque todavía no has conocido la vida nueva de Jesús. Anímate y siente que lo más grande de la experiencia cristiana, es experimentarte liberado de toda atadura del mal y experimentando la vida nueva, la vida de amor y de paz, que sólo Jesús resucitado nos puede dar. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día, en tu trabajo, en tu familia, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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