¡El Pan de Dios!
| dc.contributor.author | Fundación Amén Comunicaciones | |
| dc.date.accessioned | 2025-12-05T16:26:01Z | |
| dc.date.available | 2025-12-05T16:26:01Z | |
| dc.date.issued | 2025-12-03 | |
| dc.description | TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡El Pan de Dios! La primera lectura tomada del Libro de Isaías en el capítulo 25, nos presenta cómo vencidos los enemigos, Dios prepara un banquete abundante para los suyos. De hecho, dirá Isaías: “En aquel día preparará el Señor del universo para todos los pueblos en este monte una fiesta de manjares suculentos, una fiesta de vinos de solera, los mejores, manjares exquisitos, vinos refinados”. Nos dice en un segundo momento cómo Dios instaurando su Reino, llevará a que el dolor desaparezca, sea siempre consolado y hasta la misma muerte que nos aterra a todos sea aniquilada. Literalmente dirá Isaías: “Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor enjugará, secará las lágrimas de todos los rostros y alejará del país el oprobio de su pueblo. Lo ha dicho, lo ha prometido el Señor”. Pero una tercera enseñanza de esta primera lectura está cómo el pueblo celebra y goza con la salvación. Y dirá de manera espontánea y unánime: “Aquí está Dios, en quien esperábamos, celebremos y gocemos con su salvación”. Y esta lectura de Isaías, leída en clave del Adviento, preparatorio a la Navidad, que iniciaremos el 25 de diciembre y que se extenderá por casi tres semanas hasta los primeros días de enero. Nos habla de que estamos llamados a gozar y alegrarnos y a celebrar la salvación con el Niño Mesías, cuyo nacimiento no sólo recordamos como un acontecimiento o como una acción del pasado, sino cuyo nacimiento recordamos o hacemos actual como una acción salvífica en el hoy de nuestra vida. Muy a propósito, también es el salmo litúrgico de este día que nos invita a reconocer: “Que el Señor es nuestro gran Pastor, que nos lleva a verdes praderas, nos conduce hacia fuentes tranquilas de agua para reparar las fuerzas del rebaño”. Era una figura o una imagen pastoril muy propia de la época de Jesús. Luego afirmará, siguiendo las estrofas: “Que, aunque en la vida haya situaciones difíciles y caminemos por cañadas oscuras en medio de la noche, no hay lugar al temor, al miedo en el creyente, porque sabemos que el Señor va con nosotros y como un buen pastor, su vara y su cayado nos sosiegan, nos sostienen, nos cuidan”. Continuará este salmo litúrgico del día de hoy afirmando “cómo el Señor prepara un banquete ante nosotros, enfrente de nuestros enemigos, nos unge la cabeza con perfume, y la copa del banquete rebosa”. Y concluirá diciendo: “Tu bondad y tu misericordia, Señor, me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Un deseo de todo creyente, el de la vida eterna, el de vivir en plenitud y no en imagen el Reino de los cielos y habitar en la casa del Señor por siempre, por años sin término. Pero pasemos al evangelio de san Mateo en el capítulo 15, cuando Jesús subió a la montaña desde el mar de Galilea, acudió a Él mucha gente llevando ciegos, sordos, mudos, tullidos, lisiados y enfermos de distintas clases. Nos dice Mateo que la gente sencilla ponían los enfermos a los pies de Jesús y Él los curaba. Y la gente se admiraba al ver hablar a los mudos, caminar a los tullidos, ver con vistas a los ciegos, y todos daban gloria a Dios. Hoy reconocemos como primera enseñanza que en Jesús podemos encontrar siempre el que cura, el que sana no solamente de la enfermedad, sino también del mal que a veces quiere apoderarse de nuestra vida. ¿Es que acaso tú y yo no hemos sentido que hay días en que al despertar y levantarnos parecemos ángeles, somos puro amor, puro servicio, puro perdón, pura entrega por los demás, pura comprensión y paciencia? Pero también ¿hay de aquellos otros días en que el mal quisiera apoderarse de nosotros y al despertarnos y levantarnos, somos pura impaciencia, puro enojo, rabia, soberbia, egoísmo, maledicencia, intolerancia, resentimiento con los otros, con la vida, no nos aguantamos ni a nosotros mismos? Qué misterio es el mal. Y Jesús, según nos dice el evangelio de hoy y leído en clave del Adviento, próximo a la Navidad, Jesús Niño, Jesús Mesías, viene a curar, viene a sanar el mal del corazón, el dolor del cuerpo. Pero en una segunda enseñanza se repite una sabiduría de evangelios precedentes, como Jesús es el hombre compasivo frente a la multitud hambrienta que llevaba tres días sin comer escuchándolo. Imaginamos la intensidad de esas correrías predicando, sanando, exorcizando, acompañando, imponiendo las manos, orando al Padre de los cielos cómo humanamente siente una compasión profunda por la multitud. Y reitero, es una invitación a que nosotros no olvidemos que una de las expresiones más grandes de una espiritualidad madura en la vida es la compasión humana. Cuando en ti o en mí no hay compasión por los demás, nuestra religiosidad es solo exterior, formal y de alguna manera estéril, no fecunda. Sólo cuando somos verdaderamente compasivos, cuando dañamos o cambiamos los planes de nuestro día, cuando invertimos nuestro tiempo en los demás como lo hacía Jesús, cuando renovamos nuestra existencia en función no de nosotros, sino de los otros, aprendemos compasión, nos movemos a la acción, sentimos que estamos llamados a ser instrumentos de Dios, las manos de Dios, los brazos de Dios, la voz del Señor, el corazón del Señor para los demás. Yo siento que anunciar el Evangelio, infundir en ustedes, queridos amigos y amigas, la Palabra del Señor es uno de los más grandes actos de compasión humana y universal. Porque más allá de darles pan material a través de esta sencilla reflexión, quiero darles el Pan de Dios. Recordando el famoso apotegma evangélico: “No solo, no sólo de pan vive el hombre; sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Que hoy tú, compadecido de tu familia, de tus hijos, les dediques tiempo, inteligencia, sabiduría, la compartas con tus hijos, con tus amigos, para hablarles del Señor, para exhortarles, sembrarles, infundirles la fe en el Señor. Y te lo aseguro, lo más grande que puedes hacer por un ser humano no es darle comida, no es darle bebida, no es darle un estudio hasta la universidad, no es darle bienes materiales, no es darle medicamentos todo esto es importante. Pero Jesús, haciendo todo esto, vino a darnos algo más grande a Dios mismo, el Pan de Dios. Y cuando descubrimos que, al recibir a Dios en nuestro corazón, estamos recibiendo lo más grande que un ser humano puede recibir en su vida. Sentirás que tu compasión humana es lo más hermoso y lo más grande, porque has sabido compartir, no de cosas pasajeras que van y vienen; sino que has sabido compartir y haberte compadecido de aquellos que no tienen el Pan de Dios en su vida. Por eso, esta multiplicación de los panes y los peces no es sólo material, sino que es sobre todo una prefiguración de la Eucaristía, por la cual nosotros alimentamos nuestra vida interior, nuestra vida espiritual. Y esta Eucaristía nos lleva a saciarnos y tiene tal poder que sobra en abundancia. Así como en el evangelio de hoy sobraron siete canastos llenos de pan. Hoy reconoce que en el Señor está el alimento de vida, la fuerza de la existencia, el consuelo para cada día, la paz para el corazón, la alegría del alma, la libertad más profunda. Y cuando nos alimentamos uno, de la Palabra de Dios. Dos, de la Eucaristía, la comunión diaria. Tres, la visita a Jesús Sacramentado. Cuatro, la fraternidad con los hermanos. Cinco, la caridad con los necesitados. Sentimos que Dios vive en nosotros y estamos dando testimonio que lo más grande que podemos hacer es dar a Dios al mundo y no darle al mundo las cosas meramente del mundo. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. | |
| dc.description.abstract | REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 15, 29-37 Lectura del día de Hoy: Primera Lectura: Isaías 25, 6-10a: Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.» Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 23(22), 1-3a.3b-4.5.6 (R. cf. 5a) Habitaré en la casa del Señor por años sin término. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Habitaré en la casa del Señor por años sin término. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Habitaré en la casa del Señor por años sin término. Preparas una mesa ante mi, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Habitaré en la casa del Señor por años sin término. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. Habitaré en la casa del Señor por años sin término. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Mateo 15, 29-37: En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en Él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y Él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.» Los discípulos le preguntaron: – «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?» Jesús les preguntó: – «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: – «Siete y unos pocos peces.» Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús. | |
| dc.identifier.uri | https://repositorioamencomunicaciones.com/handle/123456789/1154 | |
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| dc.subject | Alegría del alma | |
| dc.subject | Alimento de vida | |
| dc.subject | Confianza en Dios | |
| dc.subject | Consuelo de la existencia | |
| dc.subject | Fuerza | |
| dc.subject | Libertad profunda | |
| dc.subject | Paz para el corazón | |
| dc.subject | Plenitud | |
| dc.subject | San Mateo | |
| dc.subject | Vida | |
| dc.subject | Biblia | |
| dc.subject | Evangelio | |
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| dc.title.alternative | Jesús |
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