¿Quién es mi prójimo?

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-10-22T21:14:46Z
dc.date.available2025-10-22T21:14:46Z
dc.date.issued2025-10-06
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¿Quién es mi prójimo? La primera lectura tomada del comienzo de la profecía de Jonás nos habla de la palabra que dirige el Señor Dios al profeta Jonás cuando le invita: “Para ponerse en marcha a la ciudad de Nínive y proclamar su próxima destrucción, si los habitantes de la legendaria ciudad no se convierten de corazón”. Pero Jonás en esta historia, que tiene mucho de anecdótico, rechaza la misión que Dios le ha encomendado. Huye de Dios y huye, marcha hacia la ciudad de Tarsis. Lo que no contaba Jonás es que Dios sigue llamando a su vida y en el barco camino de Tarsis, se desata una tormenta recia y el barco amenaza con romperse y naufragar. Los marineros de distintas nacionalidades buscan salvar el barco, arrojando a altamar varios de los objetos más pesados que había en la embarcación. Pero también entienden que puede tratarse de un castigo de Dios y que entre ellos hay un culpable que no ha dado a conocer su nombre. El capitán se acerca a Jonás, que lo encuentra dormido, lo despierta y le dice: “Levántate y reza a tu Dios, el que sea, para que no muramos naufragando en medio de la tormenta, en el mar”. Ellos dicen: “Echemos a suerte para saber cuál es el culpable de esta tormenta y de que todos vamos a morir”. Y la suerte, o mejor, la mala suerte, le tocó a Jonás. Ellos enfrentan al profeta y le dicen: “Dinos ¿quién tiene la culpa de esta desgracia que nos ha sobrevenido?, ¿de qué se trata?, ¿de dónde vienes?, ¿cuál es tu país?” Jonás responde: “Soy hebreo, adoro al Señor del cielo, que hizo el mar e hizo la tierra firme”. Y le preguntan ¿por qué ha ocurrido este naufragio?, ¿qué ha hecho Jonás? Y él les dirá: “Estoy huyendo del Señor”. Los marineros, entonces toman al profeta, lo echan al mar y la tempestad se calma, sabiéndose él el culpable de toda esta situación, pide la muerte. Pero después de que el mar se calma, viene un gran pez, la imagen de la ballena que se traga a Jonás. Y allí estuvo tres días en el vientre de la ballena, tres días con sus tres noches. Y al final el Señor permite que la ballena lo vomite de las entrañas propias y lo arroje en tierra firme. Continuaremos con esta historia que tiene mucho de anecdótica, pero que muestra cómo en una verdad teológica, Dios no deja de buscar a sus elegidos, por más que éstos rechacen o huyan inclusive de la misión que les ha sido encomendada. Con razón el salmo litúrgico que las lecturas de este día nos proponen, nos habla y nos invita a responder: “Tú, Señor, me sacaste vivo de la fosa. Invoqué al Señor en mi desgracia y me escuchó, desde lo hondo del abismo pedí auxilio y escuchaste mi llamada. Me arrojaste a las profundidades de la altamar, las corrientes me rodeaban. Todas tus olas y oleajes se echaron sobre mí. Cuando ya desfallecía mi ánimo, me acordé del Señor y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santa morada”. Pero pasemos al evangelio de Lucas, capítulo 10, versículo 25 y siguientes. Cuando un maestro o experto en la ley religiosa de Israel pregunta a Jesús para ponerlo a prueba en el maremágnum de 613 normas, 248 mandatos y 365 prohibiciones, ¿cuál es la más importante? Jesús le responderá: “El amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la fuerza y unido al amor a Dios, el amor al prójimo”. Sin embargo, este escriba o maestro de la ley, no se siente satisfecho con la respuesta de Jesús y buscando de alguna manera justificarse, pregunta ¿quién es el prójimo al que debe de amar? Jesús, entonces, presenta una de las más universales y magistrales parábolas de todo el Nuevo Testamento, la del Buen Samaritano. Muy a propósito de que un hombre que bajaba de Jerusalén a la ciudad bíblica de Jericó fue asaltado por unos bandidos, molido a palos, robado y dejado medio muerto. Pasarían de largo el sacerdote que servía en el culto y el levita que ayudaba al sacerdote en el culto en el templo, y ninguno le ayudó por cumplir los preceptos religiosos que mandaba la ley mosaica, la ley de Israel. Sin embargo, un extranjero, un hombre que no tenía velas en el entierro, un samaritano, pasa y ve al hombre asaltado y lejos de la indiferencia del sacerdote y del levita, siente compasión de este hombre, venda sus heridas con aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a una posada y le da dos denarios al posadero, diciendo: “Cuida de este hombre, y lo que gastes de más te lo pagaré cuando vuelva a pasar de regreso”. La pregunta de Jesús no puede ser más incisiva, dirigida al escriba ¿cuál te parece que ha obrado como prójimo del que fue asaltado por los bandidos? Y el escriba le dirá: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dirá: “Anda y haz tú lo mismo”. Hoy nos preguntamos, 2000 años después de este episodio, ¿quién es el samaritano para nosotros? Y podría responderte, todo sufriente o mejor, ante la pregunta, ¿quién es el prójimo para mí? Podría responderte, todo sufriente, todo enfermo, todo necesitado de mi apoyo, de mi solidaridad, es mi prójimo. Prójimo viene de próximo, seguramente toda persona con la que te topas una vez sales de tu habitación y a lo largo de todo el día y hasta la noche, cuando vuelves a ingresar de nuevo a tu cuarto, es tu prójimo. Pero de manera privilegiada, aquel que sufre, aquel que pide tu ayuda, que necesita de tu servicio y tu solidaridad. Y solo serás samaritano cuando en verdad, compadecido, condolido, dejando a un lado la indiferencia, te acercas a aquella persona sufriente para escucharla, para consolarla, para apoyarla, para auxiliarla. En nuestra sociedad tan individualista, tan indiferente y podríamos decir también tan insensible al dolor y la necesidad de los demás. ¡Cuánto tenemos que aprender de esta parábola evangélica! ¡Cuánto nosotros, al parecer, siendo extraños como el samaritano lo era para el hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó, necesitamos y debemos practicar la misericordia con los demás! Hoy no se trata simplemente de amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas; sino amarlo de manera concreta en el prójimo. Y ese prójimo es todo ser humano que sufre y que pasa muy cerca, al lado de tu vida. No puede ser que, por cumplir ritualismos religiosos, por cumplir unas normas exteriores desde el punto de vista ritual, nosotros olvidemos lo más importante que nos pide el Señor, la justicia, la solidaridad, la caridad, la compasión con el más necesitado. ¿Cuántos asaltados?, ¿cuántos atracados encontramos diariamente en el camino de nuestra vida? Desde migrantes, desde desempleados, desde personas que sabemos que necesitan de nuestro servicio, de nuestra ayuda. Y, sin embargo, somos tan indiferentes. Al final, ante la respuesta que Jesús le da a este escriba: “Anda y haz tú lo mismo”. Te invito para que descubras que la caridad es hoy, la compasión es hoy, la justicia es hoy, el servicio al otro es hoy. Como decían nuestras abuelas: “No dejes para mañana lo que puedes y debes de hacer hoy, que al final de la vida solo seremos juzgados por el amor, el servicio, la compasión, la misericordia que tuvimos con los demás, especialmente con aquellos que sufren”. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 10, 25-37 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de Jonás 1, 1-2,1.11: Jonás Ben-Amitai recibió la palabra del Señor: -Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella: Su maldad ha llegado hasta mí. Se levantó Jonás para huir a Tarsis, lejos del Señor; bajó a Jafa, y encontró un barco que zarpaba para Tarsis; pagó el precio y embarcó para navegar con ellos a Tarsis, lejos del Señor. Pero el Señor envió un viento impetuoso sobre el mar, y se alzó una gran tormenta en el mar, y la nave estaba a punto de naufragar. Temieron los marineros, e invocaba cada cual a su dios. Arrojaron los pertrechos al mar, para aligerar la nave, mientras Jonás, que había bajado a lo hondo de la nave, dormía profundamente. El capitán se le acercó y le dijo: - ¿Por qué duermes? Levántate e invoca a tu Dios; quizá se compadezca ese Dios de nosotros, para que no perezcamos. Y decían unos a otros: -Echemos suertes para ver por culpa de quién nos viene esta calamidad. Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Le interrogaron: -Dinos, ¿por qué nos sobreviene esta calamidad? ¿Cuál es tu oficio? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres? Él les contestó: -Soy un hebreo; adoro al Señor Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme. Temieron grandemente aquellos hombres y le dijeron: - ¿Qué has hecho? (pues comprendieron que huía del Señor, por lo que él había declarado). Entonces le preguntaron: - ¿Qué haremos contigo para que se nos aplaque el mar? Porque el mar seguía embraveciéndose. Él contestó: -Levantadme y arrojadme al mar, y el mar se os aplacará; pues sé que por mi culpa os sobrevino esta terrible tormenta. Pero ellos remaban para alcanzar tierra firme, y no podían, porque el mar seguía embraveciéndose. Entonces invocaron al Señor, diciendo: - ¡Ah, Señor, que no perezcamos por culpa de este hombre; no nos hagas responsables de una sangre inocente! Tú eres el Señor que obras como quieres. Levantaron, pues, a Jonás y lo arrojaron al mar, y el mar calmó su cólera. Y temieron mucho al Señor aquellos hombres. Ofrecieron un sacrificio al Señor y le hicieron votos. El Señor envió un gran pez a que se comiera a Jonás, y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches seguidas. El Señor dio orden al pez y vomitó a Jonás en tierra firme. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo: Jonás 2, 3.4.5.8: Sacaste mi vida de la fosa, Señor. En mi aflicción clamé al Señor y me atendió, desde lo hondo del abismo pedí auxilio, y escuchó mi clamor. Sacaste mi vida de la fosa, Señor. Me arrojaste a lo profundo en alta mar, me rodeaban las olas, tus corrientes y tu oleaje pasaban sobre mí. Sacaste mi vida de la fosa, Señor. Yo dije: Me has arrojado de tu presencia, quién pudiera ver de nuevo tu santo templo. Sacaste mi vida de la fosa, Señor. Cuando se me acababan las fuerzas me acordé del Señor; llegó hasta ti mi oración, hasta tu santo Templo. Sacaste mi vida de la fosa, Señor. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37: En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo: - ¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella? El letrado contestó: - «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» Él le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida. Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: - ¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El letrado contestó: -El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAmor
dc.subjectCompasión
dc.subjectFe
dc.subjectMisericordia
dc.subjectObras
dc.subjectSan Lucas
dc.subjectServicio
dc.subjectSolidaridad
dc.subjectVer el rostro de Dios en el otro
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¿Quién es mi prójimo?
dc.title.alternativeMi Prójimo

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