¡El poder de la cruz!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-04-23T19:24:53Z
dc.date.available2025-04-23T19:24:53Z
dc.date.issued2025-04-18
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES En este gran Viernes Santo, el único día del año donde no se celebra estrictamente la Eucaristía, sino que se hace una liturgia de la Palabra con adoración de la Cruz y distribución de la Sagrada Comunión, contemplemos uno de los grandes misterios de nuestra fe, la Cruz y reconozcamos en ella una grande escuela de sabiduría para todos los hombres. De entrada, reconozcamos que la Cruz fue el lugar donde Cristo entregó su vida, Cristo no muere en una cama sino Crucificado y aunque esa Cruz escandaliza, aunque esa cruz en lo humano uno quisiera rechazar, en el fondo es una invitación a salir de nuestra cultura del bienestar, nuestra mentalidad del confort y abrazar la cruz y permítanme la expresión “abrazar la vida crucificada como camino seguro al cielo”. A partir de la meditación de este Viernes Santo, descubramos siete grandes enseñanzas para nuestra vida. La primera, nadie se escapa de la cruz: ni el rico en su riqueza, ni el pobre en su precariedad, ni el joven en su juventud, ni el viejo en su vejez, ni el sano en su salud, ni el enfermo en su enfermedad, ni el hombre, ni la mujer; la vida, en cualquier esquina del camino que recorremos existencialmente, nos depara expresiones y situaciones de Cruz. Por eso es una verdadera necedad, soltar por ejemplo la cruz, sin pensar que nos tocará abrazar otras, y quizás más pesadas cruces. Colocamos un ejemplo típico. Cuántos hoy en día, matrimonios se divorcian, porque la cruz de la convivencia que genera conflicto, paciencia y tolerancia con la pareja, no soy capaz de cargarla; está bien, deja la cruz de la convivencia matrimonial y abraza la cruz de la soledad de cierta amargura, de limitaciones económicas porque el patrimonio material se ha dividido. No lo creas, dejarás una cruz y abrazarás otra distinta. Segunda enseñanza, la cruz es la mayor escuela de crecimiento humano. Una persona que tiene experiencia de dolor en su vida purifica su corazón, se hace más humana, solidaria y sensible con el dolor ajeno, es más humilde en su alma, es más agradecida con los dones que Dios le ha dado, pero también es más paciente en las pruebas y sobre todo es más confiada en Dios. Por estos valores: purificar, humanizar, hacernos humildes, agradecidos, pacientes y confiados, por eso decimos, que la Cruz es una grande escuela de crecimiento humano. Tú decides si cargas tu cruz con amor y esa cruz te madura, te fortalece o por el contrario, puedes cargar las cruces, pruebas y dolores de tu vida sin amor y te volverás una persona amargada, resentida, rezongona, infeliz, perderás la alegría y un poco tu salud. En una tercera enseñanza en este viernes santo, reconoce que no hay encuentro verdadero con Cristo, sino desde la cruz. Hoy, descubrimos que muchos hombres han regresado a Dios, solo cuando han vivido de manera crucificada, en los éxitos y triunfos humanos, nunca se acordaron, ni pensaron en Dios, es más, hablaban con desprecio de Dios; pero es solo en esa quiebra económica, en esa enfermedad larga, incapacitante y que no puedes combatir, en esa situación dolorosa de la muerte de un ser tan querido como es un hijo en un accidente, allí, en esa vida crucificada es donde descubres que si existe Dios, que murió en una cruz por nosotros y aprendes a reconocerlo a valorarlo y a seguirlo. Nunca olvides que los éxitos humanos, políticos, económicos, laborales, profesionales, los éxitos deportivos, artísticos se disfrutan, pero enseñan poco; por el contrario, el fracaso, la humillación, la caída se padece, pero allí desde esta experiencia de dolor, encontramos gran sabiduría para vivir. En una cuarta enseñanza, aprendamos que Cristo no nos quita la Cruz pero nos ayuda a cargarla. En efecto en un precioso texto evangélico afirmará Jesús: “Vengan a Mí, acérquense a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré”. El Señor consuela, fortalece, ayuda, sostiene, nos defiende de los peligros; el Señor nos dice: “Aunque tu cruz pese, aprende de mí, que mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Esto es tan claro, que Jesús se dolió y compadeció con la enfermedad de sus contemporáneos y si bien sanó la enfermedad, no suprimió la misma de la vida de los hombres, ellos en efecto más allá de la vida de Jesús, se siguieron enfermando; pero Jesús supo consolar, sostener y sanar en su momento la cruz de la enfermedad sin suprimirla de manera definitiva de la vida de los hombres. En una quinta enseñanza, si en este Viernes Santo, sientes que la cruz de tu matrimonio, de tu crisis económica, de tu pérdida de empleo, de la enfermedad y las sucesivas entradas a clínicas que has tenido te pesa, nunca olvides y para ti es esta expresión: ¡Descubre que mientras más crucificados más amados por Dios! Créeme, que lejos de la experiencia aparentemente real de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”, luego recapacita y ya sin mirar la sola humanidad sino en fe, reconoce que el Padre de Dios lo acompaña en un momento tan doloroso en el Calvario y por eso afirmará, como grito final de triunfo: “Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cuando te sientas crucificado por la pobreza, por la soledad, por la vejez, por el abandono, cuando te sientas crucificado por la enfermedad, por la humillación de otra persona, piensa, estoy crucificado, pero sin embargo soy muy amado por Dios en mi dolor. Esto solo se entiende desde la fe y créeme que te dará fortaleza, será un bálsamo en tu vida para saber llevar tu cruz de cada día. En una sexta y penúltima enseñanza, descubramos que, aunque resulte paradójico, no hay verdadero seguimiento de Jesús sin la Cruz. Con razón decía santa Teresa de Jesús: “Son pocos los que te siguen Señor, porque a los que te aman Tú los crucificas y a los que te crucifican Tú los amas”. Con razón decía el pueblo judío: “Que la cruz predicada por los seguidores de Jesús es locura” y los paganos griegos decían “es necedad e insensatez”; pero Pablo retomando esta expresión de judíos y griegos afirmará, “lo que es locura y necedad para los hombres de este mundo, para los hombres de fe es fuerza de Dios, es sabiduría de Dios, es salvación de Dios si creemos verdaderamente”. Terminemos nuestra meditación de este Viernes Santo, con una séptima y final enseñanza, descubriendo una frase lapidaria, una enseñanza eterna y universal: ¡No hay cielo sin cruz, no hay tierra prometida sin pasar primero por el desierto, no disfrutarás de la Transfiguración en el monte Tabor sin pasar por la Crucifixión en el monte Gólgota, no hay triunfos grandes en la vida sin esfuerzo, sin sacrificio y sobre todo sin morir a nosotros mismos! Recuerda, que el centro de nuestra fe nos invita a resucitar, pero antes a morir a nuestro pecado, a nuestro propio yo. Jesús coloca en el centro de su predicación, una afirmación lapidaria: “Solo el que entregue y pierda su vida por Mí y por el evangelio la salvará”. Hoy descubre que la cruz de Cristo no es ausencia, no es fracaso; la cruz de Cristo en Viernes Santo es la consumación total del amor, la vida que se entrega por ternura, por servicio, por dar la salvación a todos los hombres. En viernes santo, bendito el árbol de la Cruz que nos ha alcanzado la salvación a toda la humanidad. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Juan 18, 1- 19, 42 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Isaίas 52, 13–53, 12 He aquí que mi siervo prosperará, será engrandecido y exaltado, será puesto en alto. Muchos se horrorizaron al verlo, porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre; pero muchos pueblos se llenaron de asombro. Ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán lo que nunca se habían imaginado. ¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? ¿A quién se le revelará el poder del Señor? Creció en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados. Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Cuando lo maltrataban, se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado a degollar; como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes, y con los fuertes repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores, cuando tomó sobre sí las culpas de todos e intercedió por los pecadores. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. A ti, Señor, me acojo: que no quede yo nunca defraudado. En tus manos encomiendo mi espíritu: y tú, mi Dios leal, me librarás. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Se burlan de mí mis enemigos, mis vecinos y parientes de mí se espantan, los que me ven pasar huyen de mí. Estoy en el olvido, como un muerto, Como un objeto tirado en la basura. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Pero yo, Señor, en ti confío. Tú eres mi Dios, y en tus manos está mi destino. Líbrame de los enemigos que me persiguen. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Vuelve, Señor, tus ojos a tu siervo y sálvame, por tu misericordia. Sean fuertes y valientes de corazón, Ustedes, los que esperan en el Señor. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Segunda Lectura: Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9 Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno. Precisamente por eso, Cristo, durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Juan 18, 1–19, 42 En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?” Le contestaron: “A Jesús, el nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: “¿A quién buscan?” Ellos dijeron: “A Jesús, el nazareno”. Jesús contestó: “Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan”. Así se cumplió lo que Jesús había dicho: ‘No he perdido a ninguno de los que me diste’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?” El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’. Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?” Él dijo: “No lo soy”. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”. Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: “¿Así contestas al sumo sacerdote?” Jesús le respondió: “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?” Él lo negó diciendo: “No lo soy”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿Qué no te vi yo con él en el huerto?” Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua. Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: “¿De qué acusan a este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído”. Pilato les dijo: “Pues llévenselo y júzguenlo según su ley”. Los judíos le respondieron: “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?” Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: “No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” Pero todos ellos gritaron: “¡No, a ése no! ¡A Barrabás!” (El tal Barrabás era un bandido). Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le daban de bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo: “Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Pilato les dijo: “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”. Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”. Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: “Aquí tienen a su rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “¿A su rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz se dirigió hacia el sitio llamado “la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: ‘Jesús el nazareno, el rey de los judíos’. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Soy rey de los judíos’ ”. Pilato les contestó: “Lo escrito, escrito está”. Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron: “No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca”. Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa. Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua. El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAmados por Dios
dc.subjectCargar con amor la cruz
dc.subjectCrecimiento humano
dc.subjectCrucificados
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dc.subjectEncuentro verdadero con Cristo
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dc.subjectMuerte de Jesús
dc.subjectSan Juan
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡El poder de la cruz!
dc.title.alternativeViernes Santo

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