¡Sal y Luz!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Mateo 5, 13-16
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: del libro de Isaías 58, 7-10:
Esto dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 112(111), 4-5.6-7.8a y 9
El justo brilla en las tinieblas como una luz
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo brilla en las tinieblas como una luz
Porque jamás vacilará
el recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
El justo brilla en las tinieblas como una luz
Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad.
El justo brilla en las tinieblas como una luz
Segunda Lectura: de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5:
Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Mateo 5, 13-16:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Sal y Luz!
El hermosísimo texto de Isaías 58 que nos presenta la liturgia de este día como primera lectura, nos habla “de como el amor es luz para la vida de los hombres, como la caridad nunca pasará de moda y como siempre será una iluminación que dará fe de la grandeza humana y espiritual de una persona”.
En efecto, Isaías 58 afirmará: “Si partes tu pan con el hambriento, si hospedas en tu casa al pobre que no tiene techo, si cubres con tu manto al desnudo, y esto lo haces sólo por el amor, por la caridad. Brillará tu luz como el amanecer, se curarán tus heridas. Y entonces, sólo entonces clamarás, gritarás, hablarás al Señor tu Dios y Él te responderá aquí estoy. Él te escuchará si obras con la luz del amor”.
Con razón el salmo responsorial de hoy nos invita a orar: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”. Y afirmará en sus estrofas: “Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos, porque jamás vacilará. El recuerdo del hombre justo será perpetuo, no temerá las malas noticias. Su corazón está firme en el Señor, su corazón está seguro sin temor. Reparte limosna al pobre, su caridad dura por siempre y alzará siempre la frente con dignidad”.
Te pregunto ¿tú y yo somos de este grupo de hombres justos, clementes, compasivos, donde nuestra generosidad brilla como una luz y esto nos lleva a no temer castigos, a mirar el futuro con incertidumbre, a no temer malas noticias en nuestra vida? Esto es muy impresionante.
Esta es la gran predicación, el gran anuncio del Evangelio, que no todo el mundo lo entiende. Y por eso Pablo, en la segunda lectura dirá “que, al anunciar el misterio de Dios, no lo hizo con sublime sabiduría o elocuencia humana de palabras, que nunca se preció de saber a nadie más sino a Cristo crucificado. Y por eso su predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría humana que va y viene, sino que se apoye solo en el poder de Dios”.
Pero estas lecturas magníficas nos introducen en el texto único cuando Jesús llama a sus discípulos “a ser sal de la tierra y luz del mundo”.
Y entendemos a partir de estas dos realidades domésticas y profundamente cotidianas, que Jesús no predica nada que primero Él no haya vivido, esta es la coherencia de su vida. Y Jesús hace una constatación de ser sal, porque ve la vida insípida, sosa, desabrida, en penumbra y en sombra, que llevan miles de personas. Y reconoce a partir de este elemento la sal, el poder inmenso y transformador de ella, que, aún concentrada en pequeña cantidad, tiene una gran fuerza de saborizar, de conservar y de purificar.
Es que la sal es tan potente que no se puede comer sola a riesgo de que la vomitemos por su altísima concentración; la sal es tan hermosa que ella no sirve para sí misma, sino que sirve para los demás. Saliendo de sí misma, colocada en los alimentos que se están cocinando o los alimentos puestos en la mesa. Y tal vez lo más hermoso de la sal es que ella nunca reclama protagonismo, ella se disuelve discretamente en los alimentos sin que muchas veces la gente perciba su presencia. Tal vez lo hacen cuando ella no está presente en el arroz o en la sopa.
Es potente, uno, la sal. Sólo sirve saliendo de sí misma, no encerrándose en sí misma. Dos. Y con toda discreción, sin protagonismos, se disuelve en los alimentos. Pero el poder de la sal, el ejemplo que Jesús toma para invitar a sus discípulos y a nosotros a que seamos sal del mundo, tiene una triple misión.
Uno. Purificar una herida así duela; en la montaña, en el bosque, extraviados, lejos de los hospitales y las clínicas échale sal a una herida así duela para que ella no sea infectada, para que ella se purifique. Es increíble, pero así es. Nosotros nos cuidamos de heridas y de que ellas contaminen el resto del organismo echando sal a la herida, así nos duela.
Pero hay una segunda tarea de la sal y es la de conservar los alimentos para que no se descompongan. Y pienso en algunos lugares, cuando yo era niño, donde colgaban de gruesos garfios troncos de 20, 30 kilos de carne y los salaban por todos lados, a falta de refrigeradores y de conservación en cadenas de frío. Y como la sal es capaz de conservar y preservar de la descomposición, haciendo, por ejemplo, una carne salmuera para que ella no se descomponga si no hay posibilidad de refrigerarla.
Pero además de purificar heridas en el cuerpo y en el alma, además de conservar el buen obrar, la recta moral de cualquier descomposición que lo hace la sal, como lo hace también con la carne, en la carne salmuera. La sal tiene una función esencial, dar sabor, dar sazón, dar gusto a los alimentos. Y ahora, digamos, dar sabor, dar sazón, dar gusto a la vida personal.
Pero Jesús advierte “cuidado con que la sal se vuelva sosa, con que sea humedecida, con que pierda su sabor, porque no va a servir”. Y nos agregará, “que no servirá más que para tirarla a la calle y que la gente la pisotee”.
Hoy pregúntate ¿si tu vida es sal en estado puro, que conserva, que sazona tu vida y la vida de los demás, que es capaz de desinfectar del pecado?; o ¿si tu vida es una sal sosa que la gente desprecia y que ve tu cristianismo, tu fe, tus creencias, como algo del pasado ridículo, porque tal vez tu vida no está contagiada de entusiasmo, no tiene ese sabor potente de la sal que es capaz de darle sabor y sentido no sólo a tu vida, sino a la vida de tu familia? Y ¿por eso te desprecian y desprecian tu fe cristiana, porque es una fe tibia, es como una sal sosa, húmeda, desabrida, que sólo servirá para tirarla a la calle y que la gente nos pisotee?
Hoy me pregunto ¿si la Iglesia, los obispos, nosotros, los sacerdotes, tal vez somos ignorados y menospreciados porque somos sal sosa, no tenemos fuego, pasión, sabor?, ¿no somos capaces de purificar a una sociedad descompuesta, de conservar las buenas costumbres, las virtudes, y por el contrario, hemos permitido que crezcan los vicios en la sociedad y por eso tal vez la comunidad, la sociedad nos ve como sal sosa que nos tiran a la calle y nos pisotean? Hoy preguntémonos ¿qué tipo de sal somos nosotros?
Pero viene finalmente una segunda imagen, la de la luz. Cuando Jesús invita a los suyos “a ser luz del mundo”, la luz verdadera alumbra, no deslumbra. Un poco de luz de una veladora, por ejemplo, es capaz de conjurar la más densa oscuridad nocturna. Y allí, en tiempos de Jesús, que no había luz eléctrica, pensemos en sencillas lamparitas de aceite.
Y dirá Jesús “que la luz no se coloca bajo la mesa o bajo el celemín”, (que era una especie de cajón donde se guardaban cereales y granos, como una medida para saber que habían obtenido en la cosecha). Y no podemos colocar una lámpara como debajo de ese cajón o celemín, sino que hay que colocarla sobre el candelero, sobre la mesa o aún en lo alto de una ciudad, para indicar que la luz del Evangelio, la luz de la Palabra de Jesús está llamada a alumbrar y a conjurar la oscuridad y la confusión de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo.
La luz es símbolo de la verdad, porque cuando uno ve con realidad, con claridad, uno ve la verdad. Pero la luz nos permite avanzar sin tropiezos, caminar sin dudas, nosotros y los otros, porque la luz nos da esa tranquilidad, esa guía de que estamos en el camino cierto.
Pero la luz además de iluminar la verdad con claridad y de avanzar en la vida con una buena guía sin tropiezos, nos genera alegría, confianza y tranquilidad a la manera que un enfermo que ve pasar las horas de la noche y la madrugada, al llegar el amanecer y las primeras luces de la aurora o del alba, se alegra, se alivia porque siente que viene una nueva esperanza, una nueva luz más allá de la oscuridad densa, el malestar y la enfermedad que habido en esa larga noche en vigilia.
Hoy preguntémonos si somos sal y luz para los demás. Hoy preguntémonos cómo Jesús necesita que tú y yo seamos sal que dé sabor a la vida insípida de tantas personas que entregadas al mundo dicen lo he probado todo y nada me llena, nada me hace profundo y verdaderamente feliz. Hoy descubre como ser luz en la oscuridad moral y espiritual de tantas personas.
Y concluiré diciéndote que cuando por tu fe caminas en la luz de Dios, sientes la certeza del amor de Dios, vives en alegría y confianza, la fe es luz recordando la bella encíclica escrita a cuatro manos de Benedicto y Francisco: “La Lumen fidei”, ¡la luz de la fe!
Pero también te diré que la sal y la luz son esperanza. Cuando Cristo Resucitado y vencedor de la muerte, del sufrimiento y del pecado, es la gran esperanza para el mundo, nos muestra que el sabor insípido de la muerte queda atrás y que esperamos en Dios todo bien, por eso no desesperamos.
Y finalizaré diciéndote que, además, la sal y la luz, además de ser fe y esperanza, son amor, porque es la misericordia al forastero, al hambriento, al desnudo, al sin techo. Y así brillará la luz en la oscuridad, como decíamos en la primera lectura de Isaías.
Es que nada ilumina más al mundo que un corazón humano compasivo y misericordioso. Nada ilumina más al mundo que aquellos líderes como Teresa de Calcuta, Gandhi, Mandela, Madre Laura Montoya, Juan Pablo II, que con su ejemplo de justicia, perdón, amor y misericordia iluminaron el egoísmo, el desamor, el resentimiento, la confusión, la prepotencia y el orgullo humanos. Iluminaron esa densa oscuridad en la que vive nuestra sociedad de hoy.
Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día y te dé la gracia de ser sal y luz para los tuyos, para tu familia, y te bendigo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo. Amén.