¡En el uno, somos uno!
| dc.contributor.author | Fundación Amén Comunicaciones | |
| dc.date.accessioned | 2025-06-20T16:12:16Z | |
| dc.date.available | 2025-06-20T16:12:16Z | |
| dc.date.issued | 2025-06-12 | |
| dc.description | TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES En la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, tomamos de la Carta a los hebreos en el capítulo 2, una enseñanza que nos pone a pensar cuando afirma: “Convenía que aquel para quien, y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación”. Nos muestra como Jesús fue perfeccionado, pulido, decantado, madurado mediante el misterio del sufrimiento. Este que nos repugna a todos, la cruz que muchas veces resulta escandalosa, locura, necedad, pero que es fuerza de Dios, poder de Dios y sabiduría de Dios para todo el que cree. Continuará diciéndonos: “Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, a satanás y liberar a cuantos por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos”. Qué impresionante expresión que nos pone a pensar, que muchas veces en la vida somos prisioneros de nuestros temores, porque sentimos que la muerte es la destrucción final de todo y olvidamos que en fe es el paso necesario, la puerta de ingreso a la nueva y verdadera vida. Pero que es ese miedo a la muerte lo que nos lleva a ser esclavos y a vivir en el egoísmo, en el asegurar la vida, asegurar los seres que queremos, asegurar nuestra imagen, asegurar nuestros bienes y terminamos esclavos y llenos de miedos de nosotros mismos, miedo frente a los bienes que podamos perder, miedo frente a los seres queridos que puedan morir, cuando el Señor nos dice: “Que precisamente Él asumió nuestra carne y sangre y aniquiló la muerte y al señor de la muerte por la propia muerte de Jesús en la cruz”. Parece un juego de palabras, pero hay una teología profunda donde Pablo dirá “¿dónde está muerte tu victoria?, ¿dónde está muerte tu aguijón y tu veneno? Ha sido destruida y clavada en la cruz por la muerte de Cristo, atada tú muerte para siempre en el leño santo de la cruz, y por eso ya no tienes poder sobre nosotros, por eso nos declaramos libres frente a la muerte, porque ella ya no gobierna nuestra vida”. Terminará este texto precioso de la Carta a los hebreos diciendo: “Por el hecho de haber padecido, sufriendo la tentación puede auxiliar a los que son tentados”. Y es que no se redime lo que no se asume primeramente, y Jesús nos redime de la tentación y del pecado, porque asumió primero la tentación, Él fue tentado, más no cayó en la tentación y no pecó dándonos nueva salvación. Pero pasemos al evangelio de hoy, en la llamada oración sacerdotal de Juan 17, donde Jesús, en un tono de despedida, con cierto aire de nostalgia, ora al Padre Dios y le dice: “Ha llegado la hora de glorificar a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”. La hora es el momento del tránsito de la Pascua, de una transformación si se quiere ontológica, una nueva forma de ser de Jesús, ya no el hombre de carne y sangre, sino el ser glorificado, porque ha cumplido la misión que el Padre Dios le ha encomendado. En un segundo momento en este evangelio, ora para que sus discípulos sean cuidados y protegidos del mal. En efecto, dirá: “El mundo los ha odiado a mis discípulos, porque no son del mundo como Yo tampoco soy del mundo; no ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. Jesús, como nadie conoce la insidia en nuestra psicología, en nuestros pensamientos e imaginación, en nuestros sentimientos y emociones, cómo el demonio trabaja sutil, astutamente, inteligentemente, solapadamente en nosotros, y nos aparta del recto obrar y reitero, trabaja en nuestros pensamientos y en nuestras emociones. Y Jesús desde siempre ora al Padre Dios para que seamos protegidos del maligno, seamos cuidado de las insidias y engaños de satanás. En un tercer momento, reconoce que sólo por la santificación personal podemos santificar a los demás. Pablo lo afirmará en su momento: “Yo me santifico por ellos”. Y es que el mayor regalo, el más grande tributo que podemos dar a una humanidad enloquecida en lo que llama su libertad, enloquecida en placeres, en desbordamientos hasta llevarla a la autodestrucción humana, sólo los santos pueden aportar luz de verdad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan ofuscados, tan confundidos, tan oscurecidos en su conciencia cuando al bien lo llaman mal y cuando al mal lo llaman bien. Por eso Jesús habla de santificarnos en la verdad, y sólo la palabra de Jesús, que es la verdad puede santificarnos. Y hoy reconoce que sólo las personas santas con una luz superior: Papas santos, obispos y sacerdotes santos, religiosas y religiosos santos, cristianos y creyentes santos, pueden aportar una luz que ilumine la confusión moral, la crisis espiritual, el abandono de Dios que viven hoy millones de personas entregadas a la idolatría, al endiosamiento de la riqueza, del éxito humano, de la fama, de los placeres de la carne, de la tecnología, pensando que esto le da respuesta y sentido a su vida. Un santo es un iluminado de Dios, un santo es aquel que, portando la verdad de Cristo, puede llevar a la verdad a tantos hombres y mujeres que gastan su vida engañadas, engañados miserablemente. Finalmente, en un cuarto momento, Jesús ruega no sólo por sus discípulos, sino por los que serán los discípulos de sus discípulos hasta llegar a nosotros. En el fondo, hace dos mil años, Jesús ya oraba por nosotros y pide que todos seamos uno, que vivamos en la verdad, que creamos y tengamos fe en Jesús que ha sido enviado por el Padre. Cuánto necesita nuestro mundo maltratado por la violencia, la guerra, los insultos, las polarizaciones, la ceguera que nos lleva a mirar a nuestro hermano, no como un hermano, sino como un objetivo militar, cuánto necesitamos vivir en unidad. Cuánto resuena en nosotros el lema del escudo del Papa León cuando dice: "In Illo uno unum" "En el Uno que es Cristo somos uno", retomando una famosa expresión del gran santo padre de la Iglesia, Agustín de Hipona. Hoy siente que estás llamado más allá de distintas ideologías políticas, diferente forma de mirar la vida, diferentes culturas y lenguas, a reconocer que el otro no es un extraño, no es un objetivo militar, no es tu enemigo; es un hermano con el cual estás llamado a ser unidad. Que todos en el Uno, el totalmente integrado Cristo, el totalmente armónico, en el Uno que es Cristo, que todos seamos uno. En nadie más, en ninguna ideología, en ninguna política, en ningún gobernante, en ningún artista, podremos alcanzar unidad como civilización, como humanidad, sino en Cristo y en su Espíritu, que nos invita a vivir integrados en comunión y en profunda unidad. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. | |
| dc.description.abstract | REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Juan 17, 1-2.9. 14-26 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de Isaías 6, 1-4. 8 En el año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 22, 2-3.5.6 El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. El Señor es mi pastor, nada me falta. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. El Señor es mi pastor, nada me falta. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. El Señor es mi pastor, nada me falta. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Juan 17, 1-2. 9. 14-26 En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos». Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús. | |
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