¡En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo!

Abstract

REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Mateo 28, 16-20 Primera lectura del día de hoy Dt 4,32-34.39-40 Moisés habló al pueblo, diciendo: Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como esta?, ¿se oyó cosa semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra, no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo del día de hoy Salmo 33: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. R/. La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/ La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió. R/ Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R/ Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/ Segunda lectura del día de hoy Rm 8, 14-17 Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba!, Padre. Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados. Palabra de Dios.Te alabamos Señor. Evangelio del día de hoy Lectura del santo evangelio según san Mateo 28,16-20 En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES En este domingo celebramos con el carácter de solemnidad litúrgica, la Santísima Trinidad, el misterio central de toda nuestra fe. La primera lectura tomada del libro del Deuteronomio, recuerda que nuestra fe es monoteísta, esto es, en un solo Dios, un Dios único, un Dios verdadero, un Dios que no defrauda. En efecto, dirá la primera lectura de hoy: “Reconoce y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra, no hay otro más”. Y a renglón seguido se nos invita: “Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus descendientes después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre”. Que hermosa promesa la que trae el capítulo 4 del libro del Deuteronomio, cuando nos dice: “Que observar, cumplir, obedecer a Dios y sus mandatos, es el único camino para ser felices nosotros los hijos, la descendencia, para que se prolonguen los días de nuestra vida y para que no nos falte la tierra, el suelo que el Señor ha prometido a los hijos queridos, a los hijos fieles para siempre”. Es una promesa en tres dimensiones: la felicidad para nuestra vida y la de nuestros descendientes, uno. La prolongación de nuestra vida no será corta, sino larga, dos. Y la tierra que no faltará a aquel que sea obediente a los mandatos de Dios. Así lo entendió siempre el pueblo de Israel, la bendición de Dios en tierra, en largos años de vida y en descendencia numerosa y abundante, que tuviera control sobre la tierra. Hoy nosotros en la Iglesia somos el nuevo Israel, por eso nos sentimos destinatarios de esta promesa que trae el libro del Deuteronomio. Pero a renglón seguido, y ratificando lo que nos dice la primera lectura, está el salmo responsorial, cuando decimos como asamblea de creyentes: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, como herencia suya”. Y a renglón seguido decimos: “Que la Palabra de Dios es sincera, que todas sus acciones son leales, que Él ama al hombre que obra en justicia y que la misericordia de Dios llena la tierra”, y agregará: “La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca sus ejércitos, porque Él lo dijo y existió, Él lo mandó y fue creado. Los ojos del Señor están puestos en quien le respeta, en los que esperan en su misericordia para liberar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre”. Y el salmista concluye diciendo: “Nosotros esperamos en el Señor, Él y sólo Él es nuestro auxilio, nuestro escudo y protección” y clama el salmista: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. Completará esta idea teológica central, la segunda lectura de hoy de la carta a los Romanos, cuando Pablo afirmará: “Que sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son los verdaderos hijos de Dios”. Y todos estos textos nos preparan para el evangelio de hoy, cuando Jesús dirá a sus discípulos: “Que se les ha dado todo poder en cielo y tierra y que vayan y bauticen a discípulos en todos los pueblos y regiones en el nombre de la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. De este precioso texto de Mateo 28, saquemos tres enseñanzas para nuestra vida. Uno, la revelación de Dios. Dos, el mandato de Jesús que nos da a todos y tres, una promesa que se cumple en nuestra vida. La primera, la revelación. Ante todo, Jesús declara solemnemente, que el Padre Dios le ha concedido todo poder en el cielo y en la tierra. Con esto designa todo el mundo que conocemos en su unidad y en su diversidad, el mundo como un todo. Pero además reconocemos, que ese poder que estaba en Jesús desde siempre con la Pascua, con el misterio de su Muerte y Resurrección, se ha manifestado plenamente un poder que había empezado en su enseñanza, en sus palabras, en sus milagros, en el perdón de los pecados, ahora por su Pascua, Muerte y Resurrección, se extiende a toda la obra creada. Es la gran revelación de Jesús, es un Dios poderoso. Pero a renglón seguido hay un segundo momento y es el mandato que Jesús hace a sus enviados, enviándolos como misioneros a hacer discípulos en todas partes, enseñándoles la doctrina de Jesús y luego bautizándoles, comunicándoles la voluntad de Dios y como con autoridad ellos pueden hacer también las obras grandes que Jesús hace. Ese envío misionero no es simplemente como corderos en medio de lobos, sino corderos que, confiados al Pastor Supremo, van a tener la fuerza para salir adelante en todas las pruebas que la vida les presente. Finalmente, en el texto evangélico de hoy, además de la revelación de Cristo que se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y además del mandato misionero a sus discípulos de ir por todo el mundo, de enseñar y bautizar y hacer nuevos discípulos y eso se aplica a nosotros en el siglo 21, ser misioneros, nos hace una promesa también aplicable a nosotros y a los discípulos de todos los tiempos. En efecto, les dirá: “Yo estaré con ustedes todo el tiempo, hasta el final de su historia, Yo los cuidaré, Yo los acompañaré”. Esta frase significa nada distinto, sino de que Dios asegura su asistencia, su protección, su ayuda a todo discípulo en el cumplimiento de su misión y a todo pueblo que sigue a Dios. Yo estaré contigo como estuvo con Moisés, no te dejaré, ni te abandonaré como le dijo en su momento a él y a Josué, también lo dirá en su momento a los profetas. No es simplemente una asistencia estática, sino activa. No es una protección en el templo, en un lugar físico, sino en el tiempo de la historia. Esta promesa nos abre un porvenir nuevo a la Iglesia universal y nos capacita para enfrentar libres de todo temor, toda dificultad y todo sufrimiento a lo largo de la historia. Con razón le dirá a Josué: “No temas, no te acobardes, porque Yahvé tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas”, muy a propósito de la conquista de la tierra prometida, la tierra de Canaán. Hoy a la Santísima Trinidad, le clamamos que nos ayude a entender la revelación del Dios todo poderoso manifestado en Jesús, el envío misionero que nos invita a ser discípulos de todas las personas que conozcamos y la promesa de la protección y la asistencia del Espíritu Santo, que va a estar con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hoy a la Santísima Trinidad digámosle: Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Y recibamos la bendición en el nombre de esa Trinidad, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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