¡!En verdad, en verdad les digo!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2026-03-26T23:25:33Z
dc.date.available2026-03-26T23:25:33Z
dc.date.issued2026-03-18
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡En verdad, en verdad les digo! La primera lectura tomada del profeta Isaías en el capítulo 49, nos muestra como Dios responde auxiliando y defendiendo al pueblo elegido. De hecho, esta comunidad creyente es restaurada, los cautivos son liberados, los ciegos contemplan la luz de una nueva vida, de un nuevo futuro. El pueblo que en principio había sido desterrado es conducido de manera maravillosa y amorosa por Dios, superando los obstáculos en su itinerario hacia la tierra de la promesa. De alguna manera podríamos decir que el universo entero se goza con la acción salvadora y amorosa de Dios, que no olvida a su pueblo a quien ama con cariño más tierno que el cariño de una madre. De hecho, concluirá la primera lectura del día de hoy diciendo “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”. Así es el amor de Dios, así es el misterio de la vida divina, desafiando todas nuestras lógicas de retribución, de justicia meramente humana. Dios es sobre todo un don de compasión y misericordia frente al pecado y el yerro humanos. Con razón el salmo litúrgico de este día nos invita a repetir como asamblea celebrativa: “El Señor es clemente y misericordioso, el Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente”. Pero pasemos al Evangelio de san Juan en el capítulo 5, versículos 17 y siguientes, cuando Jesús utiliza por lo menos tres veces la expresión “En verdad, en verdad les digo”, que se puede asimilar también con otras expresiones “Os aseguro”, o de cierto “Os afirmo”. Y esta es una fórmula utilizada por Jesús para enfatizar su autoridad como Dios o autoridad divina y para de alguna manera preparar a sus oyentes a escuchar que lo que va a decir es una verdad incuestionable, una verdad profunda. A partir del Evangelio de hoy, aprendamos tres grandes enseñanzas para nuestra vida diaria. La primera de ellas. Hay una profunda y radical comunión de amor y de vida entre Jesús, Dios Hijo y el Padre de los cielos. En efecto, afirmará: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que viere hacer al Padre”. De alguna forma llama a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios, y nos hace una invitación implícita. Nos invita “a tener una unión de vida y de amor con Jesús, como la que Él, Jesús el Cristo, tiene con el Padre de los cielos”. A este propósito vale recordar la inmensa parábola de La Vid y los Sarmientos, que también nos trae el evangelista san Juan cuando nos habla “de que Cristo es el tronco de la enredadera de la vid y nosotros somos las ramas, los sarmientos. Y que una rama desprendida, desgajada, separada del tronco, no recibe la savia vital y entonces está condenada a morir”. Podríamos decir, utilizando expresiones de los padres de la Iglesia en el cristianismo primitivo, que esa savia de vida que entendemos muy bien en el mundo vegetal, en el mundo de las plantas, es la fuerza del Espíritu Santo que nos da nueva vida a nosotros y que es una verdadera necedad, insensatez y torpeza tratar de llevar una vida nueva en amor, en paz, en compasión y en perdón si no estamos adheridos de manera profunda y vital, en comunión de amor y de vida, con el tronco del árbol que es Jesucristo. No podemos hacer nada sin Jesús, como de alguna manera Jesús nos dice, que Él es un enviado por el Padre Dios cuando afirmará en distintos momentos en los Evangelios: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre, y nosotros nada podemos hacer sin entrar en esa íntima comunión con la voluntad de Jesús, como Él nada puede hacer de obras, de acciones, de signos, de milagros, sino entra en profunda comunión de vida con el Padre de los cielos”. Cuando me dices, he intentado cambiar la vida, pero no he podido dejar el licor, el adulterio, los rencores, la irascibilidad o un temperamento iracundo, tal vez lo has intentado desde tus propias fuerzas, desde tus propios criterios, méritos o capacidades. La clave es simple y profunda, abandónate a Jesús, deja que Él entre en lo profundo de tu ser y Él sin violencia, respetando tu libertad de una manera maravillosa, y si se quiere misteriosa, hará la transformación en tu vida. Se puede. No te frustres, no te amargues si sientes que hasta el momento no lo has podido hacer, quizás será porque lo has intentado desde tus propias y limitadas fuerzas humanas. Pero hay una segunda enseñanza que nos trae el Evangelio de hoy, y es entender que la vida eterna no es sólo después de la muerte, sino aquí y ahora. Y esa vida eterna se da por creer, aceptar y recibir a Cristo y al Padre de los cielos en la propia historia. De hecho, Juan, en otro acápite de su Evangelio, nos dirá: “En esto consiste la vida eterna, la vida en plenitud, la vida abundante”, (entiéndase estas expresiones como similares): “En esto consistirá la vida verdadera, en que creamos y recibamos al Padre de los cielos y a su enviado Jesucristo”. Y podemos afirmar, oyendo de manera más profunda este texto, que la muerte del evangelista san Juan no es la muerte material como tal, la cesación de las funciones vitales del corazón, de los pulmones, del cerebro; no. La muerte en san Juan es separación de Dios, es alejamiento de Dios por el pecado, y esa muerte sólo puede ser superada cuando acogemos la vida de Jesús, la que Él nos ofrece y se vuelve, repetimos plenitud de vida, plenitud de vida en nosotros. Esto no es mera retórica, estas no son solo palabras, es la experiencia fundacional de todo creyente a lo largo de los siglos y del tiempo. Por creer en Jesús, esto es, por aceptarlo, recibirlo en nuestro corazón y en nuestra vida, nosotros pasamos de la muerte espiritual a la vida plena y no seremos enjuiciados. Hoy te pregunto ¿hasta el día de hoy, en quién o en qué has buscado la plenitud de la vida?: ¿En la abundancia material?, ¿en el éxito profesional?, ¿en el reconocimiento social?, ¿en el aplauso de los hombres?, ¿en el placer hormonal e instintivo?, ¿en la comodidad y el bienestar? En qué crees que se cifra la plenitud de tu vida. Hoy Jesús nos propone claramente ¡Nada del mundo es capaz de llenarnos como lo hace Cristo, como lo hace Dios en Jesucristo! Por eso es una torpeza buscar la plenitud de la vida en las cosas externas del mundo, que sólo llegarán a la dimensión exterior del ser, pero no a la profundidad de la vida. En una tercera y final enseñanza. Constatamos la incomprensión de los judíos frente a Cristo, que lo veían sólo como un hombre, como un mortal más que se pretende igualar a Dios y por eso lo miran con sospecha y quieren matarlo. Hoy te pregunto 2000 años después, cuánto desconocimiento hay, cuánta incomprensión en los hombres de nuestro tiempo sobre el misterio y la Persona divina de Jesús, que no es solamente un Maestro, sino que es más que un maestro, que no es sólo un profeta, sino que es más que un profeta, que no es sólo un iluminado, sino que es más que un iluminado. Es Dios que se hace hombre y tiene en su divinidad el poder para mostrarnos la verdad profunda del ser humano, la verdad profunda de la vida, la verdad profunda del mundo a través de la sabiduría de la cruz que los hombres no entendemos. Y también ese Dios que se hace hombre nos muestra la verdadera libertad que empieza a partir del desapego de personas y cosas, desapego total. Como decían los místicos: “Hay que entregarlo todo para recibir al todo que es Dios”. Y nos enseña además de esa verdad suprema por la sabiduría de la cruz y de la libertad absoluta por el desapego total de cosas y personas. Nos enseña el camino del auténtico amor, que no es nada distinto, sino de la entrega total de la propia vida hasta el final, hasta el final de la existencia. Como dirá Jesús ¡Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos! Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Juan 5, 17-30 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de Isaías 49, 8-15: Esto dice el Señor: «En tiempo de gracia te he respondido, el día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salgan”, a los que están en tinieblas: “Vengan a la luz”. Aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua. Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Mirenlos venir de lejos; mirenlos, del Norte y del Poniente, y los otros de la tierra de Sin. Exulta, cielo; alégrate, tierra; rompan a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados». Sion decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Palabra de Dios Salmo del día de hoy Salmo (145)144, 8-9.13cd-14.17-18 (R.cf. 71[70],20 El Señor es clemente y misericordioso El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es clemente y misericordioso El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. El Señor es clemente y misericordioso El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente. El Señor es clemente y misericordioso Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Juan (5,17-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo». Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. Jesús tomó la palabra y les dijo: «En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para su asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad les digo: quien escucha mi palabra y crea al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida. En verdad, en verdad les digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad para juzgar, porque es el Hijo del hombre. No los sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAmor de Dios
dc.subjectAutoridad de Dios
dc.subjectDios
dc.subjectObra de Dios
dc.subjectSan Juan
dc.subjectVerdad de Dios
dc.subjectVerdad incuestionable
dc.subjectVerdad profunda
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡!En verdad, en verdad les digo!
dc.title.alternativeDios habla

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