¡Tengo sed de Dios!

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REFERENCIA BIBLICA DEL EVANGELIO Juan 4, 5-15 Primera lectura del día de hoy Lectura del libro del Éxodo 17,3-7: En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: -«¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» Clamó Moisés al Señor y dijo: -«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.» Respondió el Señor a Moisés: -«Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpea­rás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.» Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: -«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?» Salmo del día de hoy Salmo 95/ 94 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» Segunda lectura del día de hoy De la carta a los Romanos 5,1-2.5-8: Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que esta­mos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. Evangelio del día de hoy Evangelio según san Juan 4,5-42: En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Si­car, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el ma­nantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: -«Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: -«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? » Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: -«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. » La mujer le dice: -«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: -«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» La mujer le dice: -«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve­nir aquí a sacarla.» Él le dice: -«Anda, llama a tu marido y vuelve.» La mujer le contesta: -«No tengo marido.» Jesús le dice: -«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.» La mujer le dice: -«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron cul­to en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.» Jesús le dice: -«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva­ción viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.» La mujer le dice: -«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. » Jesús le dice: -«Soy yo, el que habla contigo.» En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera ha­blando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas? » La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: -«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?» Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: -«Maestro, come.» Él les dijo: -«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.» Los discípulos comentaban entre ellos: -«¿Le habrá traído alguien de comer?» Jesús les dice: -«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cose­cha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo sala­rio y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mis­mo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.» En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testi­monio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se que­dara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.» o bien, más breve Jn 4,5-15.19b-26.39a.40-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Si­car, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el ma­nantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: -«Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: -«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? » Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: -«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. » La mujer le dice: -«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: -«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» La mujer le dice: -«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve­nir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres die­ron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debemos dar culto está en Jerusalén.» Jesús le dice: -«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva­ción viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.» La mujer le dice: -«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.» Jesús le dice: -«Soy yo, el que habla contigo.» En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Más allá del encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob y más allá de saciar la sed, más allá de la carga simbólica que tiene este evangelio de san Juan en la narrativa, dónde nos muestra muchos elementos para descubrir, como hay que adorar a Dios en espíritu y en verdad y como el hombre se puede entregar a la idolatría, pero puede conocer a Jesús y la verdad profunda que Él presenta; descubramos tres elementos centrales y pastorales para nuestra vida. El primero, el hombre es un continúo necesitado. Todo ser humano rico o pobre, letrado o ignorante, el hombre del pasado o el de hoy, es un continuo necesitado de comer, de beber, de dormir, de respirar; todos estamos de alguna manera dependiendo de aquellos materiales o alimentos congruos para cada día. Pero descubrimos en un segundo momento que esa hambre o esa sed del hombre, es más profunda que simplemente atender o mitigar un hambre o sed material o fisiológica; descubrimos en ese sentido y en un segundo momento, que el hombre es un eterno sediento; pero su sed es más profunda que de simple agua del pozo de Jacob, es una sed de vida, de alguna manera reconocemos siguiendo al gran padre de la Iglesia san Agustín, que este encuentro de Jesús y la samaritana, es el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre; es que Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él, muy en el fondo reconocemos que la quinta palabra de Jesús en la cruz: “Tengo sed”, no es solamente una sed material, es una sed de que el hombre busque de Dios, de que el hombre busque saciar sus anhelos más profundos solo en Dios. Y es aquí donde viene una tercera y fundamental enseñanza, más allá de la sociedad divertida, la sociedad consumista, la sociedad de la materia, del espectáculo y de las modas que hoy vivimos. Reconocemos que en cada ser humano más allá de su raza o lengua, hay una búsqueda eterna e inconsciente de Dios, por vía de sustitutos o de compensaciones, buscamos la seguridad, la alegría, el amor de Dios en las seguridades materiales, las alegrías pasajeras, el amor humano que a veces queremos comprar y a veces mendigar. Al final de la vida descubrimos que estamos llenos de nada y vacíos de todo y que el vacío de nuestro corazón tiene exactamente el tamaño de Dios. ¿Pero cuál es la sed profunda del hombre de hoy? nos preguntamos y señalamos sencillas líneas o iluminaciones. Hoy en el corazón humano hay una sed de vida, de vida abundante, es que tenemos una vida extensiva hacia afuera, pero no intensiva hacia adentro, nos falta más pasión y motivos para darle sentido a la vida. Hay también en una segunda iluminación, una sed de amor, olvidamos que fuimos creados por Dios para amar y ser amados y tenemos tantos huecos en el alma que llenamos mal; hay en nosotros una soledad acompañada de cosas muertas, hay hoy día tantos matrimonios rotos, familias de extraños, dónde nos une la tecnología y la mascota del perro o del gato que hemos comprado; no nos damos cuenta que no nos queremos y no recibimos el amor de otros, a veces descubrimos con dolor que el amor humano tampoco y a veces pide mucho, y el amor de Dios da mucho y pide poco. En una tercera iluminación descubrimos, que en el hombre de hoy hay una sed de paz, es el gran don de Dios que se nos da con el nacimiento de Jesús y con la Pascua, la Resurrección de Jesús al decirnos: “La paz les doy”. En el ser humano encontramos una búsqueda frenética para descansar, para salir de weekend o fin de semana al campo, para desconectarnos de la carga, del hastío, del tedio de la vida. Hoy tenemos una necesidad universal de perdón y de reconciliación con nosotros y con los otros, pero esa paz y esa reconciliación la da solo Dios y no las cosas humanas. En una cuarta iluminación, hoy encontramos sed de justicia, decimos que la vida es injusta pero no es la vida, somos los hombres los injustos, solo Dios puede hacer justicia, pero quiere hacer justicia a través de tus manos, a través de tus capacidades, a través de tu voz, a través de hombres convertidos. En una quinta iluminación, descubrimos que el ser humano hoy tiene sed de alegría, el hombre busca alegrar la vida en la amistad, en la comida, en el vino, en el deporte, en la música, en el baile, en el descanso, para aligerar las tristezas y el peso de la vida; pero olvidamos que la alegría más profunda está cuando Dios mora en mí, esto lo entendieron claramente los santos que vivían gozosos más allá de las adversidades. En una sexta iluminación, descubramos que en el hombre de hoy hay sed de la verdad, búsqueda de honestidad, de transparencia, de una información imparcial, de una mayor confianza en las relaciones afectivas y comerciales, estamos cansados y hastiados del engaño y de la manipulación, y olvidamos que solo Cristo es la verdad y que por el camino del Cristo verdad, nos haremos libres. En una séptima y última iluminación, descubramos que la gran sed del hombre, es una sed de infinito, de eternidad, de inmortalidad; nos resistimos, nos revelamos contra la muerte, buscamos perpetuarnos en hijos, buscamos perpetuarnos en la empresa que hemos formado, busca el artista perpetuarse en su obra de arte y olvidamos que solo Cristo ofrece vida eterna. Hoy reconocemos, que somos eternos buscadores a lo largo de la vida, pero buscamos ese amor, esa paz, esa justicia, esa alegría, esa verdad, esa infinitud, esa vida abundante, la buscamos en las cosas caducas y finitas del mundo y solo lo encontramos en otro infinito Dios. Recordemos como conclusión de esta reflexión, la famosa expresión del padre de la Iglesia san Agustín: “Señor, nos hiciste para Ti y nuestro corazón andará inquieto en este mundo hasta que no descanse en Ti”. Que el Señor te bendiga en este día, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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