¡Agua, Sangre y Espíritu!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 5, 12-16
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: de la carta del apóstol san Juan 5, 5-13
Queridos hermanos: ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad. Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: Dios ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Les he escrito estas cosas a los que creen en el Nombre del Hijo de Dios, para que se den cuenta de que tienen vida eterna.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R. 12a)
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su Mensaje a la tierra,
y su Palabra corre veloz.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Anuncia su Palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 5, 12-16
Sucedió que, estando Jesús en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida la lepra se le quitó. Y Él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». Se hablaba de Él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades. Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración.
Palabra del Señor». Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Agua, Sangre y Espíritu!
El evangelista Lucas nos presenta la curación de un leproso que con grande confianza y sobre todo una profunda humildad, se encuentra con Jesús, se postra corporalmente ante Él y le ruega diciéndole: “Señor Jesús, si lo quieres, si es tu voluntad, puedes curarme, puedes dejarme limpio de mi lepra”.
Llama la atención que el leproso, a diferencia de otros enfermos de su tiempo, no es un mendigo que pide comida o dinero, apunta a algo más importante que simplemente el comer ese día o tener un poco de dinero para subvencionar sus necesidades diarias. El leproso apunta a lo esencial quiere ser sanado de su lepra; sus llagas en la piel para muchos entendido como un castigo de Dios en la época que los llevaba a la marginación, a la exclusión, ser sacados del seno de su familia, del seno de su sociedad y del seno de su comunidad religiosa hacía más dolorosa y estigmatizante esta enfermedad.
Por eso este leproso quiere una nueva vida, lo más importante, más allá de la comida para ese día o de un poco de dinero.
Pero avanza el evangelista y nos dice que Jesús, venciendo las prohibiciones rituales de la época que impedían que se tocara un leproso por riesgo al contagio y a quedar impuros, extiende la mano y toca corporalmente al leproso, y ante su súplica: “Si puedes, ayúdame a quedar limpio de mi lepra”. Jesús le responde: “Si quiero, quedas limpio de tu lepra”.
Nos dice san Lucas que la curación es instantánea y que, según el mandato ritual, debía de presentarse ante el sacerdote de su comunidad para que certificara que había sido sanado y pudiera ser resocializado, reinsertado en su comunidad. Jesús solo le pide guardar discreción sobre esta curación. Pero nos dice que el hombre, haciendo exactamente lo contrario, hablaba cada vez más a mucha gente de la bondad, de la bendición, de la curación extraordinaria que Jesús había realizado en él.
La gente buscaba al Hijo de Dios, pero termina el evangelista Lucas diciendo “que Jesús procuraba retirarse a lugares despoblados para orar”. En Lucas siempre es una constante la fuerza de oración, la fuerza de intimidad con el Padre Dios, que Jesús mantiene precisamente en medio del fragor de su ministerio público, de estar aquí y allá con cientos de personas que le rodeaban.
Pero hablemos también de la primera carta de san Juan en el capítulo 5, como hemos dicho, un precioso texto cuya lectura recomiendo ampliamente, lectura meditada.
Hoy se nos presenta san Juan dándonos un mensaje hablando de que son tres los elementos que dan testimonio de Jesús, de que Él es el Mesías, el enviado por Dios. Y habla del Espíritu, el agua y la sangre.
Y aquí es donde entendemos el agua, donde Jesús es bautizado en el río Jordán y donde viene el Espíritu del Padre Dios que le dice: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Pero nos habla también de la sangre, la sangre que derrama Jesús precisamente en la cruz, sangre derramada que nos alcanza el perdón de los pecados y la apertura a la vida eterna, a la vida con Dios. En la cruz fueron crucificados los pecados de toda la humanidad y si tenemos fe que nosotros, viviendo el bautismo de Jesús y también dejándonos crucificar espiritualmente, alcanzaremos la salvación definitiva.
Pero habla de un tercer elemento, además del agua y la sangre, y es el espíritu y reconocemos que es el Espíritu del Padre el que resucita al mismo Jesús. Por eso el agua bautismal, la sangre de la cruz, el Espíritu que aparece en toda la vida de Jesús en el bautismo, en la crucifixión y en la Resurrección es la garantía de que nuestra fe es verdadera, de que nuestra fe en el Hijo de Dios jamás será defraudada.
Pero esta fe ¿qué implica?, me pueden preguntar ustedes. Implica dos verdades fundamentales. Si abrimos el corazón, si no sólo desde la intelectualidad, sino desde nuestro ser, confesamos y decimos creo en ti, Jesús, creo que eres el Hijo de Dios, creo que no fuiste simplemente un profeta más, un rabino más, un maestro más, sino que eres el enviado del Dios bendito. Nosotros alcanzaremos dos bendiciones: una, venceremos el mundo. Dos, tendremos vida eterna.
Vencer el mundo es vencer el pecado que hay en el mundo, vencer las insidias, engaños y vanidades que engañan al hombre y le impiden ser feliz y se desvía por caminos equivocados en su vida, en el mundo. Pero tener la vida eterna es reconocer que con la muerte no acaba todo, que, por el contrario, la muerte es cruzar la puerta hacia la vida definitiva, la vida plena, la vida abundante con Dios.
Agua, Sangre y Espíritu, nos dirá san Juan tres testigos de que Jesús es Salvador, que si le abrimos el corazón venceremos el pecado del mundo y el pecado que hoy hay en nosotros y alcanzaremos la vida eterna.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día, fortalezca tu fe, tu esperanza y tu amor. Y te bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.