¡El Señor prueba al que Ama!

dc.contributor.authorFundación Amén Comunicaciones
dc.date.accessioned2025-02-14T21:59:57Z
dc.date.available2025-02-14T21:59:57Z
dc.date.issued2025-02-05
dc.descriptionTRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES Siempre me ha impresionado el capítulo 12 de la carta a los hebreos y me ha impactado de manera particular la expresión con la que se nos invita: “A derramar la sangre, hacernos violencia interior en nuestra pelea, en nuestra lucha contra el pecado”. Una palabra que el mundo hoy niega, o por lo menos ha banalizado y que desde la fe religiosa en todas las grandes religiones y tradiciones del mundo, es la gran tragedia, el gran drama del ser humano, porque al pecado, más allá de negársele o banalizársele es sobre todo la gran equivocación del hombre al vivir su existencia de espaldas a Dios, en un proyecto que necesariamente no sólo lo hace sufrir, sino que lo lleva al fracaso, al dolor de su vida. Hoy nos dice esta primera lectura de hebreos capítulo 12: “Hermanos, todavía no han llegado a la sangre en su pelea contra el pecado”. Hoy te pregunto, ¿cuál es tu pasión dominante?: ¿el egoísmo?, ¿la envidia?, ¿el orgullo?, ¿una adicción al licor, al juego?, ¿la ira?, ¿el resentimiento o el rencor? ¿Vas a permitir que esta actitud, este sentimiento autodestructivo siga dañando tu vida?; ¿de qué es de lo que más te has confesado en los últimos 20 años de tu existencia? Hoy, haciendo eco de la carta a los hebreos te digo, todavía no has llegado a derramar tu sangre en la lucha contra el pecado, pide radicalidad, firmeza para escapar de la mayor cárcel que hay en el corazón que es el pecado. Es que descubre que el gran enemigo de mi vida no está en el otro; el gran enemigo de la vida está en mí mismo: mis miedos, mis desánimos, mi encerrarme en mí mismo, las cárceles que construyo a partir de adicciones o de pasiones que terminan dominando mi mente, mi entendimiento, mi voluntad, mi memoria. Pero hay una segunda idea que nos presenta hoy de manera magnífica la carta a los hebreos a propósito de las correcciones que Dios hace en nuestra vida, que nos duelen ciertamente, pero que luego, una vez pasada la corrección, descubrimos cómo nos ha hecho crecer, cómo nos ha fortalecido. En efecto, dice la carta a los hebreos: “No rechaces la corrección del Señor, no te enfades por su reprensión, porque el Señor corrige y reprende a los que ama y castiga a sus hijos más amados”. Luego, dando explicación a esta monumental expresión afirmará hebreos ¿qué padre, acaso no corrige a sus hijos? “Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz”. Hoy descubre todas las circunstancias, situaciones, acontecimientos que por más que parezcan adversos en tu vida, Dios, en definitiva, los ha permitido porque te quiere probar, porque te quiere purificar, porque te quiere corregir. ¿Quién de nosotros en la vida, cuando ha buscado con sincero corazón acercarse a Dios, no ha encontrado precisamente pruebas, espinas en el camino de la conversión? No la rechacemos que allí está de manera misteriosa el amor de Dios Padre que corrige y que quiere lo mejor para nosotros a la manera en que se poda un árbol y aunque la poda, el corte de las ramas parezca doler al árbol, sólo sirve para que dé frutos más abundantes, fruto más dulces y sabrosos. Pero pasemos en una tercera idea al evangelio de hoy. Jesús se duele de la falta de fe de sus paisanos y reconoce una frase lapidaria que ha hecho carrera en la Iglesia: “No desprecian a un profeta más que en su tierra”, y añade: “Que pocos milagros pudo hacer más allí, entre los suyos, por su falta de fe, por su increencia”. Hoy preguntémonos ¿cómo no ser los incrédulos duros de corazón nazaretanos, paisanos de Jesús de Nazaret?, y reconozcamos que la fe es un don precioso de Dios que hay que pedir en oración, con insistencia y sobre todo, con gran confianza. Cuando te duele es porque un hijo tuyo habla con desprecio de las cosas de Dios, censura tu piedad, tu búsqueda de la Eucaristía, tu oración simple de un Santo Rosario cada día. No te fastidies, quizás tu hijo no tiene el don de la fe que tú has tenido y ora por ese hijo para que algún día, y sobre todo a partir de circunstancias a veces adversas, encuentre a Dios, descubra la fe como la gran iluminación en la vida profunda del hombre. Pero también reconozcamos, siguiendo la primera lectura de hebreos, que la fe se fortalece sólo en las pruebas de la vida. Es que es muy fácil decir, yo creo en Dios, yo confío a Dios mi vida cuando el carro de mi existencia camina sobre ruedas en una autopista; es más difícil decir, yo creo en Dios, cuando vivo pruebas supremas, cuando el carro de mi vida se pincha en una de sus llantas o entra a carretera destapada. No reniegues de las pruebas que ellas desarrollan paciencia y sobre todo, una fe aquilatada, una fe purificada, así como el fuego purifica el oro de cualquier basura o escoria. Terminemos diciendo que la fe necesita ser alimentada como cualquier realidad viva, así como el cuerpo, tu organismo y el mío necesitan ser alimentados, nutridos, ejercitados, así también la fe necesita ser alimentada en el tiempo desde la oración personal, el trato íntimo con Jesús, desde la meditación pausada de la Palabra del Señor contenida en la Sagrada Escritura, desde la celebración frecuente de la Eucaristía vivida con amor, desde la vida fraterna asumida en tu familia y con los cercanos y desde el servicio, la solidaridad, la entrega de sí mismo a los demás, especialmente a los que más sufren: inmigrantes, desempleados, enfermos, ancianos, solitarios. Hoy descubre que tu fe necesita ser alimentada desde esas cinco dimensiones: oración, Palabra de Dios, Eucaristía, vida fraterna y servicio a los sufrientes. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
dc.description.abstractREFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Marcos 6, 1-6 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: de la carta a los Hebreos 12, 4-7.11-15: Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado. Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos.» Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará. Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor. Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos. Palabra del Señor. Te alabamos Señor Salmo del día de Hoy: Salmo 103(102), 1-2.13-14.17-18a La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza. La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos Evangelio del día de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6: En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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dc.subjectAdversidades
dc.subjectAmor de Dios
dc.subjectCorrección
dc.subjectCárcel de pecado
dc.subjectCircunstancias
dc.subjectEntrega
dc.subjectPurificación
dc.subjectPruebas de la vida
dc.subjectSan Marcos
dc.subjectBiblia
dc.subjectEvangelio
dc.title¡El Señor prueba al que Ama!
dc.title.alternativeAmor de Dios

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