¡La muerte no es el final!
| dc.contributor.author | Fundación Amén Comunicaciones | |
| dc.date.accessioned | 2025-11-25T19:39:07Z | |
| dc.date.available | 2025-11-25T19:39:07Z | |
| dc.date.issued | 2025-11-22 | |
| dc.description | TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡La Muerte no es el Final! La ley de levirato entre los judíos, contemplaba que, si una mujer enviudaba sin dejar descendencia o hijos, podía casarse con los hermanos de su esposo, esto es, con sus cuñados, buscando recibir hijos, tener descendencia, claro signo de la bendición de Dios en la mentalidad judía en tiempos de Jesús. Pues bien, hoy el evangelio nos presenta un caso extremo, donde los saduceos, burlándose de Jesús porque no creían en la idea de la resurrección, plantean el caso extremo de una mujer que enviuda y luego se casa sucesivamente con los hermanos de su esposo fallecido, sin dejar hijos. Al final preguntan para poner en ridículo a Jesús, ¿de cuál de todos los hombres hermanos de su esposo difunto es casada, porque con todos ellos contrajo matrimonio? A propósito de que finalizamos el mes de noviembre, mes de difuntos, hagamos una reflexión sobre el misterio de la muerte y lo que nos espera más allá de esta. Hoy reconocemos que los seres humanos no pocos, tienen dificultad como los saduceos en tiempos de Jesús, para aceptar la idea de una vida más allá de la muerte; pero reconocemos que es una realidad inevitable la muerte, que es un gran misterio, que es la única regla que no tiene excepción y que nos iguala a todos. Hoy reconocemos paradójicamente, que, si bien la única certeza que tenemos es que vamos a morir, en todo ser humano de manera universal, hay una sed doble. Sed de Dios, de trascendencia, de infinito; y sed de inmortalidad, de perpetuarse en unos hijos, de perpetuarse en un mensaje. Pero encontramos una segunda paradoja a propósito de la muerte. Hoy tenemos dificultad lo repetimos, para asumir la eternidad, porque la experiencia humana es apabullante frente a la realidad de la enfermedad, la agonía, la muerte, cuando acompañamos a un ser querido a su cremación en un horno de fuego o a su enterramiento. Sin embargo, sabemos, que el hombre no fue creado para la muerte, la fe nos abre un nuevo horizonte y nos descubre la muerte, no como el fin de la búsqueda humana, sino como un tránsito en la ruta hacia la plenitud de la vida, hacia la plenitud del amor y la paz con Dios. Reconocemos también una tercera paradoja, vivimos a veces como si no nos fuéramos a morir, es una mirada pagana de la vida, parece que siguiéramos el aforismo de aquellas escuelas griegas antiguas que decían: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Vivimos con tal egoísmo, con tal narcisismo de la vida, pensando que no hay juicio y no hay encuentro definitivo con Dios. Hoy reconocemos que, ante la imposibilidad de soñar una vida eterna, un cielo después de la muerte, muchos hombres con necedad, con locura, han pretendido construir su cielo, su vida perfecta en el antes de la muerte, una vida de goce de los sentidos, una vida de diversión y materialismo, una vida de bienestar y comodidad hasta el límite, una vida de disfrute máximo. Quizás por esto al hombre occidental especialmente el europeo y el americano, nos cuesta tanto entender la muerte porque nos habla solamente de duelo, de pérdida, si hemos construido nuestro pequeño y miserable cielo sólo en esta tierra y en los disfrutes materiales. Hoy sabemos por la fe de la Iglesia, que hay una realidad de un infierno donde no hay posibilidad de arrepentirnos, y que, si ciertamente como ha señalado el magisterio de los últimos Papas, no es un lugar, es un estado espiritual del alma, donde nos privamos de la gloria eterna de Dios. Sabemos también que además del infierno hay un purgatorio, que no es ni mucho menos motivo de tristeza, sino de alegría y esperanza, porque ese purgatorio, espacio o estado de purificación misteriosa antes de entrar a la gloria de Dios, en definitiva, es la última Misericordia del Señor. Hoy frente a nuestros fieles difuntos, por los que oramos con más intensidad en este mes de noviembre, agradezcamos sus bondades, los favores, la sabiduría, la vida que nos dieron. Oremos por esos seres difuntos fallecidos, oremos pidiendo perdón y misericordia por sus pecados, y reflexionemos desde ellos nuestra misma muerte, que nos lleve a vivir bien para morir bien. Pero además del purgatorio y además del infierno, está el cielo, donde hablamos de aquellos que triunfaron, donde el único partido de su vida que no podían perder lo ganaron y gozan de la gloria eterna de Dios; viven en la plenitud de Dios y han asumido con heroísmo la fe, esto es, la confianza en Dios en medio de grandes pruebas, han asumido con heroísmo la esperanza, esperar en Dios contra toda esperanza y sobre todo, han asumido con heroísmo el amor, no dejaron de amar, ni se cansaron de amar, más allá de ingratitudes, traiciones y soledades. Hoy a propósito, de esa confrontación de Jesús con los saduceos, a propósito de si hay o no hay vida eterna, concluyamos con ese mensaje que el Papa Benedicto XVI en su momento y cuando cumplía 85 años, dio a un periodista quien le dijo: “Estoy en la etapa final de la vida y tengo tres certezas que acompañan mi existencia. La primera, sé que la luz de Dios existe. La segunda certeza, sé que Cristo ha Resucitado venciendo el mayor poder y mal de la historia, la muerte. La tercera certeza, sé que la bondad de Dios es más grande que el mal del mundo y de los hombres”. Que el Señor te bendiga en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. | |
| dc.description.abstract | REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 20, 27-40 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del primer libro de los Macabeos 6, 1-1 3 En aquellos días, el rey Antíoco recorría las provincias del norte, cuando se enteró de que había en Persia una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas dejadas allí por Alejandro el de Filipo, rey de Macedonia, que en otro tiempo había sido rey de Grecia. Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla, pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle. Antíoco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado. Entonces llegó a Persia un mensajero, con la noticia de que la expedición militar contra Judea había fracasado: Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos y el enorme botín de los campamentos saqueados, habían derribado el arca sacrílega construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una, muralla alta como la de antes, y habían hecho lo mismo en Betsur, ciudad que pertenecía al rey. Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que tuvo una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería. Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. Pensó que se moría, llamó a todos sus amigos y les dijo: -El sueño ha huido de mis ojos; me siento abrumado de pena, y me digo: ¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, que era feliz y querido cuando era poderoso! Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando todo el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judea, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 9, 2-3.4+6.16+19 (R. 15b) Gozaré, Señor, de tu salvación. Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh, Altísimo. Gozaré, Señor, de tu salvación. Porque mis enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante tu rostro. Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. Gozaré, Señor, de tu salvación. Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron. El no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde perecerá. Gozaré, Señor, de tu salvación. Evangelio de Hoy: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 20, 27-40 En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: -Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos. Intervinieron unos letrados: -Bien dicho, Maestro. Y no se atrevían a hacerle más preguntas. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús | |
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| dc.subject | Bondad de Dios | |
| dc.subject | Cristo resucitado | |
| dc.subject | Luz de Dios | |
| dc.subject | Muerte | |
| dc.subject | Mal del mundo | |
| dc.subject | Mal de los hombres | |
| dc.subject | Misterios de la Fe | |
| dc.subject | San Lucas | |
| dc.subject | Vida eterna | |
| dc.subject | Biblia | |
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