¿Eres profeta para tu familia?
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 9, 18-22
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Ageo 1, 15b – 2,9
El día veintiuno del séptimo mes del año segundo del reinado de Darío, la palabra del Señor vino, por medio del profeta Ageo, y dijo: “Diles a Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Yosadac sumo sacerdote, y al resto del pueblo: ‘¿Queda alguien entre ustedes que haya visto este templo en el esplendor que antes tenía? ¿Y qué es lo que ven ahora? ¿Acaso no es muy poca cosa a sus ojos?
Pues bien, ¡ánimo!, Zorobabel; ¡ánimo!, Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote; ¡ánimo!, pueblo entero. ¡Manos a la obra!, porque yo estoy con ustedes, dice el Señor de los ejércitos. Conforme a la alianza que hice con ustedes, cuando salieron de Egipto, mi espíritu estará con ustedes. No teman’.
Esto dice el Señor de los ejércitos: ‘Dentro de poco tiempo conmoveré el cielo y la tierra, el mar y los continentes. Conmoveré a todos los pueblos para que vengan a traerme las riquezas de todas las naciones y llenaré de gloria este templo. Mía es la plata y mío es el oro. La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero, y en este sitio daré yo la paz’, dice el Señor de los ejércitos”.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 43(42), 1.2.3.4 (R. cf. 5bc)
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Defiéndeme, Señor, hazme justicia
contra un pueblo malvado;
de hombre tramposo y traicionero
ponme a salvo.
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Si tú eres de verdad mi Dios-refugio,
¿por qué me has rechazado?,
¿Por qué tengo que andar tan afligido,
viendo cómo me oprime el adversario?
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad;
que ellas se conviertan en mi guía
y hasta tu monte santo me conduzcan,
allí donde tú habitas.
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Al altar del Señor me acercaré,
al Dios que es mi alegría;
y a mi Dios, el Señor, le daré gracias
al compás de la cítara.
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 18-22
Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.
Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.
Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¿Eres profeta para tu familia?
La primera lectura tomada del profeta Hageo está llena de palabras de ánimo que se repetirán tres veces, buscando que el pueblo de Dios se sienta orgulloso de la reconstrucción del templo de Jerusalén, que había sido destruido en guerras años atrás. Se hará una comparación con el primer gran templo, el de Salomón, su gloria, su belleza, su esplendor, su imponencia. Y aunque la reconstrucción del actual templo parece insignificante, pronto el Señor provocará una conmoción cósmica en el cielo y en la tierra. “Una conmoción universal que hará que este templo esté lleno de riquezas y de gloria”.
¿Acaso no son las palabras de Hageo cuando le dice a su pueblo, quién de entre ustedes queda de los que vieron este templo en su primitivo esplendor? ¿Acaso no lo ven ahora insignificante y no les parece que no vale nada? Y les dará palabras de ánimo a Zorobabel, palabras de ánimo a Josué, palabras de ánimo a todas las gentes y les dirá: “Adelante, que estoy con ustedes, oráculo del Señor”.
Los invitará a superar los temores. “El ánimo está sustentado en la certeza de que la fuerza del mismo espíritu que actuó en la liberación del pueblo de Israel en Egipto porque el Espíritu estaba con ellos, asegura que no deben de tener ningún temor”. Y hablará “del esplendor y de la gloria de este segundo templo de Jerusalén, después del gran templo de Salomón”. Y los invita “a que se reúnan como comunidad creyente, a estar alrededor de él”.
Pero pasemos al evangelio de san Lucas en el capítulo 9, cuando Jesús en oración, en encuentro de intimidad con el Padre Dios, hace una retroalimentación con los suyos preguntándoles ¿cómo lo percibe la gente?, ¿quién dice la gente que es Él? “Unos lo miran como el gran profeta Juan el Bautista o como otro gigante en el mundo de la profecía, Elías, o como alguno de los viejos profetas del Antiguo Testamento”. Pero Jesús, al parecer, no queda contento con la respuesta de sus discípulos y de manera más directa les pregunta y ¿ustedes quién dicen que soy Yo?
Pedro, tomando la voz del grupo de los apóstoles le dirá: “Tú eres el Mesías de Dios”. Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie y hace anuncio de su propia Pasión y Muerte y dirá: “El Hijo del Hombre más allá de que Pedro me denomine como Mesías, el Hijo del Hombre (hablando Jesús de sí mismo), tiene que sufrir mucho, tiene que ser humillado y excluido por los sumos sacerdotes, escribas e importantes de la ciudad de Jerusalén. Tiene que ser ejecutado en una cruz y resucitará al tercer día”.
Qué tarea la de un profeta, cuando lo calificaban así los suyos. Y podríamos decir de manera sencilla “que el profeta es el que anuncia, el que denuncia y el que renuncia”. El profeta de todos los tiempos sobre todo en el siglo XXI es aquel llamado a anunciar la vida nueva que el amor de Dios nos trae, una vida que quizás nunca has conocido, una vida en la fraternidad, en la justicia, en el respeto, en el perdón, en la compasión y, sobre todo, en la entrega generosa de la propia existencia. Anunciar una nueva manera de vivir en una sociedad de indiferencia, de egoísmo profundo, de indolencia frente al sufrimiento de los demás, de sentimientos a veces mezquinos, de sentimientos codiciosos, de sentimientos de ambición, de poder. El profeta anuncia una nueva manera de vivir que sólo podemos alcanzar por el mensaje de Cristo y por el misterio de su Pascua, su Pasión, Crucifixión, Muerte y, sobre todo, Resurrección.
Pero el profeta, en un segundo momento, es el que denuncia el mal, el desorden moral de su pueblo, las equivocaciones, la ceguera con la que están actuando. Y el profeta en su denuncia dirá: “Si siguen por esos caminos equivocados, están labrando, están construyendo para su propia destrucción”.
Hoy cuánta falta hacen profetas que denuncien el mal de los hombres, su vida equívoca, y muchas veces nos silenciamos diciendo: no es mi problema, no me van a entender, me van a decir no se meta en mi vida, quizás voy a entrar en conflictos. Por eso prefiero, por comodidad, callar. Pero un profeta de Dios, un amigo del Señor, además de anunciar el amor divino que transforma, tiene que denunciar la vida equivocada de desamor, de egoísmo, la vida equivocada de indiferencia que vivimos frente a los demás y que nos lleva a una profunda soledad.
Finalmente, el profeta, además de anunciar el bien y la luz de Dios y denunciar el mal y la oscuridad en la que vive el hombre, el profeta renuncia a vivir según el espíritu del mundo. ¿Acaso no es lo que vivió Jesús cuando anuncia su propia Pasión, exclusión por los suyos, Crucifixión y Muerte? ¿Acaso el discípulo no debe seguir la suerte de su propio maestro?, ¿por qué escandalizarnos de esto?
Hoy te pregunto: en tu familia, entre tus cercanos, ¿eres profeta de Dios?, ¿anuncias la vida maravillosa que Él nos da aquí y ahora? ¿Denuncias las equivocaciones y la ceguera con la que vive tu familia? ¿Renuncias al espíritu del mundo y renuncias al espíritu de una vida simplemente masificada, alienada, según el pensamiento políticamente correcto o políticamente aceptado?
Hoy, cómo estamos llamados a ser profetas en nuestra casa, en nuestra familia y cómo nos cuesta ser luz para los nuestros: tu cónyuge, tus hermanos, tus hijos. Te enrostrarán tus incoherencias y te diré que la única manera de ser profeta entre los tuyos se da por tres caminos.
El primero. Ora, ora fervorosa, perseverante y humildemente a Dios por tu familia. Si vez su inconversión, su mundanidad, su camino equivocado que le llevará hacia el futuro a grandes sufrimientos. Ora por ellos, que la luz del Espíritu, en algún momento toque sus corazones, abra sus almas a la acción de Dios. He visto muchísima gente que fruto de la oración de una madre especialmente, han renovado su vida con ocasión de una prueba, una enfermedad, un accidente, una cárcel, una extorsión, una depresión, una quiebra económica, un divorcio. Tantas realidades que nos llevan a recapacitar, pero de fondo, muy de fondo había la oración de un ser querido que pedía a Dios la conversión, el cambio de vida de un hijo, de una hija.
Pero también para ser profeta en tu familia, además de orar, dales testimonio. Las palabras vuelan y el ejemplo arrastra. Vive en piedad, vive en fraternidad, vive en humildad, vive en amor, vive compartiendo, vive en perdón. Los demás puede que no reconozcan en vida tu testimonio, pero quizás en tu ausencia, o más aún, en el día de tu muerte, dirán, era un buen ser humano, fue una persona piadosa, buscó siempre de Dios. Nunca se le vio desesperada, siempre nos aconsejó bien, vivió rectamente, iluminó nuestra vida. Su amor entrañable siempre nos va a acompañar. Dale ejemplo a tu familia y sé profeta frente a ellos: uno, con tu oración y dos, con tu testimonio de amor, de entrega, de servicio y de perdón.
Finalmente, serás profeta entre los tuyos, cuando ellos, quizás en un momento de iluminación interior, te pidan consejo, quieran escuchar tus palabras y entonces les hablarás con humildad, con delicadeza, sin enrostrarles su mala vida, con todo amor y dulzura, les hablarás de Dios y tal vez ellos entenderán: he tenido una gran mujer, a un gran hombre en mi familia y apenas ahora lo vengo a reconocer, después de que me he estrellado y me he golpeado fuertemente con la vida.
¡Ánimo!, sé que no es fácil ser profeta entre los nuestros, con la familia, con los seres que queremos, pero que por tu oración uno, por tu testimonio o ejemplo de vida, dos, y tres por tus palabras suaves, cuando te lo pregunten y ellos se dejen hablar. Exhorta a tus seres queridos y busca salvar ese tesoro que Dios nos ha dado en la vida, busca que alcancen la vida eterna, nuestro hogar, nuestros seres amados, nuestra familia.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.