¿Qué endurece el corazón?

Abstract

REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO Lucas 10, 13-16 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: del libro de Baruc 1, 15-22: Confesamos que el Señor, nuestro Dios, es justo, y a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los judíos y vecinos de Jerusalén, a nuestros reyes y gobernantes, a nuestros sacerdotes y profetas y a nuestros padres; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor, nuestro Dios, no siguiendo los mandatos que el Señor nos había dado. Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy, no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios, hemos rehusado obedecerle. Por eso, nos persiguen ahora las desgracias y la maldición con que el Señor conminó a Moisés, su siervo, cuando sacó a nuestros padres de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados, los profetas; todos seguimos nuestros malos deseos, sirviendo a dioses ajenos y haciendo lo que el Señor, nuestro Dios, reprueba. Palabra de dios, te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo (79)78, 1-2.3-5.8.9: Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado tu santo templo, han reducido Jerusalén a ruinas, echaron los cadáveres de tus siervos en pasto a las aves del cielo, y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. Derramaron su sangre como agua en torno a Jerusalén, y nadie la enterraba. Fuimos el escarnio de nuestros vecinos, la irrisión y la burla de los que nos rodean. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre enojado? ¿Va a arder como fuego tu cólera? Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 13-16: En aquel tiempo, dijo Jesús: – ¡Ay de ti Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado. Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¿Qué endurece el corazón? La primera lectura tomada del Libro de Baruc, hay una clara confesión de la justicia, la gloria y el poder de Dios en contravía con la culpa, la idolatría, la rebeldía, la vergüenza que siente el pueblo de Dios. En efecto, dirá: “Hemos pecado contra el Señor, desoyendo sus palabras, por nuestra dureza de corazón, hemos desobedecido al Señor nuestro Dios, pues no cumplimos los mandatos que Él nos había propuesto. Hemos seguido nuestros malos deseos, la idolatría, sirviendo a otros dioses y haciendo lo que reprueba el Señor nuestro Dios, y por ello vendrá el castigo y vendrá la incapacidad para llegar a la tierra prometida, pero sobre todo para no ser derrotados por pueblos vecinos que peleaban contra el pueblo de Dios”. Pero pasemos al evangelio de hoy, tomado de Lucas, capítulo 10. Cuando Jesús se duele de las ciudades de Corozaín y de Betsaida por su inconversión, su impenitencia, su dureza de corazón. Luego lo hará también de Cafarnaúm y señalará un juicio. ¿Piensas subir al cielo? “Bajarás al abismo, porque no han sido capaces de cambiar su corazón”. Y concluirá diciendo: “Sólo quien me escucha a mí, escucha al que me ha enviado y quien me rechaza a mi rechaza también al Padre Dios que me ha enviado”. Hoy, frente a este evangelio y la primera lectura, preguntamos ¿qué hace que el hombre se endurezca en su corazón? Y podríamos dar varias respuestas. En el siglo XXI, en nuestro tiempo, cuando tú mismo reconoces períodos de tu vida donde te has alejado de Dios, pregúntate ¿qué te lleva a endurecer el corazón a la fe, a la oración, al amor por la Eucaristía, a la piedad, a las cosas de Dios? ¿Por qué ese desgano?, ¿por qué tan vivo para el mundo y tan muerto para el cielo? ¿Por qué tan despierto para la materia y sus placeres, y tan dormido para el espíritu y la felicidad que nos puede brindar? Y empezamos a encontrar una primera respuesta, cuando el hombre o la mujer de nuestro tiempo convive cada día con el pecado, se acuesta con el pecado, se levanta con el pecado, hace del pecado parte de su vida, es paisaje en su existencia. En el fondo, el corazón se endurece y cualquier situación, cualquier persona que busque acercarte a Dios, no la tendrás en cuenta porque tu corazón endurecido por el pecado es incapaz de reconocer el paso de Dios por la propia vida. El pecado del orgullo, como nos hace sentirnos pequeños dioses, incapaces de reconocer al verdadero Dios y de autodescubrirnos como criaturas y seres limitados que “como la hierba nace en la mañana, en la tarde se marchita y muere”. Pero el pecado del egoísmo nos cierra a nosotros mismos a nuestro amor propio, a nuestro bienestar, a nuestra gratificación y nos impide abrirnos al servicio, a la donación y a la entrega de la vida por nada y por nadie. Pero podríamos hablar no sólo del pecado de la soberbia o del pecado del egoísmo, cuanto endurece nuestro corazón el pecado del rencor, del odio que nos enceguece y que nos lleva a mirar a otras personas como un objetivo militar a destruir, nunca como nuestros hermanos, nuestros semejantes, nuestro prójimo. Cuanto rencor hay en el corazón de muchos hombres y mujeres de todos los tiempos, que los han llevado no solamente a dañar la vida de los demás, sino a dañar y destruir su propia vida. Qué no decir igualmente del pecado de la envidia, cuando sentimos alegría, una alegría mezquina y malsana por el mal del otro, o experimentamos tristeza y dolor por el progreso, el éxito y el bienestar de un hermano, de un amigo, de un par, de un semejante. Cómo el pecado, bajo cualquier visión, de alguna manera endurece nuestro corazón para la experiencia de Dios. Hoy el pecado de la lujuria, el pecado de la superficialidad de la vida nos lleva a vivir simplemente de los placeres más bajos, de los placeres más abyectos, y olvidamos las grandes alegrías que vienen de un espíritu libre, un espíritu que ama y que es capaz de entregarse por los demás. Hoy no dejes que el pecado esclavice tu vida, que endurezca tu corazón, que te aleje a los llamados continuos que Dios te hace en personas, en circunstancias, en situaciones concretas. Pero además del pecado que es una realidad en la vida de todo ser humano, nos endurece el corazón la experiencia del desamor. Cuando no hemos vivido el amor en familia de nuestros padres, abuelos, tíos, hermanos. Cuando tal vez hemos vivido experiencias de soledad, solitariedad, nuestro corazón se endurece y nos parece que el amor es sencillamente una mentira que no existe y que no es un premio que se nos pueda dar a nuestra vida. En una sociedad de solitarios, de encerrados en tecnologías, en pantallas luminosas de teléfonos celulares, tabletas, computadores, televisores, encerrados en nuestro pequeño mundo, nos cerramos al amor, amar a otros y sobre todo, a dejarnos amar de otros. Porque el tema no es solamente que no encontremos quién nos pueda amar, sino que a veces cerramos el corazón en nuestro egoísmo para la experiencia del amor, de la ternura, del encuentro humano con otros hermanos. Que el desamor no endurezca tu corazón, amargue tu vida y te haga una persona desconfiada y recelosa frente a la experiencia de la ternura y del encuentro afectuoso con los demás. En una tercera realidad encontramos que el sufrimiento que no se asume con fe y esperanza desde Dios, amarga el corazón, endurece el alma, nos vuelve personas escépticas. Decimos que la vida ha sido injusta con nosotros, que nos ha maltratado. No creemos en la experiencia de la justicia, renegamos de todos y hasta nos identificamos con líderes políticos, líderes artísticos que hablan solo de odio, resentimiento, oposición de clases sociales. Y en el fondo hay un profundo resentimiento en nuestra vida que nos lleva a identificarnos equivocadamente con resentidos eternos que en el fondo nunca han entendido que el sufrimiento es parte de la vida para todos los seres humanos, ricos o pobres, jóvenes o viejos, enfermos o sanos. Todos, todos pasamos por la prueba, por el fuego, el crisol del sufrimiento y es parte de la vida. Nunca olvides que Jesús no murió aplaudido por miles, sino en soledad. No murió en una cama, sino en una cruz. No murió en la vejez, sino en juventud, que murió sufriendo. Pero en Él solo había palabras de misericordia, de compasión, nunca de amargura frente a nadie. Porque todo su dolor, el misterio de la Pasión, de la Crucifixión, de la Muerte, lo supo llevar con amor y fe en Dios. No te dejes engañar. Siempre habrá adversidades en la vida, pero que ni el pecado, uno, ni el desamor, dos, ni el sufrimiento mal asumido con amargura, te lleve a endurecer tu corazón y a endurecer tus oídos y tu alma para escuchar la voz de Dios. Que el Señor nos bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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