¡La Batalla del corazón!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Lucas 12, 54-59
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: de la carta del apóstol san Pablo a los romanos 7, 18-25a:
Hermanos:
Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no.
El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago.
Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.
Cuando quiero hacer lo bueno., me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos.
En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo.
¡Desgraciado de mí!, ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte?
Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
Palabra de Dios, te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 119(118), 66.68.76.77.93.94
Instrúyeme, Señor en tus leyes.
Enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos.
Tú eres bueno y haces el bien,
instrúyeme en tus leyes.
Instrúyeme, Señor en tus leyes.
Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo.
Cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad.
Instrúyeme, Señor en tus leyes.
Jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida.
Soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.
Instrúyeme, Señor en tus leyes.
Evangelio de Hoy:
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 12, 54-59:
En aquel tiempo, decía Jesús a la gente:
Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. Cuando sopla el sur decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace.
Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?, ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?
Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel.
Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.
Palabra del Señor, gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡La Batalla del Corazón!
La primera lectura tomada del apóstol san Pablo a los Romanos en el capítulo 7, nos muestra “cómo el apóstol no se avergüenza de reconocer sus límites, de hablar de sus propias miserias”. Tal vez una de las grandes características del apóstol san Pablo es su profunda humildad. Se reconoce “que en el comienzo de su vida fue un verdadero perseguidor de la Iglesia de Cristo”. Y hablará también de “su debilidad de la carne y cómo el ángel de satanás le abofetea”.
Los escrituristas hablan de algún problema en la vista, otros hablan de su temperamento, otros hablan de su sexo afectividad, tal vez desbordada. Y habla del aguijón de la carne que tres veces le ha punzado. Pero que, al Señor, por más que le ha pedido que le libere de dicho aguijón, le responde: “Te basta mi gracia, apóstol Pablo, que en tu debilidad humana se manifiesta perfecto mi poder”.
Es allí, en la debilidad, no sólo del apóstol Pablo, sino en la debilidad de cualquiera de nosotros, donde actúa más portentosamente la acción de la gracia de Dios. De hecho, la vida me ha mostrado hasta la saciedad que los cambios verdaderos, profundos y duraderos en la vida de un ser humano, transformando sus vicios en virtudes, se dan no por mérito propio, por esfuerzo personal, por una ascesis casi estoica. No, se da porque nos abrimos a la gracia de Dios y la gracia divina, la vida de Cristo en nosotros, sin violentarnos, sin fastidiarnos, respetando nuestra libertad, nos va transformando, nos va renovando casi sin nosotros darnos cuenta.
Pues bien, en esta lucha, sin embargo, Pablo experimenta una gran contradicción, una verdadera batalla en su corazón y dirá: “Sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne. En efecto, querer lo bueno está a mi alcance, pero no lo hago, pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo”.
Tal vez una de las más impresionantes expresiones paulinas que muestran la contradicción moral del hombre cuando no se ha abierto completamente a la acción redentora de Cristo en su vida, experimenta esto. Tú y yo y los hombres y mujeres de todos los siglos hemos experimentado la realidad dolorosa de esta expresión: “Quiero hacer el bien y, sin embargo, no lo hago, y el mal que no deseo hacer ese lo realizo”.
Te coloco ejemplos puntuales para que comprendas mejor el impresionante mensaje que el apóstol nos quiere transmitir. A veces quieres hablarle, comunicarte, dialogar con una persona con la que te sientes confrontada, en conflicto, emproblemada. Probablemente tu pareja, probablemente un hermano, una hermana, un ser querido. Y sin embargo, por más que quieres con humildad hablarles, no eres capaz. El orgullo, un falso pudor o respeto humano, un rencor enconado te impide hacer el bien de perdonar, dialogar, reconciliarte con un ser querido.
Y, por el contrario, a veces no quisiéramos responder dura y ásperamente. No quisiéramos ofender con nuestras palabras, nuestros silencios, nuestras actitudes, nuestro desamor.
Pero estamos tan secos interiormente, tan áridos y vacíos de Dios que otra persona sin culpa de ella nos habla y es víctima de nuestros rechazos, de nuestro desamor.
Quién no ha experimentado en la vida esa necesidad de querer tender puentes, generar vínculos de comunión, sanar heridas, perdonar de corazón y, sin embargo, sentirse por orgullo, por dolor, por rabia, por el pecado en general. Sentirse incapaz de renovar una relación, de sanarla interiormente o de sanar relaciones familiares.
Hoy reconocemos lo que dice el apóstol Pablo: “No soy yo quien realiza esa acción, sino el pecado que habita en mí”. Y concluirá diciendo: “Desgraciado de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Y él mismo responde: “Gracias a Dios por Jesucristo Nuestro Señor”. Por fin Pablo ha encontrado el camino de salida a esa trampa interior que vivimos universalmente los seres humanos. Y descubre “que sólo cuando abiertos verdadera y humildemente a la vida nueva y a la gracia de Cristo, escuchando su Palabra, recibiendo el Pan de vida en la Eucaristía, atendiendo a su mensaje cuando estamos frente a Jesús Sacramentado en oración espontánea y sincera, es allí cuando recibimos la gracia y la bendición del Señor”.
Con razón dirá el salmo litúrgico de este día: “Instrúyeme, Señor, en tus decretos. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento, porque confío en tus mandatos. Tú eres bueno y haces el bien. Que tu bondad me consuele según la promesa hecha a tu siervo. Cuando me alcance tu compasión viviré y tu ley será mi delicia. Jamás olvidaré tus mandatos, pues con ellos me diste vida. Soy tuyo, sálvame, que yo consulto tus preceptos”.
Pero pasemos al evangelio de san Lucas en el capítulo 12. Cuando nos habla Jesús, no solamente a la gente de su generación, sino a nosotros 2000 años después, y nos exhorta “a descubrir en la historia como lo hacemos en la naturaleza, en los signos de la creación. Descubrir las señales de Dios, la acción liberadora, amorosa, salvífica o salvadora de Dios en nuestra vida”.
Hoy te pregunto ¿acaso no descubres en personas concretas, probablemente cercanas, que son verdaderos ángeles, que te acompañan, te aconsejan, te quieren guiar por el recto camino? ¿Acaso no descubres en otras personas en sentido contrario, melosas, aduladoras; no descubres personas interesadas, convenientes, falsas, utilitaristas? Aprendamos a reconocer la presencia y la acción de Dios en seres humanos concretos, a favor o en contra nuestra.
Pero aprendamos a descubrir también la acción de Dios en los carismas, talentos que el buen Dios nos ha regalado, que ellos no han sido colocados como adorno en árbol de Navidad. Ellos han sido puestos en nuestra vida para servir a los demás, para enriquecer a la comunidad conyugal o matrimonial, la comunidad familiar y, en general, la comunidad cristiana.
Todos los dones, talentos, carismas: de consejo, de prudencia, de alegría, de bondad, de servicio que Dios ha colocado de manera especial en tu alma, son para colocarlos en bien de la comunidad. Pero descubramos sobre todo la acción y el paso liberador de Dios por nuestra vida en muchas situaciones y circunstancias.
En estos días, visitando a un enfermo en una clínica con un cáncer muy agresivo, me decía en una reflexión muy personal: “Yo siento que Dios me castiga y que estoy purificando por el sufrimiento que he causado a mi familia, por el mal y las equivocaciones de mi historia pasada. Y reconozco en esta enfermedad que, si Dios me quiere dar una segunda oportunidad, no lo voy a defraudar. Y si logro superar este cáncer voy a hacer un hombre nuevo”. Esto es una clara lectura de acontecimientos puntuales en la vida.
Y Jesús nos advierte frente a la hipocresía de los fariseos “que reconocen las señales de la naturaleza cuando va a hacer calor, cuando va a hacer frío. Pero no saben reconocer el pasar de Dios por sus vidas a partir de personas, a partir de carismas, de dones, a partir de situaciones y circunstancias puntuales”.
Hoy aprendamos a hacer discernimiento de espíritus. Un tema que en la teología o en la predicación poco abordamos, pero que es bien importante. En el discernimiento de espíritus hay claramente el Espíritu bueno o de Dios, el espíritu malo o de satanás y el espíritu humano entre los dos, que no deja de ser cambiante, veleidoso y no pocas veces engañoso.
En el Espíritu de Dios siempre hay verdad. En el espíritu de satanás siempre hay mentira. Y en el espíritu humano a veces puede haber verdad, a veces puede haber mentira, a veces la mentira puede disfrazarse de verdad.
El discernimiento de espíritus hoy es tan importante porque he visto en mis años como sacerdote que muchas personas han tomado el camino equivocado, no porque sean intrínsecamente malas o corrompidas; sino porque son seres humanos ingenuos, faltos de inteligencia espiritual, faltos de discernimiento de espíritus, y se dejan engañar fácilmente en las sutilezas del demonio, que muchas veces aparece disfrazado, camuflado como ángel de luz, pero que en el fondo es simplemente el mismo satanás que quiere nuestra perdición.
Hoy se nos invita en esa batalla del corazón de la que nos habla san Pablo, a discernir dónde está el bien, dónde está el mal. Y aunque pareciera evidente, no siempre es claro, porque hoy, especialmente en nuestro tiempo, hay una gran confusión en la conciencia moral para diferenciar, distinguir, separar lo que es verdad de la mentira, lo que es bondad de maldad, lo que conviene o perjudica al alma humana.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.