¡Interesados y calculadores!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Lucas 14, 12-14
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 11, 29-36
Hermanos: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos. ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 69(68), 30-31.33-34.36-37 (R. 14c)
Que me escuche, Señor, tu gran bondad.
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Que me escuche, Señor, tu gran bondad.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Que me escuche, Señor, tu gran bondad.
El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.
Que me escuche, Señor, tu gran bondad.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14, 12-14
Si se mantienen en mi palabra, serán considerados de verdad discípulos míos y conocerán la verdad -dice el Señor-.
En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Interesados y calculadores!
Impresionante primera lectura de la Carta a los Romanos en el capítulo 11 nos recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: “Los dones y la llamada que Dios nos ha hecho son irrevocables. El Señor nos ha llamado a una vida nueva, a una vida en amor, a una vida en plenitud con Él; en comunión plena con su ser, con su misterio”. Eso nunca lo olvides. Nadie ha sido llamado a la condenación eterna, a la perdición perpetua.
Pero además de esa llamada universal a la salvación, el Señor nos ha dotado de dones, de carismas que son irrevocables; y más allá de la mala gestión, mala administración de nuestra vida. El Señor no se desmiente, no se desdice de sus promesas y no deja de esperarnos.
Te lo diré de otra manera, Dios nunca se vuelve atrás, no falla en sus promesas, como sí lo hacemos los hombres, porque Dios es siempre fiel. Es una expresión que repetirá constantemente el apóstol Pablo en distintas circunstancias, en sus llamadas Cartas Apostólicas.
Desafortunadamente, tenemos que reconocer que la relación de amor entre Dios y el hombre nunca se rompe por el lado de Dios, que tiene una paciencia infinita más allá de las flaquezas de los hombres, que, desde el principio, recordando la caída, la primera caída del hombre y su expulsión del paraíso en los primeros capítulos del Libro del Génesis nos muestra que Dios no se cansa de buscar y encontrarse con el hombre y de alguna manera renovar esa alianza eterna de amor con Él. Y aunque nos hable de castigos y de amenazas, siempre está por delante su promesa de perdón y de esperanza en un futuro de reconciliación si somos capaces de arrepentirnos de verdad.
Lo diré finalmente con otras palabras, Dios nunca deja de amarnos. Sus entrañas se conmueven hasta el punto de frenar sus ímpetus de ira, de alguna manera contra el hombre, por sus desaciertos, por sus errores.
Esto lo canta el apóstol Pablo cuando nos dice: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién ha conocido la mente del Señor?, ningún espíritu humano por alto, noble, altruista y elevado, ha alcanzado a entender la bondad y el amor infinito. Así como escuchan, infinito de Dios por la humanidad.
con razón en el salmo litúrgico de este día decimos: “Señor, que me escuche tu gran bondad”. Y en una de sus estrofas afirmará: “Mírenlo los humildes y alégrense, busquen al Señor y revivirá su corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”.
Pero pasemos al evangelio de san Lucas, cuando Jesús le dice a uno de los principales fariseos que lo había invitado a una cena, le dice: “Cuando des una comida o una cena, no invites solamente a tus amigos cercanos o los importantes, porque corresponderán invitándote nuevamente a cenar, devolviéndote el favor. Tú, en cambio, cuando des un banquete, invita al pobre, al lisiado, al cojo, al ciego, y sólo así serás bienaventurado. Porque no te pagarán estos pobres, si no Dios en la resurrección de los justos”.
De este evangelio aprendamos tres grandes enseñanzas para nuestra vida.
La primera, hay que retomar el camino de dar y de servir gratuitamente sin interés, sin esperar nada a cambio. En una mentalidad tan utilitarista, tan conveniente, tan de buscar amistades, pensando luego que me devuelvan el favor. ¿Cómo recuperar en nuestro mundo el sentido de la gratuidad, dar a otros de mi tiempo, de mi dinero, de mi sabiduría, de mi amistad sin esperar nada a cambio? ¿No por conveniencia, no por interés personal?
Esta es una experiencia profundamente cristiana y el discípulo auténtico de Jesús no debe buscar recompensa por sus servicios. Por el contrario, debe amar sin egoísmo, repetimos sin buscar que le sea devuelto el favor.
Pero hay una segunda enseñanza que nos pone a cada uno de nosotros a reflexionar. Si esperamos una recompensa humana, no podemos esperar la recompensa de Dios. Recuerdo en la parroquia el Sagrado Corazón de Jesús, donde fungí como párroco por más de ocho años, en una de las alcancías del templo un día abriéndola, encontré un sobre con una nota que decía “padre, le doy esta ofrenda para la reforma que usted está haciendo en el templo parroquial; pero no quiero que sepa quién es, porque usted me conoce perfectamente, y no quiero que usted me agradezca para que me agradezca Dios”.
Me quedé reflexionando en esa nota acompañada de algún dinero, pero sobre todo la delicadeza de la persona donante que hasta la fecha nunca supe quién fue. En esa discreción, en esa prudencia y sobre todo en esa fe, dio un dinero no esperando la amistad del párroco, el cariño y la gratitud del sacerdote, sino haciéndolo con total discreción, para que no le pague el hombre con un favor, sino que le pague Dios.
Hoy recuérdalo, que si esperamos recompensas humanas, que si amas para ser amado, si perdonas para que otro te perdone, si sirves para que otro te sirva, si ayudas para que el otro hacia el futuro te pueda ayudar a ti. En el fondo, no es un servicio limpio totalmente, generoso y desprendido, sino que hay un interés oculto en nosotros de obtener una recompensa humana hacia el futuro. Y acuérdate de algo “si nos pagan los hombres, ya no nos lo pagará Dios”.
Con razón los textos evangélicos dicen “que, a la hora de realizar la caridad, que tu mano derecha no sepa la caridad que está haciendo tu mano izquierda, aunque ambas manos adheridas al cuerpo estén tan cerca una de la otra”. Eso indica la discreción con la que hay que hacer la caridad a los demás.
Al final, el texto evangélico concluye diciendo: “Bienaventurado el que no espera de los demás, porque Dios le pagará en la resurrección de los justos”. Y quiero detenerme un momento en esta afirmación porque lo más grande que Dios puede hacer por nosotros no es arreglar tu matrimonio, devolverte la salud después de pasar por una etapa de hospitalización, no es ganarte una lotería, alcanzar un buen empleo. Lo más grande que puede hacer Dios por ti es darte el Espíritu Santificador, renovar tu vida y permitir que alcances la salvación eterna del alma, la santidad, o, como me gusta llamar, la jubilación eterna en el cielo. La pensión, no en esta tierra para comprar unos medicamentos en la vejez, sino la pensión eterna sin final, en el cielo.
A veces tenemos una mirada tan cortoplacista, una mirada de bajo vuelo, ramplones, somos ramplones y olvidamos que hay que aspirar a lo más grande, lo más alto, lo único que vale la pena, que es la salvación definitiva del alma. Porque, como nos recuerda Jesús, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su alma?
O de qué le sirvió a aquel granjero en la parábola evangélica que tuvo una cosecha abundante, amplió las bodegas para guardar el trigo y los cereales. Y le dice el Señor: “Esta noche se te pedirá la vida”, va a morir. ¿De quién será la riqueza que has acumulado? Nosotros no estamos tan lejos de ese agricultor de la parábola evangélica y tenemos que saber que hay que cuidar el alma, hay que atesorar no bienes en la tierra donde la polilla los carcome, donde el ladrón los roba. Sino acumular riquezas y tesoros en el cielo, donde la polilla no puede roer y el ladrón no puede robar.
Siempre viene a mi memoria esa expresión, esa frase de un hombre del espíritu, un hombre espiritual que afirmaba: “Que la única gran tristeza en la vida es la de no haber sido santos, la de no haber alcanzado la salvación del alma”.
Hoy, tú y yo, preguntémonos ¿somos personas desinteresadas?, ¿somos personas que damos gratuitamente?, ¿somos personas que no esperamos nada de los demás, sino sólo de Dios? O por el contrario, ¿somos personas calculadoras que llevamos un regalo para pensar unos días después en pedir un favor?, ¿qué damos un saludo, una llamada telefónica para luego exigirle, o mejor, pedirle a una persona que nos socorra, que nos ayude?
El mundo está lleno de los políticos que obran por conveniencia, que buscan en definitiva su bienestar personal, familiar o de grupo. No obremos tan políticamente así en las películas, en las plataformas de televisión, así en las conversaciones, así en las historias que conozcamos de la vida cotidiana nos muestren tantas formas de cálculos y de conveniencias humanas.
Señor, enséñanos a vivir en gratuidad, que descubramos que Tú amaste sin esperar nada a cambio. Que tu amor entregado, tu vida donada, lo hiciste solamente por amor a la humanidad, para perdonarnos los pecados por tu crucifixión y muerte y para abrirnos las puertas del Reino por tu Resurrección gloriosa.
Señor, cuánto tenemos que aprender de Ti, danos esa gracia altísima de vivir en gratuidad y no de ser mezquinos e interesados en nuestros corazones.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.