¡Construye bien y batalla con estrategia!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Construye bien y batalla con estrategia! Sin lugar a dudas, una de las más hermosas síntesis sobre el misterio del amor cristiano y la ley fundamental que nos pide vivir Jesús. La presenta este capítulo 13 de Pablo a los Romanos en el versículo 8, cuando dice: “Hermanos, a nadie más le deban nada más que amor; porque el que ama ha cumplido la ley de Dios”. Hoy grábate en el corazón este texto de Romanos 13, 8: “A nadie debas nada más que amor y amar, porque en el amor y en el amar está el cumplir la ley entera de Dios”. De hecho, los llamados mandamientos de la ley divina, dados por Él a Moisés, por el Señor a Moisés, se resumen en esta expresión: “Amarás a Dios y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La síntesis de los Diez Mandamientos podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, que se sintetiza en el primero y en el desarrollo del mismo: “Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y encontrar a Dios vivo en cada hermano, en nosotros mismos, lo que nos lleva por pura y simple lógica a amar a los demás y amarnos a nosotros”. Concluirá el apóstol Pablo: “El amor no hace mal a su prójimo, por eso la plenitud de la ley es el amor”. Quizás en esta expresión se apoyó el gran san Agustín de Hipona cuando habla: “Ama y haz lo que quieras”. Si corriges, si callas, si hablas, pero lo haces con amor, producirá fruto en tu hermano. Porque la raíz del amor es la caridad cristiana y tendrá una buena fuente, una buena motivación. Recuérdalo, el que ama verdaderamente no hace daño a nadie. Hoy pregúntate, si tus relaciones de pareja, de amistad, de familia, son relaciones sanas o enfermas. Son relaciones libres o de apego. Son relaciones que hacen crecer o, por el contrario, hacen decrecer. Son relaciones que generan plenitud, fruición o, por el contrario, son relaciones afectivas de amor que engendran sufrimiento y maltrato. Cuánto dolor se ha causado supuestamente en nombre del amor. Y hoy Pablo, el apóstol, nos recuerda “que el que ama verdaderamente no hace mal a nadie. El amor verdadero siempre busca el bien de los seres, de las personas, de la familia que decimos querer”. Sin embargo, cuántas veces en las canciones, en la poesía, en los mensajes de texto, en frases célebres, enviamos mensajes supuestamente de amor, pero en la práctica cotidiana, cómo lastimamos a otras personas. Es que todos hablan de amar, pocos saben amar. Todos decimos haber puesto lo mejor de nuestra persona, de nuestro ser, en una relación afectiva. Y sin embargo esa relación a veces se rompe porque desde una perspectiva equivocada quizás dimos amor desde nuestra visión, desde nuestra perspectiva, de lo que pensamos que es el amor y no desde la necesidad real de la otra persona de lo que ella necesita, de un verdadero amor que por excelencia es libre y liberador. Un verdadero amor es sano y sanador. Un amor enfermo no es verdadero amor. Un amor que esclaviza, que es de apego, no es verdadero amor. Repito, son amores inmaduros, amores tóxicos, amores enfermizos, amores que lastiman, amores que controlan, amores que no nos permiten desarrollarnos con plena libertad. Conoce el único y verdadero amor, el perfecto, el maduro por excelencia, el amor de Cristo, y aprenderás de esta fuente, cuál es el camino y cuál es el método para amar de verdad. Pero pasemos al evangelio de san Lucas en el capítulo 14, cuando Jesús, acompañado de mucha gente, lanza de una manera tajante una serie de condiciones para ser verdaderos discípulos suyos. Hablará de tres tipos de amores: “un amor sacrosanto a la familia, el papá, la mamá, la esposa, los hijos, los hermanos, las hermanas”. Amores claramente legítimos, verdaderos; pero no pueden absolutizarse, no pueden colocarse en el primer lugar en el corazón humano, cuando se trata de asumir de verdad el camino de seguimiento, de discipulado de Jesús. Amar la familia, sí, pero no absolutizar este amor, porque el primer amor en el corazón del verdadero discípulo es el amor por Jesús y por el proyecto del Reino de los Cielos que anuncia Jesús. Pero a renglón seguido también hablará “de que quien no es capaz de cargar con su cruz, la exigencia propia de la vida, la exigencia de vivir el Evangelio, la cruz de amar, la cruz de perdonar, la cruz de servir que es Evangelio puro y duro, no puede ser verdadero discípulo de Jesús”. Pero no se quedará solamente en esta enunciación, hablará también del amor a sí mismo, a la imagen, al cuerpo, a la excelencia personal, a la ampliación o la construcción de un ego que busca afanosamente aceptación, reconocimiento y aplauso social. Dirá “sí, esto ocupa el primer lugar en tu corazón y tienes una personalidad, por decirlo de alguna manera, narcisista, ególatra. Tampoco puedes ser discípulo mío”. Al final del evangelio hablará Jesús “de la renuncia a los bienes y posesiones materiales, entendiendo esta renuncia como un relativizar, no absolutizar las riquezas de esta tierra”. Y nos mostrará entonces que el amor a los demás, aunque sea la familia, que el amor a nosotros mismos, el ego, que el amor a las riquezas, la codicia y el no cargar la cruz de manera adecuada son serios impedimentos para un seguimiento libre, maduro y pleno de la Persona de Jesús que nos quiere entrar en una nueva dinámica de vida, en una nueva manera de asumir la existencia. Y esto es tan claro, que Jesús para ratificar estas tres exigentes condiciones, y además la cruz, nos habla de la vida como construir una torre o como ganar una batalla. Quedémonos en la primera imagen ¿has construido bien la torre de tu vida?, ¿te has sentado a calcular si tienes las fuerzas, el talento, la perseverancia, la tenacidad, la resiliencia, para que esa torre de tu vida, esa torre de tu matrimonio, esa torre de tu familia no quede a mitad del camino y la gente diga tanto que invirtió en la fiesta matrimonial y un año después se ha divorciado? ¿Tanto que hablaba de la familia y ha arrancado con otra persona a vivir en adulterio?, ¿tanto que hablaba de cuidar el dinero y ha quebrado su propio emprendimiento empresarial? Cómo tenemos que construir prudentemente la torre de nuestra vida y calcular gastos y fuerzas interiores para decir, soy capaz de luchar y de sacar adelante el proyecto cristiano de mi vida personal. Pero en una segunda imagen aparece de manera preciosa la vida como una batalla, una lucha donde hay un enemigo a vencer y donde ese enemigo a veces lo vemos muy grande y tenemos apenas 10.000 soldados, 10.000 tropas y vamos a combatir contra 20.000 soldados, 20.000 tropas. Y nos dirá el evangelio: “No cases peleas que vas a perder, no libres batallas donde vas a salir derrotado y más bien pide condiciones de paz y envía legados o emisarios para alcanzar la paz con tu adversario”. En ese sentido nos pide esta imagen evangélica cuidarnos de los enemigos, de las pruebas de la vida. Cuando a veces decimos no soy capaz con este sufrimiento, me pesa la vida, me quedó grande ser papá o mamá; no me siento en la capacidad de asumir esta responsabilidad. Piensa que esa batalla frente a adversidades que son propias de la vida, sólo se pueden librar si hay algo más que 10.000 tropas en tu corazón. Si hay más resiliencia, más fortaleza espiritual y moral en lo profundo de tu alma y entiendes que sólo así se puede ganar la batalla. Impresionante, impresionante estas imágenes. Y hoy, a propósito de que Jesús nos dice: “No puedes ser discípulo mío, sino relativizas el amor a tu familia, el amor a la riqueza, el amor a ti mismo, y no cargas con tu cruz; y cuídate de construir mal la torre de tu vida o de batallar sin las fuerzas suficientes frente a las adversidades y adversarios de la existencia”. Hoy pidamos claridad en un mundo donde estamos tan aturdidos por mil mensajes. Pidamos discernimiento, despertar, tener conciencia de nuestra vida para librar bien esa batalla, para construir bien esa torre de nuestra historia personal y para alcanzar la estatura de Cristo y ser verdaderos discípulos suyos. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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